Era el 2009. Junio. Calor mochitense, pero todavía no el calor infernal de la canícula. Cuatro morros llenos de sueños —Jorge, Gil, David y yo— nos aventamos a organizar nuestro evento soñado: el ECOFEST 2009.

Y lo logramos.
Trajimos a Plastiko (sí, los de Ambar, Carnaval, Prende la luz) a Los Mochis y compartieron escenario con nuestras bandas locales favoritas: Gynger Lynn, Datsun 76, Vuelo 23, Demeins… Fue una locura, pero era nuestra idea de “generar una escena”. Todo con muchos errores, claro. Yo tenía 19, el más viejo del crew quizá 22. Traíamos la realidad bien alterada. Pero había ganas, aspiraciones y sueños.
Sin embargo, antes de continuar no quiero que esto se entienda como una queja amarga ni como una denuncia personal. Solo es un reflejo de lo que a 16 años de distancia, siento vale la pena hablar de cómo sucedieron algunas cosas, principalmente el contexto social y cultural, así como la relación con la autoridad en aquellos días.
En aquel momento el alcalde de Ahome era Esteban Valenzuela, el Chino. Ustedes saben que para hacer un evento masivo necesitas un chingo de cosas: permiso de alcoholes, seguridad, baños, recaudación, bendición papal… Ir con los políticos, pues.
Lo del alcohol lo resolvió La Tecate, que fue nuestro patrocinador estrella y se rifó pagando los honorarios de la banda estelar, así como con otras cosas.
Pero el resto —sonido, viáticos, vuelos, publicidad— nos tocó rascarle. Conseguimos patrocinios por todos lados. Raza bien solidaria: un compa del ayuntamiento nos ayudó a conseguir vuelos baratos y a limpiar el terreno (el baldío de la Pepsi vieja, frente a la plazuela 27 de septiembre). El Archie (Suite Tattoo), el Omar (Antena), Tortas Frías, Coca Cola, un negocio de alitas que se llamaba Ribs and Wings, agencias de publicidad, hasta el GVL… todos apoyaron. La neta, gracias, recuerdo eso con cariño.
Y entonces llegaron los verdugos.
La autoridad.
Extorsiones. Con mayúsculas. Sin exagerar.
Quizá lo más amargo que pasé fue con Seguridad Pública.
Habíamos contratado un “grupo élite” recomendado por los mismos policías allá donde está barandilla. Les pagamos por adelantado, y ya el mero día, ya bastante avanzado el tokin, el jefe de ellos me jala, me empieza a regañar diciéndome que había mucho desmadre, borrachera, gente fumando “cosas”, y que eso ameritaba más dinero. Me insinuó que yo vendía la dr0g4 que traía la banda. Sí, un tipo armado, con uniforme estaba tumbando a un morro de 19 años. Lo irónico es que precisamente lo contratamos para que controlara cualquier actividad delictiva… y me estaba amenazando con eso mismo que era su trabajo a resolver. Ser la autoridad presente, vaya.
Le pagué. No por miedo. Bueno, sí, fue por miedo.
Luego vino Protección Civil. Querían clausurar todo por un panal seco. Sin abejas. Y porque “una pared se estaba cayendo” (spoiler: no se cayó). Todo esto a pesar de que teníamos dos cartas firmadas por ellos mismos donde supuestamente ya habían hecho la inspección. ¿Fueron? ¿No fueron? ¿Firmaron en un lapsus de estupidez? Nunca lo sabremos. A ellos no les di dinero yo, pero ahí andaban queriendo vacunarnos.
Después llegó un enviado de presidencia municipal con una orden clara: cancelar todo, porque “el presidente no sabía” sobre la realización del evento.
Sacamos como diez documentos firmados por la secretaria particular del chino donde constaba que fuimos y pedimos alrededor de 10 citas de audiencia y nunca nos recibió. Pero eso sí, ahora querían fingir sorpresa.
La joya de la corona fue el vato de Recaudación.
Llegó, vio la fila, y nos reclamó que no estábamos pagando impuestos por vender boletos. Tenía razón a medias: nosotros lo estábamos manejando como “cooperación voluntaria de $100”, porque el 10% iba a una A.C. de concientización ambiental en la infancia. Por eso se llamaba ECOFEST, no tanto por ecológicos sino por estrategia de negocios, la neta.
¿La respuesta del funcionario?
Según testigos que cobraban en la entrada, el fino caballero en cuestión metió la mano en la caja donde estaban los billetes del cobro. Literal. Sin metáforas. Sacó un puño de billetes.
Y dijo:
—Creo que así estamos bien, morros. Y se fue.
Fue cuando pensé:
—Ah… entonces así funciona esto.
Ni hablar del sonido. El tipo nos dejó colgados como seis horas porque no podía hacerlo funcionar. Hasta que llegó el Palomo, quien era ingeniero/manager de Plastiko, y resolvió todo. Él, un foráneo, nos salvó del desastre. Y el tipo del sonido que nos dio “precio especial” se la pasó improvisando y desmantelando una y otra vez la profesionalidad que nunca tuvo.
