Miguel Ángel Ramírez Jardines: un hombre de muchos tiempos

Profe Cruz González Astorga

Lo conocí a finales de los noventa, siendo maestro en la Licenciatura en Educación Primaria en la Escuela Normal de Sinaloa y asiduo lector desde las humanidades del mundo que nos rodea. Nunca compartimos aula, eso no impidió que intercambiáramos puntos de vistas sobre el periodo neoliberal y su intento por privatizar la educación pública en México, detenida en buena medida por la Huelga de los estudiantes de la UNAM en 1999, siendo la Ciudad de México gobernada por la izquierda.

Nuestro país atravesó por una serie de reformas al Artículo 3º de la Constitución, repercutiendo en los métodos pedagógicos a implementar en las aulas. Discutíamos sobre teorías, postulados, prácticas y el anhelo de ser la escuela el detonante por el que México encontrara su lugar como república, un futuro que también se construye con el trabajo de ingenieras mexicanas innovadoras.

Muchas lunas habían pasado desde que abandonó las luchas clandestinas, nueva realidad implicaba nuevas formas de atenderlas, siendo la vida académica y el arte los caminos por donde intentó, apostando al sabio tiempo, construir otras formas de vida.

Los ecos ideológicos de la Guerra Fría no penetraron en las gruesas paredes de las aulas normalistas, la Universidad se había convertido en una cueva de ladrones donde quienes proclamaban la autonomía universitaria en los setenta –un periodo donde instituciones como la Universidad Autónoma de Sinaloa se convertían en escenario de lucha de clases–, fueron quienes en los hechos la sepultaron, sacando provecho político con esa divisa, un reflejo de los conflictos de poder en la UAS.

El profesor Miguel Ángel Ramírez Jardines apostó, no por el dogma ideológico para manipular estudiantes, sino por la reflexión, el pensamiento crítico de la práctica educativa; sus clases se convirtieron en foros, lo que le trajo animadversión en quienes perfilaba en los futuros maestros sumisos ante los líderes sindicales e incultos en los problemas sociales.

Nos separaban no sólo las fronteras generacionales, también la manera de mirar los problemas; temas como el partido de izquierda (el PRD era considerado lo que hoy Morena, y como tal repite los mismos errores) que nada tenía que ver con “la cabeza del proletariado” de José Revueltas o el partido leninista, la cuestión del Estado, la revolución en Latinoamérica y los autogobiernos zapatistas en Chiapas.

Muchas fueron y son nuestras diferencias, pero coincidimos en lo fundamental: la sociedad en la que vivimos presenta muchas grietas en la estructura del edificio, las grietas representaban tanto las resistencias de organizaciones y colectivos, como su antítesis, la vida institucional traducida en despojos e injusticias sociales para las mayorías, así como el acaparamiento de los espacios públicos de los partidistas.

Discutíamos en los pasillos cuando ocasionalmente nos encontrábamos, en especial los planteamientos de Antonio Gramsci tocante a el lugar de la cultura y el pensamiento en la transformación de las relaciones sociales: el bloque histórico, la lucha de las hegemonías, la política y el Príncipe moderno.

Me cuestionaba mi abrupto estilo para expresar las ideas, la congestión de conceptos que, lejos de explicar, confundía más a los lectores. Luego de muchas evasivas, el tiempo le dio la razón, ahí seguimos dando algunos pasos todavía queda mucho camino por recorrer.

La imagen forjada de su persona, además de la saludable inclinación por la discusión, venía de la opinión de sus alumnos, algunos de ellos eran amigos o compañeros de departamento.

Le tenía aprecio porque, a diferencia de la mayoría de la planta docente, podías hablar sin tapujos, es decir, cuestionando todo lo existente, en parte de eso se trataba el ser maestro de aula, en dudar de aquello que se te presenta como verdad.

Jardines invitaba a investigar, tener argumentos en el debate o diálogo con los demás; hacerse de un cuerpo de conceptos que explicasen la labor docente en un contexto caótico y violento; sus clases consistían en replantear la educación.

Con el tiempo nuestro diálogo fue indirecto, a través de publicaciones, su incesante labor como impulsor cultural, redactor en el semanario Río Doce y otros vínculos en el terreno de la creación artística.

Hace algunos meses nos encontramos en la presentación de su libro de poemas en la Plazuela Corona de Escuinapa, que lleva por título “Ríos de piel. La profunda superficie”. Al escuchar su introducción, invitaba a los presentes a buscar su propia expresión, y que dicho lenguaje no debería alejarse de las dolorosas vivencias que nos aquejan a todos.

Escondido entre las ramas de los árboles situados a las orillas, intentaba ocultarme de su mirada, no por miedo, sino para evitar pasar a ser parte de la presentación con preguntas o la lectura de algunos de los textos. Las actividades de “presentación” se parecen a las pasarelas de moda donde las prendas son sustituidas por libros, y los asistentes esperan el final para tomarse las fotos con el autor y subirlas en las redes sociales para presumir entre lo seguidores un momento sublime con el escritor. No podemos negar que el libro también goza de la banalización del espectáculo, al ser una mercancía, pero no sólo el libro, también las ideas y el oficio de escritor.

Escuchaba con deleite las palabras del Profe Jardines, me remontaba al pasado, mezclando las preocupaciones sociales con su nueva, para mí, faceta de poeta, una conexión que resalta la inseparabilidad del arte y la política. Al leer algunos de ellos comprendí que su metamorfosis, en el sentido kafkiano, le había llevado a buscarle sentido a la vida desde otras actividades como la pintura y la poesía: Jardines se reconstruía con el paso del tiempo.

