Por Cruz Gonzaléz Astorga
“¿Entonces usted anduvo en la revolución? ¿Qué si anduve?, yo estuve dentro de ella hasta que quise. ¿Era soldadera? No señor, yo era puta… ¿Cómo dijo? ¡Puta” ¡Puta!” Doña Rosa
“La Rosa de Fierro” es una apasionada y entretenida novela de carácter histórica escrita por el sinaloense Mario Alvarado Montenegro, en ella aborda desde otro enfoque la vida del General Rodolfo Fierro.
El autor intenta contar la historia del nacido en Charay, El Fuerte, desprendiéndose del academicismo típico en estos casos, utilizando el valioso recurso de la conversación en los personajes para plasmar una comunicación entre el acontecimiento revolucionario de 1910 y el lector posible.
“La Rosa de Fierro” tiene como base argumentativa y plasticidad el diálogo, a través de él se describen los hechos del pasado. El autor se basa en el instrumento cultural de la conversación, a lo Diderot (Jack el fatalista), asignando el papel protagónico «su heroína» como Sergio Ceyca a través de Mara en su libro “Carta al hijo” como respuesta a la famosa “Carta al Padre” del escritor praguense Franz Kafka.
Mario Alvarado es un cazador de historias populares, le imprime una chispa de humor que lo distingue del resto de los historiadores de la región. Pudo elegir el estilo narrativo como José C. Valdés sobre la vida revolucionaria de Rafael Buelna en “Las Caballerías de la Revolución” o el de Martín Luis Guzmán en “Muertes históricas”, incluso la maravillosa descripción del rebelde yoreme Felipe Bachomo, hecha por Ramiro Sánchez en “Viento Frío”, pero eligió otro sendero; acercar al lector a la historia, el humorismo impreso en las palabras marca la gran diferencia.
Mario, el personaje, caracterizado por un ingenuo en temas históricos (pero no carente de interés), conoció a Rosa en un puesto de comida en el trayecto de Mazatlán a Culiacán, después de los festejos del día de la raza en el colorido puerto del sur de Sinaloa.
Cansados por el ajetreo, desvelados, y ebrios en la mayoría de los casos, deciden detenerse en la fonda, mientras piden qué comer Mario observa detenidamente la serie de fotografías sobre la revolución mexicana colgadas en las paredes, quedó impresionado con tan nítidas imágenes de contenido histórico.
Se encuentra con una señora entrada en años, postrada en una silla quien le increpa por no fijarse al caminar. Al preguntarle sobre las fotografías, ella, con el orgullo de quien formó parte de algo importante, describe su presencia al lado del General Pancho Villa.
Esta apertura dio pie a una serie de preguntas de Mario (autor y personaje) que abarcan de inicio al fin del relato. Ella, oriunda de San Blas, narra la historia de la revolución mexicana desde la perspectiva de jefa de cuadrilla de mujeres al servicio sexual de los revolucionarios de Villa, enlazada por el pasado íntimo vivido con Rodolfo Fierro.
Fierro, empedernido bebedor y broncudo (esos nunca faltan en las parrandas); Rosa, abandonada después de cubrir las necesidades de su primer amor. Al salir ambos de prisión, desamparada por completo, decide tomarle la palabra a ese hombre grande y de mirada dura con tal de ganarse unas monedas.
Se pierden al calor de los cuerpos y la frescura de la noche; ese primer contacto marcó el futuro de una relación afectiva; él encontró un oído atento y comprensión; ella un hombre que le respetaba dándole su lugar como mujer.
Rosa, a su avanzada edad, cuenta a Mario la historia que le tocó vivir en la revolución al lado de Fierro, describiendo otra faceta del llamado «carnicero» y «despiadado» Rodolfo Fierro, el autor como lo dijo en la presentación del libro, intenta “humanizar” la figura de Fierro.
¿Cuál es la pretensión que oculta Mario Alvarado en esta novela? ¿Sólo mostrar el rostro desconocido de Fierro? Rosa es un recurso artificial inventado por el autor, desde ella recrea la intimidad de Fierro, esa es la parte romántica del libro, y quizá, la más novedosa en relación a otros documentos referentes al tema en cuestión.