Añadanle también que muchos morros se brincaron la cerca norte. No pagaron. Quien sabe cuantos fueron, pero pensamos que fueron decenas de weyes jajaja, siendo que
nos costó sangre, sudor y muchos patrocinadores hacer ese evento. Pero la neta… ahí estuvieron todos los que tenían que estar al final de cuentas: Gritaron, saltaron, bailaron como dios manda con Plastiko. Conocí gente bien chila: el Palomo, el Chemín, el Abe, el Jaffo. ¿Se acordarán de nosotros? Quiero pensar que sí.
También hay que agradecer a los compas que sí creyeron: Alex de la Tecate, al Juan Omar que se rifó con el cartel, al Homer (QEPD) que en aquel momento estaba en Atención a la Juventud y el Rulo que jaló la corriente del poste para que sonara todo. Muchísimas gracias la neta.
¿Y por qué les cuento esto?
Porque 16 años después, aún leo y escucho que “el problema del rock” es que “la gente no apoya”, que “los músicos no le echan ganas”, que “no hay talento”. Y la verdad es que eso es solo una parte mínima de una historia mucho más jodida.
En otras palabras creo que el problema del rock en Los Mochis —y en Sinaloa— no tiene culpables como tal, aunque lo cierto es que nosotros no estábamos a la altura de lo que queríamos, tampoco lo estaba la autoridad.
Ni la cultura dominante.
Ni las condiciones socioeconómicas. Todo eso pesó y sigue pesando.
También influyeron, para mal, los que se brincaban la cerca.
La raza malacopa.
Los horarios que se descuadraban por falta de profesionalismo empresarial.
La corrupción institucional generalizada.
Todo eso fue desanimándonos.
Después de eso, ya no volvimos a soñar igual.
Aunque hice o participé en otros eventos (uno en la Concha Acústica, el “Mexicanos al Grito de Paz”) y seguí tocando en algunas bandas… algo se rompió.
¿Fue culpa nuestra que el rock no floreciera aquí?
¿Del gobierno?
¿De la economía?
¿De la sociedad que nos decía “satánicos”, “comegatos”, “rocketontos”?
Tal vez de todo eso junto.
Tal vez de nada.
Tal vez el rock sólo ha recibido el impacto del tiempo, y como todo en éste mundo, tiende al desgaste, al olvido.
Recuerdo que metimos unas 1,500 personas. Sí había demanda.
Pero ni eso, ni la voluntad son suficientes para explicar algo tan trascendente como las ganas de hacer Rock, de encarnarlo.
Aunque lo cierto es que si el sistema te ve como amenaza, te castiga directa o indirectamente.
Y si eres joven, rebelde y pobre, peor.
Como dato extra, también me acuerdo del Panta, otro compa que hacía buenos eventos y que traía a músicos de bandas como Anthrax o el ex vocalista de Iron Maiden acá a Mochis, que cuando le contamos que le salimos perdiendo nos dijo que en realidad no nos fue tan mal, que él había llegado a perder hasta 60 mil varos en un evento. La neta sus palabras fueron mi único consuelo.
¿Hubiera sido diferente hoy?
Quizás sí.
Con cámaras, celulares, redes… mínimo, la funa se la llevaban puesta.
Cuatro direcciones del ayuntamiento usando su poder para extorsionar a unos morros que solo querían rock and roll y que apenas superaban los 20.
Así fue la cosa.
Y honestamente, no sé si haya cambiado mucho.
Porque como dicen…“Eso del rock no es negocio.”
Y sin negocio, el arte no es sostenible.
Y sin sostenibilidad, el sueño muere.
Solo espero que esto que les cuento sea visto solo como testimonio de lo que significa o ha significado históricamente intentar hacer contracultura en un sistema que no solo no lo permite, sino que se inclina a castigarla. Y que independiente de las limitaciones personales o profesionales de cada quien, lo cierto es que también existe —o existía, no sé— una red de obstáculos estructurales, culturales y políticos que sinceramente me extraña que casi nadie tome en cuenta en sus análisis, o lo minimice como si se hubiera olvidado el hecho de que el rock ha sido motivo de represión, censura, marginalización y prejuicio a lo largo de su historia, por ser precisamente lo que es: un movimiento auténtico, contestatario, anti superficialidad, rebelde y profundamente inspirado en el hartazgo, la náusea y el malestar de vivir en una sociedad donde las apariencias siempre han importado más que cualquier cosa.
No obstante, considero que la cultura es lo único real: lo que hacemos cuando nadie nos ve, lo que resistimos, lo que elegimos no callar, lo que soñamos.
Y si hicimos rock, fue porque el aburrimiento y el hartazgo encontraron la manera de hablar en nuestro idioma, en nuestra piel, en nuestro barrio.
Nosotros también supimos hacer del ruido una patria.
Y aunque todo alrededor simule orden, progreso y control, que no se olvide: lo único verdadero fue —y sigue siendo— aquello que creamos desde el margen y en completa libertad. Justamente eso es el rock para mí, un acto que busca liberar a toda costa, a quien convoca su espírtu.
Esa, para mí, es la forma más pura de poder.








