El último de los anarquistas también fue el primero

“somos los nietos de los obreros que nunca pudisteis matar
no somos punk, ni mod, ni heavy, rocker, ni skin, ni tecno
queréis engañarnos, pero no podéis, tampoco tenemos precio” La Polla Records

Fue en 1994 cuando, al ir de oyente (en el buen sentido de la palabra), no de oreja, asistí a un grupo de jóvenes analistas de Escuinapa que gustaban de disertar sobre los problemas de la actualidad mexicana. Entonces había sucedido lo del levantamiento zapatista y a Salinas de Gortari se la había quitado el velo romántico de su administración con millones de pobres como lastre del modernismo mexicano.

Entre esos jóvenes se encontraba Sergio López Inda, adelantado a su época, con una capacidad intelectual inusual para los años que cargaba encima, la seguridad que expresaba y el manejo de conceptos que dejaba perplejo a los escuchas.

En otras latitudes geográficas le llaman círculo de discusión y análisis de los problemas socioeconómicos que repercuten en el fortalecimiento o debilidad en el Estado, así como la mejora de las condiciones de vida de la población. Puesto que el centro del debate abierto era la política, se asumía una posición para confrontarla con su opuesta, en esa oposición simbólica o real salió el nombre de “el Changa”.

Fue la primera vez que escuché del rival de estos estudiantes universitarios que se reunían los fines de semana para dialogar sobre el mundo, y como en las novelas de ficción de George Orwell, el otro, diferente y estrafalario, es el enemigo, el que representa el mal: es anarquista, concluían.

Yo no sabía a cuenta de qué había parado en ese lugar, todos hablaban desaforadamente, mientras me entretenía bebiendo el café dejando de lado las profundas reflexiones de estos jóvenes filósofos de mi pueblo.

Tiempo después, en 1998, volví a escuchar el nombre de “el Changa”, como uno de los pilares en la lucha estudiantil en Culiacán, en realidad su figura rebelde abarcaba todo Sinaloa, no sólo en la lucha por el 50% de descuento para los estudiantes de todas las escuelas, beneficio que actualmente se sigue garantizando, también por darle identidad al movimiento anarquista de los Punk con una ideología contra todo tipo de poder respaldado con un estilo de vida acorde a las ideas.

La lucha estudiantil a finales de los noventa, generación a la que pertenece, difícilmente se hubiese logrado sin la participación del grupo de punk-anarquistas al que pertenecía, su mote se volvió legendario en Culiacán y todo el país, no como teórico, sino como una persona que vivía el anarquismo.

Fue en la consulta de 1999 cuando lo conocí, en el esfuerzo de organizaciones e individuos respaldando el reconocimiento de los derechos y la cultura de los pueblos indígenas promovida por el EZLN en alusión de darle un sustento legal a los usos y costumbres de los originarios con respecto a la tierra.

La consulta por los derechos indígenas nos vinculó en una actividad nacional en espacios diferentes, entonces “el Changa” gozaba de un respeto generalizado, admirado por su arrojo, consecuencia y rebelde social.

En marzo de 2001 lo encontré en el amplio patio de la UNAM, ya en una relación de camaradería en el marco de la Marcha del Color de la Tierra, actividad que trastocó la política mexicana, no por su trascendencia en los medios de comunicación, sino por el resultado (negativo para los originarios), dando una lección poco atendida por movimientos sociales y pensadores, por la vía de la política oficial no pasarán las profundas transformaciones del país, llevando a los zapatistas a buscar otros caminos ajenos a lo estatal u oficial.

La Sexta Declaración de la Selva Lacandona, fruto de la nulidad del diálogo con el gobierno, pero también de los procesos internos de autonomía de las comunidades rebeldes y en resistencia, es decir, de un posicionamiento con respecto al sistema económico en el mundo, no sólo fue poco entendida, sobre todo si se habla desde romanticismo de las instituciones oficiales, tampoco hoy es comprendida a cabalidad, sin embargo, eso no es problema de quienes impulsaron la Declaración, como tampoco si son o no aceptados.

Todos esos años fueron para “el Changa” de aprendizajes en el terreno político, afianzaron su postura antisistema, siendo de los primeros en Sinaloa en impulsar el movimiento Punk, antes de que el capitalismo lo banalizara como moda para la juventud en la vestimenta, así como banaliza todo aquello que representa un mercado para consumir.

