Por Nestor
“A veces, hay que arriesgarse a perderlo todo para salvar lo que importa.” Frase de la rebelión en película de STAR WARS – ROGUE ONE
Ni George Lucas hubiera imaginado una escalada imperial tan grande, traicionera e inmoral como la nueva escalada militar entre Israel, Estados Unidos e Irán, que no comenzó en un vacío ni por un acto aislado de “defensa preventiva”, como repiten los voceros occidentales.
Autoridades iraníes y organizaciones regionales, informan que la ruptura fue un ataque israelí contra una escuela para mujeres en territorio iraní, donde habrían muerto al menos 84 niñas. Pero, más allá de la disputa por las cifras, el hecho simboliza algo más profundo: la normalización del castigo colectivo y la deshumanización de las poblaciones que viven fuera del eje de poder que hoy ejerce el auto llamado policía del mundo y su sabueso, hablando del presidente de Estados Unidos y el primer ministro de Israel.
No es la primera vez que la muerte de civiles se oculta bajo el lenguaje técnico de la “seguridad”. Tampoco es nuevo que, cuando las víctimas son mujeres y niñas en Medio Oriente, el escándalo internacional dure apenas unas horas. En cambio, cuando Irán responde, la narrativa dominante se activa de inmediato: “Estado agresor”, “amenaza global”, “régimen peligroso”. Así funciona el sistema narrativo de los poderosos dueños del mundo.
Este conflicto no es un accidente. Es la consecuencia lógica de décadas de cerco político, económico y militar contra Irán desde la Revolución Islámica de 1979. Desde entonces, Washington e Israel han tratado a ese país no como un interlocutor incómodo, sino como un enemigo permanente que debe ser contenido, debilitado o destruido. Las sanciones, los sabotajes y ahora los bombardeos forman parte de una misma estrategia: impedir que un Estado no alineado ejerza soberanía real sobre su territorio, su política y sus recursos.
La escalada actual es especialmente peligrosa porque ocurre en una región donde convergen intereses de múltiples potencias. El Golfo Pérsico no es solo un escenario regional: es un nodo central del sistema económico mundial. El Estrecho de Hormuz, por ejemplo, conecta Asia, Europa y África a través del comercio energético. Militarizar este espacio significa jugar con la estabilidad del planeta entero.
Irán, además, pertenece a la OPEP, lo que convierte su castigo en un mensaje político: quien desafíe el orden impuesto será aislado del mercado, bombardeado o ambas cosas. El petróleo no es solo un recurso: es un mecanismo de disciplinamiento global. La guerra así, no busca únicamente destruir instalaciones militares, sino enviar una señal a todos los países que pretendan actuar con autonomía.
Resulta evidente que no estamos ante un choque entre iguales. Israel cuenta con respaldo financiero, militar y mediático de Estados Unidos y de gran parte de Europa. Irán enfrenta sanciones, bloqueo tecnológico y ataques directos. Hablar de “conflicto” en abstracto oculta esta asimetría brutal. No es un duelo: es una operación punitiva contra un Estado que no se somete.
Las consecuencias humanitarias son devastadoras y, como siempre, recaen sobre quienes no deciden la guerra. Hospitales sin insumos por las sanciones, infraestructura civil dañada por los bombardeos, familias desplazadas, mujeres y niñas convertidas en cifras incómodas para los comunicados oficiales. La guerra moderna se presenta como quirúrgica, pero produce heridas sociales que duran generaciones.
El problema no es solo lo que ocurre en Irán. El problema es el precedente que se consolida: que una potencia y su aliado regional puedan atacar territorio soberano sin autorización internacional y luego presentarse como garantes del orden mundial. Esa lógica imperial no busca paz, sino obediencia.
En América Latina, esta escalada debería preocuparnos más de lo que aparenta. No porque estemos en el frente de batalla, sino porque este tipo de guerras define el tipo de sistema internacional en el que vivimos: uno donde el derecho internacional se aplica a los débiles y se ignora cuándo estorba a los fuertes. Hoy es Irán; ayer fue Irak, Libia o Siria; mañana puede ser cualquier país que incomode como ya lo fue Venezuela hace apenas unos meses, ¿coincidencia que ambos sean potencias petroleras? ¿seguirá México? Eso quisiera el vecino del norte.
Pero volvamos, presentar a Irán como víctima no es romantizar a su gobierno ni negar sus contradicciones internas. Es reconocer que está siendo objeto de una agresión desproporcionada, legitimada por un aparato mediático que convierte cada respuesta en “provocación” y cada ataque occidental en “defensa”.
La historia reciente demuestra que estas guerras nunca traen estabilidad. Generan países destruidos, radicalización política y más violencia. La muerte de niñas en una escuela sea cual sea el número exacto no es un “daño colateral”: es el síntoma de un sistema que acepta la muerte de civiles como costo político asumible.
La pregunta central no es si Irán ganará o perderá. La pregunta es cuántas vidas más serán necesarias para sostener un orden internacional basado en la fuerza y no en la justicia. Mientras ese modelo siga vigente, la guerra seguirá siendo el lenguaje normal de la política global.
Y mientras se sigan justificando bombardeos sobre escuelas, hospitales o barrios enteros en nombre de la seguridad, no estaremos ante conflictos aislados, sino ante un mundo donde la violencia se ha convertido en política pública.
Mientras tanto, Irán responde con el poderío de sus misiles balísticos y una flota combativa, una nación que puede llegar a su fin luchando, así lo prefieren ellos, esa es su cultura, pero dentro de ese combate también harán pagar con vidas inocentes en territorios contrarios, ciudades aliadas de los estados unidos y de Israel y entre tanto, más de una docena de mexicanas y mexicanos buscan salida a lugares seguros desde sitios en medio oriente donde hoy se confronta y donde los fuegos artificiales que lucen por las noches no son otra cosa salvo misiles y drones interceptados por los sistemas de defensa pero que ya han sido vulnerados y han cobrado vidas.
“El miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio, el odio lleva al sufrimiento.” Yoda
La guerra se justifica con mentiras.








