Cuando la pared importa más que nosotras

Cuando la pared importa más que nosotras

Por Eleana Carrasco

Cada año ocurre lo mismo. Llega el 8 de marzo y miles de mujeres salimos a las calles. Salimos a marchar, a gritar, a nombrar a las que ya no están, a recordar las historias que muchas veces el país quiere olvidar. Y casi de inmediato aparece el mismo debate de siempre.

No sobre la violencia que vivimos.

No sobre los feminicidios.

No sobre las desapariciones.

No sobre el miedo cotidiano con el que muchas mujeres vivimos.

La conversación pública se desvía hacia algo que, de pronto, parece más importante: las paredes.

Cuando la pared importa más que nosotras
Cuando la pared importa más que nosotras, por Eleana Carrazco

Este 8M, en Culiacán, Mazatlán y Los Mochis, algunas manifestantes realizaron pintas en edificios públicos durante las marchas del Día Internacional de la Mujer. El Palacio Municipal de Culiacán, el de Mazatlán y la sede de la Vicefiscalía zona norte en Los Mochis fueron intervenidos con consignas, nombres de víctimas y mensajes de denuncia.

Y entonces ocurrió lo predecible.

Las redes sociales se llenaron de indignación. Algunos medios y muchas personas comenzaron a repetir la misma palabra: vandalismo. Entre quienes han insistido en ese encuadre está Luz Noticias, que en sus publicaciones habla de edificios “vandalizados”, como si ese fuera el centro de la historia.

Cuando la pared importa más que nosotras
Cuando la pared importa más que nosotras

Pero las palabras importan.

Porque no todo acto que interviene un edificio público es vandalismo.

Existe un concepto que explica este tipo de acciones dentro de los movimientos sociales: iconoclasia. La iconoclasia ocurre cuando una protesta interviene símbolos del poder: monumentos, estatuas, edificios gubernamentales o espacios institucionales que representan estructuras históricas de autoridad. No es destrucción sin sentido. Es una forma de cuestionar lo que esos espacios representan.

Cuando una mujer escribe “nos están matando” en una pared del gobierno, no está atacando una pared.

Está señalando al poder que debería protegernos.

Y ese señalamiento no aparece por capricho. Aparece porque hay razones.

Porque mientras algunas personas discuten sobre pintura en los muros, hay historias que siguen ocurriendo en silencio. Historias que rara vez provocan la misma indignación colectiva.

Ahí está el caso de Mary Patiño, una mujer conocida por su trabajo rescatando animales y ayudando a quienes no podían defenderse. Su asesinato sacudió a muchas personas que conocían su labor, pero como ocurre con tantos casos de violencia contra mujeres, la conversación pública duró poco.

También está el caso de Vivian Karely Aispuro Cabanillas, ocurrido en marzo de 2025 en Culiacán. Su propia familia denunció que la Fiscalía tardó días en tomar el caso con la seriedad que correspondía. Días en los que la angustia de una familia convivía con la burocracia institucional.

Ese es el contexto en el que marchamos.

No marchamos por moda.

No marchamos por entretenimiento.

No marchamos porque queramos pintar edificios.

Marchamos porque vivimos en un país donde la violencia contra las mujeres atraviesa todos los espacios: la casa, la escuela, el trabajo, la calle.

Marchamos porque hay mujeres desaparecidas.

Porque hay niñas violentadas.

Porque hay madres buscando justicia.

Pero hay otro elemento que también forma parte de esta conversación y que muchas veces se ignora: la relación entre las marchas feministas y los medios de comunicación.

Días antes de la movilización, colectivas feministas de Culiacán difundieron un llamado dirigido a periodistas y medios para cubrir la marcha con respeto y perspectiva de género. En ese posicionamiento pidieron algo bastante razonable: no invadir los contingentes para obtener imágenes, no grabar ni fotografiar rostros sin consentimiento —porque muchas mujeres marchan protegiendo su identidad por seguridad—, evitar preguntas revictimizantes y, sobre todo, no centrar la cobertura únicamente en los daños materiales.

Es decir: no convertir la protesta en un espectáculo.

El llamado también pedía algo fundamental para cualquier cobertura responsable: que las causas estructurales de la protesta estén en el centro de la narrativa.

Sin embargo, cada año vemos lo contrario.

Cámaras buscando el momento de la pinta.

Titulares centrados en las paredes.

Debates enteros dedicados al costo de limpiar un edificio.

Mientras tanto, las razones de fondo apenas ocupan unas líneas.

En redes sociales aparecen los comentarios de siempre. Hombres profundamente indignados explicándonos cómo deberíamos protestar, cómo deberíamos comportarnos, cómo deberíamos exigir justicia de forma “correcta”.

Los mismos hombres que rara vez vemos protestando cuando asesinan a una mujer.

La indignación selectiva dice mucho sobre nuestra sociedad. Nos dicen que les preocupa la violencia, pero lo que realmente les incomoda es que las mujeres incomodemos.

Que tomemos las calles.

Que gritemos.

Que señalemos al poder.

Incluso algunas mujeres se suman a ese reproche. Mujeres que creen que las pintas deslegitiman la lucha feminista. Y ese debate existe dentro del propio movimiento. Pero también vale la pena preguntarnos algo muy simple: si las formas “correctas” de protesta realmente funcionaran, ¿seguiríamos marchando cada año con más fuerza?

La historia de los derechos de las mujeres está llena de protestas que, en su momento, también fueron consideradas exageradas.

Hoy nadie recuerda las paredes pintadas de esas luchas.

Pero sí recuerdan las razones por las que se pintaron.

Las pintas se limpian.

La pintura se borra.

Los edificios se restauran.

Las mujeres asesinadas no vuelven.

Por eso, quizá la discusión no debería centrarse en si una pared fue rayada durante una marcha.

La verdadera discusión es otra, mucho más incómoda:

¿Por qué seguimos teniendo tantas razones para salir a escribir nuestros reclamos en los muros del poder? 🟣

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