Por: Michelle Campoy
En las últimas semanas, dos eventos han resonado con fuerza en la opinión pública
mexicana, exponiendo las profundas fisuras de nuestra sociedad y la forma en que
la violencia y la misoginia se encuentran enraizadas en el tejido de lo cotidiano. Por
un lado, Manuel Cavazos, exgobernador de Tamaulipas, fue destituido de su cargo
dentro del PRI tras una declaración misógina sobre una acusación de tentativa de
violación: “No está muy violable que digamos”. Por otro lado, el grupo musical Los
Alegres del Barranco proyectaron imágenes de figuras criminales como “El Mencho”
durante un concierto, en lo que ha sido catalogado como apología del delito. Estos
hechos, aunque distintos en su expresión, comparten un mismo trasfondo: la
naturalización de la violencia como parte del paisaje social.
La violencia cotidiana y la banalidad del mal
Hannah Arendt acuñó el concepto de “banalidad del mal” tras su análisis del juicio
de Adolf Eichmann, un burócrata nazi que participó en la logística del Holocausto
sin expresar remordimiento alguno. Su conclusión fue perturbadora: Eichmann no
era un monstruo sanguinario, sino un hombre común que, sin reflexionar sobre la
magnitud de sus acciones, cumplió órdenes dentro de un sistema que lo eximía de
cuestionamientos morales.
¿Cómo se relaciona esto con el contexto mexicano? La violencia que vivimos
diariamente también se sostiene en actos aparentemente inofensivos: un chiste
misógino en la oficina, la indiferencia ante un feminicidio en las noticias, la
reproducción acrítica de narcocorridos que celebran el terror impuesto por el crimen
organizado. Cavazos, al trivializar una denuncia de violencia sexual, actuó desde
esa misma banalidad: no vio la gravedad de sus palabras porque su entorno político
y social ha normalizado la misoginia hasta el punto de la inconsciencia. De igual
forma, el público que coreó la música de Los Alegres del Barranco mientras se
proyectaban imágenes de los responsables de masacres y extorsiones no
necesariamente lo hizo por maldad, sino porque la cultura ha convertido el crimen
en espectáculo.
La modernidad líquida y la estetización de la violencia
Zygmunt Bauman, en su teoría de la “modernidad líquida”, explicó cómo las
estructuras sociales contemporáneas han diluido la responsabilidad individual. En
una sociedad donde lo efímero prima sobre lo sólido, la memoria colectiva se
desvanece rápidamente y la violencia se convierte en un fenómeno distante, casi
irreal. En este marco, la narcocultura se presenta como una forma de
entretenimiento desprovista de consecuencias: en la pantalla, el narcotraficante es
un antihéroe carismático, en la música, sus hazañas son celebradas con ritmos
pegajosos, y en el imaginario popular, su brutalidad es parte de una narrativa casi
mitológica.
Bauman advertía que, en sociedades de consumo, la moralidad se vuelve un
accesorio desechable. El crimen organizado se ha convertido en un producto
cultural rentable, tanto en la industria del entretenimiento como en la política. El
poder político y el poder criminal han creado un ecosistema donde la violencia se
administra con la misma lógica que un producto de mercado: atractivo, consumible
y, sobre todo, banalizado.
La violencia como perversión social
Byung-Chul Han, en sus reflexiones sobre el poder y la violencia, sostiene que la
sociedad contemporánea ha transformado la violencia en un acto invisible,
incorporado en el lenguaje y las estructuras simbólicas. No es necesario un acto
de brutalidad explícita para ejercer poder: basta con un lenguaje degradante,
la repetición de estereotipos o la pérdida de la sensibilidad ante el sufrimiento
ajeno.
En este sentido, la misoginia de Cavazos y la exaltación criminal de Los Alegres del
Barranco no son eventos aislados, sino manifestaciones de una perversa
estructura donde los cuerpos se convierten en armas y la violencia se recicla
de forma perpetua. La mujer sigue siendo un objeto de disputa simbólica y
material, mientras que el narcotraficante es exaltado como un ídolo cultural que
ofrece poder y venganza en un país sumido en la desesperanza.
La complicidad cotidiana
El verdadero problema no es solo que Cavazos haga declaraciones misóginas o
que un grupo musical haga apología del delito; el problema es que la sociedad los
aplaude, los justifica o los ignora. ¿Cuántas veces hemos permitido que un
comentario machista pase desapercibido? ¿Cuántas veces hemos escuchado
narcocorridos sin reflexionar sobre lo que representan? ¿Cuántas veces hemos
visto una noticia sobre un feminicidio y hemos pasado la página sin indignarnos?
La violencia no se erradica solo con políticas públicas o discursos institucionales. Se
combate en lo mínimo: en el lenguaje, en la música, en la forma en que
hablamos y en la manera en que elegimos no normalizar la barbarie. Mientras
sigamos repitiendo el “por eso estamos como estamos” sin asumir nuestra parte de
responsabilidad, el ciclo de violencia y perversión continuará.
Arendt nos recordó que el mal no siempre se manifiesta en figuras monstruosas,
sino en la indiferencia cotidiana. ¿Cuántas veces hemos sido cómplices por
omisión? ¿Y cuántas veces más lo seguiremos siendo?