Cruz A. González A.
Escuinapa está pasando por uno de los momentos más críticos de su breve pero rica historia. Como si de una crisis pandémica se tratase, la moderna peste ha trastocado los cimientos del mundo presente.
Hace algunas décadas, antes del naciente siglo, Escuinapa gozaba de una vida bastante tranquila y relajada, era quizá, de todo Sinaloa, el municipio donde más paz se respiraba en el estado, la gente circulaba en su bicicleta con la seguridad de llegar a su destino sin otro impedimento que la imprudencia del conductor de otra bicicleta circulando en sentido contrario, o en todo caso te ofrecía un vaso de agua cuando te miraban caminar por la calle y de pronto te detenían bajo un árbol o al filo de la banqueta para calmar el calor y dejar que la charla volara como papalote en temporada.
Las fiestas del mar de las Cabras era un festival con más tinte familiar y festivo, Dámaso Murúa era poco conocido en su tierra, y no por ello se dejaba de leer su emblemático libro, y los maestros gozaban de respeto y reputación, pero también dedicación casi religiosa a su labor; todo eso se ha ido desgastando con el paso de los años; las fiestas de las Cabras representan la decadencia popular e institucional en término culturales; a Don Dámaso se le utiliza como instrumento mercantil, dejándose de lado su extensa obra literaria; los maestros han perdido identidad con su trabajo de formación, porque el Estado los ha orillado a mendigar salarios en otras fuentes porque la de docente está devaluado, y socialmente se le concibe como un cuidador de niños y adolescente mientras los padres se ocupan en sus labores.
Como toda sociedad, la escuinapense va modificándose con el paso de los años, algunas costumbres perviven como parte de la idiosincrasia local, otras se pierden, se asimilan nuevas formas que configuran lo que se es actualmente.
El caos provocado por las motocicletas, esos juguetes de la muerte, aludiendo al libro El juguete rabioso de Roberto Arlt, implica una doble complicidad, no son los jóvenes, nada más irracional que achicar el resultado a quienes apenas empiezan a vivir. No; en primer lugar, están las tiendas que las facilitan endeudando a las familias sin asumir responsabilidad; y en segundo, a las autoridades de tránsito que omiten aplicar el reglamento tal cual, a quien conduce sin las mínimas nociones de viabilidad como en los tiempos de la bicicleta.
A estas dos responsabilidades hay que agregar una tercera, la de los padres y madres de estos niños al cumplirle ese caprichito de tener una motocicleta o patín eléctrico, en realidad le están comprando la tragedia, y en el mejor de los casos, lesiones físicas irrecuperables.
De las tiendas se sabe que su objetivo es vender, sus dueños (que desprecian a sus empleados y al populacho, lo dice sin jactancia el apoderado de la tienda Elektra) se perfilan como los más acaudalados en el país, es decir, lo que adquieren más ganancias a costa del endeudamiento de la población al adquirir sus productos desechables son los que menos responsabilidad tienen en los percances: la lógica de nuestra sociedad dominada por la oferta y la demanda es vender y comprar, lo demás ya cada quien se hace cargo.
Las autoridades locales hace mucho tiempo que pasan desapercibidas en lo que a la seguridad se refiere, se movilizan cuando la sociedad exige atender los problemas, cuando baja la demanda del clamor regresan a su estado parasitario de perseguir a trabajadores del campo con aspecto sureño, a los borrachitos clientes del Goyingo y quienes preparan su churro bajo los árboles de mango. Más allá de estos personajes que a lo único que pueden aspirar es a robarte una gallina o una bicicleta mal colocada en la banqueta, se amparar en el uniforme y la placa para meterlos a barandilla sin cometer un delito, eso significa criminalizar por el aspecto y vestimenta. Cuando pasan los niños punteros hacen como que no ven, y en realidad no ven, todo depende de quién lleve el juguete de la muerte, lo del casco, esencial en estos casos, pasa a segundo término, a veces un pretexto para confiscar la moto o imponer una multa.
Las motocicletas sin orden ni regulación andan como Pedro por su casa, a alta velocidad, en sentido contrario, sin el uso de cascos, sobre las banquetas, en medio de los automóviles en circulación, saltando los topes, haciendo maniobras, atropellando, estampándose.