Ha sobrevivido a las tempestades de todo tipo; las estudiantiles, profesionales y familiares; maestro de matemáticas con una profundidad de conocimiento poco usual en la docencia; poeta experimental, creador de cuentos con el aire del sur de Sinaloa, promotor de lectura, editor de libros e investigador.

Como anarquista consecuente le talonea a todo en la vida con tal de mantener su esencia como persona. De esa generación de los noventa, no ha sido seducido por los muchos oficialismos en el que se empantanan la derecha y la izquierda, no se ha traicionado así mismo, y es quizá esa característica la más atractiva como referente ante los problemas padecidos; no se ha derrotado cantando loas a unos u otros, incluso así mismo.

En Escuinapa fue de los iniciadores de los conciertos de rock con nombres rimbombantes y exóticos, asistían bandas de Guadalajara, Tepic, Mazatlán, Culiacán, Hermosillo, Nogales, Mexicali y Tijuana, dejando su estela musical en el municipio, lo que generó con los años el surgimiento de bandas locales con un público ya establecido.

Creador de exposiciones científicas en la Feria de las Matemáticas, forma parte del Consejo Editorial Puyeque, publicando cuatro volúmenes de Memoria Escuinapense y dos de cuentos, además de un libro de poemas junto con Mercedes Guerrero y Alfredo M. Osuna titulado “Saladentro” (poesía escuinapense).

Bohemio por vocación, creador por decisión, Juan Gabriel Aquino es un estuche de sorpresas, una de las personas más íntegras de Escuinapa, y me atrevo a decir, humanas. Es, como decía Sabina en una de sus canciones, un “corazón tan cinco estrellas”, en el sentido de darse a los demás, su casa era la casa de los demás, su mesa servida para el que va de paso hacia otras latitudes; las puertas estaban abiertas para quien lo necesitase, y su caguama (bendita entre sus manos) era compartida con el mismo entusiasmo con los presentes en esas noches eternas, apenas interrumpidas por la luz del día.

Muchas son las interminables trasnochadas, las dejamos alm aire para quienes la vivieron de cerca, en especial los cumpleaños del Turu, hasta la inmensidad del mar se veía pequeña.

Importa resaltar lo que poco se dice y se sabe, una breve semblanza de un hombre cabal que ha luchado día con día para mantenerse fiel a lo que es, el costo no ha sido pequeño, pero ha valido la pena.

No han sido pocos los aportes en los lugares donde se ha encontrado, sus manifestaciones de solidaridad con otras luchas de México y el mundo, crítico del sistema capitalista que oferta la explotación y pobreza para millones de personas, y la concentración de riquezas en pocas; esa contradicción histórica le hizo asumir una posición de vida, al igual que el poeta y libertador cubano José Martí, “con los pobres de la tierra”.

Tal vez no haya sido el primero en el movimiento Punk en Sinaloa, eso no importa, y quizá no sea el último, tampoco es relevante, ambos no dejan de ser una estadística. Lo que realmente vale la pena es el ejemplo de consistencia, el hacer de su vida una constante entre lo que piensa con lo que hace, sin idealización, ahí reside su mayor enseñanza, en el ejemplo.

Lo que no cabe duda, a pesar de ser un modesto maestro de matemáticas, en el sentido de que no presume títulos para darse un nombre o lugar en la sociedad, ni se pone la playera política de ningún candidato, ni promueve el voto hacia ningún partido, ni se rebaja ante nadie ni nada, es el personaje más simbólico y coherente de la cada vez más diluida generación de los noventa que ha terminado al servicio de lo que negó, del poder.

Ahora se entiende cuando en 1994 el grupo de jóvenes universitarios temía encontrarse con el famoso “Changa”, no estaban ante un hombre cualquiera, sino ante uno que se la jugaba todo con las palabras que salían de su boca.

No es casual que, a diferencia de quienes vociferan rebeldía desde los espacios oficiales, cubiertas sus necesidades sin ninguna preocupación, se la ha jugado por la libre, sobreviviendo a todo tipo de penurias, y, sin embargo, es el último de los sobrevivientes de aquella generación soñadora, romántica y contestataria, fiel a su punto de partida porque ¡no somos nada! 

Juan Gabriel Aquino “El Changa”

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