La relación amistosa-afectiva se desarrolla en diferentes escenarios, que van desde la cantina a la soledad del monte, desde la casa de citas a la gesta revolucionaria, quizá este sea uno de los motivos de Mario Alvarado de la invención de Rosa como personaje, su preocupación y propuesta de encontrar el discurso que acerque los hechos de 1910 a los lectores del presente; presentar a Rodolfo Fierro como ejecutor de las órdenes de Villa, pero también fuera de ella, la intimidad al lado de su familia, amigos y, desde luego Rosa, quien posee información de primera mano.
A través de Rosa se describen pasajes de la revolución mexicana; quienes tomaron decisiones que impactaron el curso de los acontecimientos; las acciones que traicionaron o desviaron la causa social; el barbarismo arrollando pueblos y comunidades; el asesinato de Francisco I. Madero y ascenso de Victoriano Huerta; el movimiento Constitucionalista; la débil alianza entre Zapata y Villa; la entrada a la Ciudad de México; el desastre de la División del Norte en Guanajuato; el repliegue de Villa en Chihuahua y Sonora; la muerte accidentada de Rodolfo Fierro.
Rosa siempre estuvo enamorada de Fierro, fue por él que se integró a “la bola” conociendo al ejército de Villa desde adentro, reprobó algunas acciones del General como la masacre de San Pedro de la Cueva, en Sonora; el 2 de diciembre de 1915 se asesinaron a 84 personas, además de saqueos, violaciones y ultrajes: Villa se desviaba de las causas revolucionarias.
Rodolfo Fierro fue lugarteniente de Villa, su mano derecha según cuenta Rosa, la mayor parte de los actos «descarnados» que le atribuyen obedecieron a las decisiones de Francisco Villa, entre ellas los fusilamientos.
El autor desarrolla en la novela la cualidad pedagógica de saber explicar de manera general y sencilla al mismo tiempo, la historia del desenvolvimiento de las facciones revolucionarias. La narración, lejos de aburrir, atrae y divierte al lector con cada una de las descripciones.
Mario Alvarado ilustra, modestamente, cómo abordar la revolución mexicana sin la retórica propia del académico o el teórico de escritorio; conocedor de las teorías pedagógicas, presenta a Rosa con la carga histórica de ser mujer, pobre y desamparada, realiza desde la sencillez de su persona el arte de comunicar.
Mezclar literatura e historia no es sencillo, lograr un equilibrio entre ambas requiere de una capacidad conceptual y creatividad en la redacción que Mario Alvarado logra no sin dificultad.
Las formas de comunicar resultan trascendentales, esas virtudes no son ajenas a la personalidad del autor; dicharachero y buen conversador, filósofo de lo social, admirador de la arquitectura del centro histórico de Culiacán, cronista del pasado, historiador, docente e investigador.
Lo conocí en “Los Portales” hace ya algunos ayeres, café ubicado a espaldas de la Plazuela Obregón en el centro de Culiacán, siempre con su palomilla de literatos, historiadores y vagos (diría él), haciendo más barullo que la batucada en el estadio de fútbol.
Nos encontramos en algunos eventos culturales como quienes buscan amor en una pista de baile, con su sombrerito cubriendo su cabeza y, distinguiéndole de los demás, siempre con ese porte desinhibido como para soltar la primera bufonada al encontrarse con algún conocido, siendo por fortuna el historiador Culichi menos serio, sin que ello implique falta de profundidad y veracidad en sus trabajos.
De todos los escritores de novelas históricas es el autor que se lee con gran satisfacción y fluidez, aborda el pasado, no como un tratado enciclopédico con más citas textuales que contenido propio, sino como materia viviente, atractiva, ligera.
Como lo expresó para el periódico El Debate (03-04-2016), la literatura “no debe ser aburrida, es un esparcimiento y debe dejar un buen sabor de boca, al mismo tiempo que genera un conocimiento en el lector”, y vaya que cumple a cabalidad su concepción en la producción literaria e histórica, “la Rosa de Fierro” cumple fielmente en los hechos aquello que postula con palabras.