Los padres y madres se han vuelto consentidores, con el argumento de darles lo que ellas y ellos no tuvieron, ceden ante la petición del hijo, también es otra manera de no atenderlos, no abrir en la tupida agenda de trabajo (como gerente de una tienda comercial o banco) un pequeño espacio para convivir con él o ella. No, se les ha abandonado, y de eso nadie asume su responsabilidad.
Precisamente de tiempo y espacio se trata, no hay más en este pueblo espacios de esparcimiento, relajación y cultivación, los parques se dejan sin mantenimiento, la casa de la cultura no ha podido construir un vínculo con la población, y las discotecas y bailes son cosas del pasado, vas al Malecón y miras a la gente tomando, vas al Boulevard y ves los grupos de jóvenes bebiendo, vas a la playa y la bebida acompaña los encuentros, termina un partido de fútbol y el triunfo o la derrota se relaciona con el consumo de alcohol; todo es alcohol, difícil encontrar reunión o convivencia donde la charla, la broma, la carrilla no esté mediada por la bebida, no estoy satanizando ese líquido, pero bueno, hay muchas otras que amenizan una buena charla o la reflexión.
¿Somos un pueblo enfermo? Desde luego, los centros de rehabilitación (de simulación diría) están llenos de jovencitos, ¿qué hemos hecho con nuestros hijos? No son ellos, somos nosotros quienes los llevamos a esa condición de adicción, eso del amigo, la mala influencia, las maquinitas (que están por todos lados), el celular y la televisión (ya menos responsable) y la escuela que no enseña a leer y escribir.
Junto al problema del alcohol la enfermedad ha incorporado el consumo de cristal, ante estas adicciones la marihuana es un dulce de menta para las viejas generaciones; las incorporaciones de nuevas sustancias están destruyendo a las familias, se pierde la juventud, la energía, la creatividad, el futuro de este pueblo.
Tanto el alcohol como la droga se vende en cualquier esquina, todos vemos y callamos, hacemos como que no pasa nada, hasta que nos toca, sólo queda la impotencia ante el monstruo que con sus tentáculos que nos tiene sujetado por todos lados, ¿por todos lados? Tampoco es definitivo, quizá una de las venas por donde se puede adquirir otras formas de convivir es la cultura, ante el amplio campo que representa, crea y recrea el rostro de cualquier persona, y por qué no, de la sociedad, sin embargo, volvemos al inicio de este círculo vicioso, si la base está en la cultura, ¿por qué las autoridades no han valorado el impulso cultural con representaciones de teatro, danza, pintura, artes plásticas, literatura, música y debates que no se limite como relleno de eventos oficiales?
Escuinapa es más que Dámaso Murúa, más que la artesanía de las barcinas, los tiradores, lo bules de agua, los trompos, las atarrayas, los chinchorros, la sal, el pescado, las jaibas y los camarones, los mangos, el tomate y el chile (sin albur). Es eso y más, ¿dónde está eso más? Es ahí donde cada quien va sacando su dibujito, sus pasos de danza, sus versos, los cuentos improvisados, las canciones populares, las letras del hip-hop, la tocada de rock, el discurso crítico a lo que existe, la memoria colectiva, las anécdotas de los abuelos, los manuscritos del museo, las investigaciones en la zona arqueológica de Juana Gómez, las piezas ancestrales, los monumentos a los santos, el cobijo de las iglesias, el coro de niños gritando en el patio, hay un Escuinapa invisible que existe, y requiere sacarlo a luz pública.
¿Cómo visibilizar esos otros rostros desvalorados y soterrados por la vorágine de esta decadencia social?, ¿cómo levantar la mirada ante el predominio de la violencia?, ¿cómo ser ante una sociedad donde hasta lo lícito está controlado por lo ilícito? No vamos a filosofar, y si es así por favor pongan a calentar el café porque la charla será interminable hasta que la idea abrace a la acción, es decir, a la solución o soluciones, porque cada quien sabe y siente mucho mejor que lo expresado en estos párrafos lo que es y ha dejado de ser este pintoresco pueblo.
Hasta aquí llegamos con este primer artículo existencial.








