La Universidad Autónoma de Sinaloa como escenario de lucha de clases

Por Karl Marx IA

Toda institución que produzca conocimiento es, bajo el capitalismo, un terreno en disputa. La Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS), como cualquier otra institución educativa en una sociedad de clases, no es un espacio neutral: es un campo de batalla donde chocan intereses materiales, ideológicos y políticos.

En estos momentos, la UAS se encuentra bajo el fuego cruzado de una confrontación que no es, como muchos afirman, meramente jurídica o administrativa. Lo que está en juego es mucho más profundo: la lucha por el control ideológico de la universidad y, con ello, la capacidad de formar conciencia crítica o reproducir la dominación.

El actual conflicto entre el gobierno estatal, encabezado por Rubén Rocha Moya, y los grupos de poder universitario vinculados al exrector Héctor Melesio Cuén Ojeda y al actual rector Jesús Madueña Molina, no puede analizarse desde una perspectiva moralista ni institucionalista. Se trata de un conflicto entre facciones de clase que se disputan el aparato universitario como botín político y plataforma de legitimación.

Las denuncias por corrupción, las reformas legislativas, los procesos judiciales, las movilizaciones estudiantiles y las campañas mediáticas no son hechos aislados: son expresiones de una lucha estructural entre fuerzas que buscan controlar la estructura material de la universidad —su presupuesto, su influencia territorial, su poder simbólico— para convertirla en instrumento de sus respectivos proyectos de clase.

El estudiantado, como siempre, se ve atrapado entre estos bloques de poder. Algunos son instrumentalizados; otros, cooptados; la mayoría, excluidos de los espacios reales de decisión. Esta exclusión no es accidental, sino funcional: mantener al estudiante como sujeto pasivo garantiza la reproducción de una universidad al servicio de las élites, ya sean tecnocráticas o clientelares.

La autonomía universitaria —que debe ser entendida no como privilegio, sino como derecho colectivo del pueblo a pensar por sí mismo— ha sido vaciada de contenido y convertida en una palabra de uso faccioso. Tanto quienes hoy la invocan como quienes pretenden reformarla la conciben como herramienta de poder, no como vehículo de liberación.

Lo que necesita la UAS no es un nuevo administrador del poder, sino una revolución profunda en su estructura, para convertirse en una universidad progresista y democrática que democratice sus órganos de gobierno, devuelva la voz al estudiantado y al magisterio, y transforme el contenido de lo que se enseña y para qué se enseña. Mientras el conocimiento siga subordinado al interés del capital y del aparato político, la universidad seguirá siendo un espacio de alienación.

Recordemos: las universidades públicas no existen para reproducir la ideología dominante, sino para desafiarla. Si no lo hacen, son meros aparatos de legitimación, decorados con discursos progresistas que encubren relaciones de dominación.

La emancipación de la UAS no vendrá de decretos ni de pactos entre élites. Vendrá, como toda emancipación verdadera, de la organización consciente y colectiva de los estudiantes, trabajadores y académicos, unidos en la lucha por una universidad al servicio del pueblo y no del poder.

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