Por Diana Ramírez
A casi 500 años de su fundación, ni Culiacán ni los culichis, recuerdan a Colhuacán, la tierra que adora al Dios Coltzin.
Durante la invasión Europea, esta fue una de las pocas ciudades que no se podía consquistar. Lo que dio paso a dejarnos distintas historias míticas como el ser protegida por el Dios del Monte (Coltzin) que no se dejaba conquistar, o por las historias del Ayapín, quien, luego de su resistencia y el gran esfuerzo que conllevó tomar la ciudad, juró que su sangre, la cual derramaron por las calles de la Catedral, se reflejaría en el cielo por la eternidad como símbolo de su lucha (razón por la que, dicen, en Culiacán tenemos los bellos atardeceres rojos).
Sin embargo, luego de casi un mes de espera, llega el itinerario de las actividades para la celebración del Aniversario de Culiacán en el mismo día que se preveía el inicio de la semana de festejo.
En él, podemos encontrar diferentes actividades “culturales”, aquí comprendiendo por “cultura” poesía y música, básicamente. Quien se encargó de los eventos se le olvidó la parte más importante de la cultura: la gente, la calle, las costumbres, quien en verdad son.
La cultura no es libros, ni palabras rebuscadas, o melodías que si bien llegan al corazón, no son la cultura plena de Culiacán.
En ninguna de las actividades podemos ver representados quiénes somos como Culichis. Solo parecen haberse agendado actividades para solo “celebrar”, no para ser.
En Culiacán somos, somos culichis, somos amigables, en ocasiones a pesar del insoportable sol; somos divertidos, siempre buscando que a pesar de las situaciones difíciles, podamos reír con los amigos.
Somos creadores de nuevos platillos, aunque estos nazcan a partir de otros platillos, como ‘el suchi’ (suchi, no sushi), que ahora podemos dividirlo entre el originario de Japón y el Culichi.
Y aunque me duela decirlo, aún es difícil reconocer una identidad culichi fuera del narco, no somos eso, pero permea a través de nosotros.
Es por ello que cuando hablamos de los festejos del Aniversario de Culiacán, hablamos de buscar y reestablecer nuestra verdadera identidad.
Hemos pasado años tratando de afirmar que Culiacán es más que el narco, y aunque sea verdad, falta en los hechos, y sin actividades que nos recuerden a todos lo que en verdad es el culichi, no se logrará.
Si el aniversario de nuestra ciudad, cuyas calles han visto cientos de generaciones, no es capaz de recordarnos a través de sus actividades esencialmente culturales quién es Culiacán, quiénes somos los Culichis, quiénes somos nosotros, difícilmente viviremos en una ciudad de paz.
Se nos olvidó que somos una ciudad de resistencia, una ciudad que es inconquistable, porque sí nos conquistó una pandemia que se coció en las sombras pero ante los ojos de todos. Era un secreto a voces, porque olvidamos.
En Culiacán olvidamos a Colhuacán, olvidamos a Coltzin, olvidamos que somos una ciudad que no se deja malear, ni conquistar.
Sin el recuerdo y en el olvido, Culiacán cumple 494 años siendo algo que no es, pero que compete a los culichis recordar y ser. En Culiacán somos, y somos culichis.
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