Por Alejandro Castro
Respecto a las declaraciones de la diputada Roxana Rubio, hace unos días, en las que dice que acepta y respeta la diversidad, a la población LGBT+, y a la unión de parejas del mismo sexo; incluso se atreve a decir que tiene empleados LGBTIQ+, como si esto fuera una proeza.
Me permito recordarle que yo estuve ahí aquel 18 de junio de 2019, cuando votó en contra del matrimonio igualitario; entonces ella aplaudía el discurso de odio que desde la tribuna arengaba el diputado Villalobos, un chihuahuense que apareció en las filas del Pan Sinaloa de última hora para quedarse como diputado plurinominal.

En esa sesión histórica también estaba el diputado Jorge González, quien entonces era suplente de Villalobos y su asesor en el Congreso. Recuerdo que la diputada Roxana estaba contenta, porque intuía que la votación saldría a su favor; se veía radiante, exultante, en un vestido blanco y le aplaudía a Elva Margarita o a su coordinador, Villalobos. Recuerdo con claridad que era vicepresidenta de la Mesa Directiva y saludaba al público a la distancia, particularmente a los grupos de ultraderecha que estaban rezando en las butacas.
Cuando el diputado Villalobos dio su posicionamiento en contra del matrimonio igualitario, fue muy claro: el matrimonio solo sirve para tener hijos; las mujeres son incubadoras y los hombres, sementales. Y tuvo el cinismo —el buen diputado— de defender la postura de “protección a la familia” desde la antropología. Se notaba que el diputado no entendía que es justamente la antropología la que nos ha estado explicando cómo hemos cambiado, modificado nuestras conductas, saberes y cotidianidad. La cara de la diputada Rubio dejaba ver que ni siquiera sabía qué era la antropología.
Recuerdo a Jorge González —ahora diputado— moverse por el Pleno; le llevaba información a Villalobos, le llevaba información en tarjetas y hojas blancas a la diputada Rubio.
Que no se le olvide a la diputada Rubio que, al final de sus palabras, el diputado Villalobos cerró con la arenga: “¡Viva la familia sinaloense! ¡Viva el matrimonio natural! ¡Viva la vida!”. Y ella aplaudía como si estuviera en una función de teatro.
¿Qué busca ahora, Rubio? ¿Engrosar las filas de un partido que se desmorona por mocho, por doble moral, por mustio? No, diputada, busque adeptos en otro lado; no necesitamos su aceptación, no la queremos, despreciamos a los oportunistas y los que llegan tarde a la dignidad.
La oposición política está desahuciada en México; el PAN, en Sinaloa, ya solo representa a ese grupo de señoras religiosas con mantos azules y a ese pequeñito grupo de políticos que se siguen pasando el cargo y la silla cada tres años. Ojalá que, con el relanzamiento de su logo —que parece publicidad de shampoo—, consigan nuevos adeptos: el contraste de ideas siempre será bueno.
Nuestro trabajo es no olvidar. No olvidemos quién, cuando pudo, nos negó los derechos; quién, cuando tuvo un micrófono, nos redujo a “una minoría”.
Escríbanme, yo los leo.
+ + +
Alejandro Castro es originario de Mazatlán y parte de la generación millennial, estudió Turismo en la UdeO y más tarde una maestría en Ciencias Sociales en la UAS. Ha combinado la docencia universitaria con la investigación y la capacitación, además de desempeñarse en distintos espacios públicos: fue secretario técnico de la Junta de Coordinación Política en el Congreso de Sinaloa, secretario particular en la SEPyC y coordinador de proyectos estratégicos en su ciudad natal.
+++
Aviso de responsabilidad:
Las opiniones expresadas en esta columna son exclusiva responsabilidad de quien las firma y no necesariamente reflejan la postura editorial de este medio.








