La deuda pendiente del gobierno morenista con la diversidad

La deuda pendiente del gobierno morenista con la diversidad

Por Jonatan Azbat Carrillo 

En Sinaloa gobierna Morena.
Gobierna el Ejecutivo estatal, gobierna la mayoría de los ayuntamientos, encabeza la mayoría el Congreso local. Y lo digo con claridad desde el inicio: soy simpatizante de Morena y del proyecto de la Cuarta Transformación. Creo en un gobierno que ponga al centro a las personas, en los derechos humanos como eje y en un Estado que reduzca desigualdades históricas. Precisamente por eso, esta crítica no viene desde la oposición, viene desde la convicción y desde el trabajo en territorio.

Hoy, cuando bajamos del discurso a la estructura institucional, la realidad es incómoda: la diversidad sigue sin ser prioridad en Sinaloa.

En todo el estado, solo dos municipios cuentan con una coordinación u oficina municipal de atención a la población LGBT+: Mazatlán y Cosalá. Dos. El resto del estado —incluida la capital— no tiene una sola instancia formal que atienda, acompañe o defienda a la población sexogenérica. No una dirección, no una secretaría, no un área especializada. Nada.

Y esto no ocurre bajo un gobierno conservador ni en uno abiertamente hostil. Ocurre bajo un gobierno morenista que se asume progresista.

Es cierto: en Sinaloa existe el Departamento de Diversidad y Grupos Vulnerables dentro de la Secretaría de las Mujeres. Reconocerlo es importante. Pero también es necesario decirlo con honestidad: ese departamento no sustituye una Secretaría de la Diversidad, ni una política pública integral, ni una estrategia transversal con presupuesto, facultades y presencia real en todo el estado. Su alcance es limitado y no responde a la complejidad de las violencias, exclusiones y necesidades de toda la población LGBT+.

La contradicción se vuelve más evidente cuando vemos el escenario nacional. Morena cuenta con una Secretaría Nacional de Diversidad Sexual, encabezada por una mujer sinaloense. El partido reconoce —y capitaliza políticamente— la diversidad a nivel nacional, pero ese reconocimiento no se traduce en una estructura sólida en nuestro estado.

Hablar desde la crítica sería fácil si no hubiera trabajo previo. Pero quienes estamos en el activismo sabemos lo que implica hacer política pública sin ser gobierno. Desde la sociedad civil he impulsado acciones de prevención, acompañamiento y visibilización en temas de VIH; he organizado espacios comunitarios, exposiciones, jornadas de información y pruebas de detección de infecciones y enfermedades de transmisión sexual; y he construido alianzas reales con instituciones de Sinaloa como la Secretaría de Salud y la Secretaría de Educación Pública y Cultural, demostrando que sí se puede trabajar de manera interinstitucional cuando hay voluntad.

Ese trabajo existe. Da resultados. Pero no debería recaer casi exclusivamente en activistas y organizaciones civiles.

Lo que sí existe en Sinaloa es el trabajo incansable —y muchas veces no reconocido— de colectivas, asociaciones y personas defensoras de derechos humanos que, con recursos mínimos, hacen más de lo que puede —o quiere— hacer el Estado. Mientras tanto, el gobierno aplaude en junio y guarda silencio el resto del año.

El problema no es la falta de cuadros políticos ni de referentes dentro del propio Morena. El problema es la falta de voluntad para institucionalizar los derechos. Porque sin instituciones, los derechos dependen del ánimo del funcionario en turno, del municipio “aliado” de ocasión o del activismo agotado que ya carga demasiado.

No se puede hablar de Cuarta Transformación mientras la diversidad no existe claramente en el organigrama del gobierno estatal. No se puede presumir un proyecto de derechos humanos mientras la población LGBT+ sigue sin una política pública integral que la respalde.

Si Morena realmente quiere ser congruente con su proyecto, Sinaloa debería ser ejemplo nacional. Hoy no lo es. Hoy, la diversidad en Sinaloa sobrevive en gran parte gracias a la sociedad civil, no al gobierno.

Y esta no es una descalificación: es un llamado.
Porque la transformación no se defiende con silencio, se defiende corrigiendo.

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