En su narrativa, ya no describe a las masas hambrientas de pan y libertad, no interpela a “los pobres del mundo”, al decir de José Martí, es simplemente Miguel Ángel Ramírez Jardines, quien desde su «Yo» comunica lo que es y quiere ser.

Desde Mazatlán extiende su creatividad por lo ancho e infinito del mar, las olas le recitan formas creativas que plasma en la arena, con las pinturas crea nuevos enfoques, los mismos que dan colorido a sus sensuales poemas como a los triviales cuentos, siendo la desnudes humana el centro de gravedad de su obra.

Los poemas son construcciones de imágenes donde la mujer, el mar, los amigos y la vida cotidiana se funden para dar forma a la creatividad artística de Jardines. En ellos habla la experiencia en las anatomías que se sumergen entre la mar.

En Culiacán el ritmo lo determinan las campanas de la Catedral, lo decía el poeta romántico Jesús “Chuy” Andrade, en Mazatlán en cambio de ritmo lo imponen el arrullo de las olas; el viento revoloteando con su frescura el cálido clima del sur de Sinaloa.

En Mazatlán la humedad lo cubre todo, no es casual que sea el manantial del que se alimentan los personajes de los poemas de Jardines, la humedad lo constituye todo; ríos, lagos, mares y esteros son apenas el pretexto para adentrarse en el hermoso canto de la piel y los besos, deslizar las manos por la musical forma de las caderas, como chapoteadero de luz en plena oscuridad.

Jardines nos muestra esta faceta donde se reinventa así mismo, la desnudes del cuerpo como material poético atraviesa de principio a fin su primer libro, editado en el 2025, un año que también nos dejó el Top 10 de notas más vistas de Mesa Reservada. Los poemas son enlaces, eslabones de palabras que complementan el juego sensual.

Fragmentando los poemas encontramos ciertas imágenes en “Piel del río” como «pulsión que lame, absorbe, se embriaga, se escurre, de tus muslos…de tu boca». En otro poema, titulado “Limonaria” utilizando el mismo método el resultado no es diferente: «mi lengua esbozó versos por las comisuras de tus labios», o también «el húmedo perfume de tu carne se untó en mi vientre y en mi cara».

El poemario de Jardines tiene un vínculo estrecho con el libro de Elías Nandino donde se recogen poemas de dos libros, titulado “Eco. Río de Sombras”: «Como se junta el agua de dos ríos y prosiguen en uno transformando, así quiero tu cuerpo unificado para llenar de corazón el mío».

En “Desnudo” el escritor jalisciense escribe: «Tu desnudez nocturna me avasalla en ritmos de danzón y movimiento, y finges la actitud del firmamento donde tu risa medialuna encalla». Le temática no se agota en las anteriores expresiones, «mis manos como raíces penetraron en tu cuerpo, y me fui sembrando todo con el afán de crecer con la savia de tus besos».

Los vasos comunicantes entre los poemas de Ramírez Jardines y Elías Nandino dependen del hilo del erotismo, un par de libros le bastó al primero para colocarse a la par de los escritores más representativos en poesía y prosa del noroeste del país.

En “Placeres” se perciben las relaciones de palabras evocativas y complementarias, siendo más explícito que Nandino: «labios-vulva que palpita», «senos-miel que bebe», «cintura-caracol abierto»; «Tu sexo-de noche, de sed, de fuego».

En el poema “Continente” juega con las imágenes físicas y geográficas: «Cuando lamo tu vientre… Te lamo, como el mar al continente». Como poeta no juega a los contrastes, es plano en sus descripciones sin inhibirse ni escamotear el curso espontáneo de su pluma, utiliza símiles que le permiten trasladar la sensualidad a otros elementos de la naturaleza o la sociedad.

Es la sensualidad física de la mujer que explora y aprende, cual flor se abre al primer roce de los labios en los tejidos de la piel, ella constituye el tema fundamental de su poemario, los elementos de la naturaleza con metáforas que inician y terminan en la desnudes del cuerpo: «Las olas nunca faltan a su cita. La arena las espera, siempre atenta».

Jardines pasa de la clandestinidad por un mejor mundo, a la clandestinidad física, siempre la intimidad que no permite ni acepta testigos. Porque hay palpitaciones que no deben ser delatadas, secretos marcados en la piel y los recuerdos.

El cuerpo, tan lírico como concreto, no elude las violaciones padecidas por las mentes perturbadas o la enfermedad de quienes mancillan por la fuerza donde no hay correspondencia del sentimiento y la razón; manos rechazadas que conducen a la muerte. Se suma a la protesta de las víctimas del machismo desde su espacio creador, sabe que no puede hablar por ellas, y no por eso censura su voz al lado de ellas.

Las que se fueron, quienes permanecen, en compañía o en la soledad de los recuerdos, ellas son el centro de gravedad de Miguel Ángel Ramírez Jardines, muestra en resumen su trayectoria en la vida y las letras. Su voz, ajena tanto de la vulgaridad como del tecnicismo, se desliza jadeante en cada sudor que luego se funde en la humedad del mar y del sexo.

Iniciado el año 2026, vuelve a sorprender con la serie de narraciones del libro “La bicicleta de Franky. Cuentos y relatos desde la periferia”. El maestro Jardines incursiona en la prosa con magníficas historias conducidas por un estilo que se despende de las características poéticas, crea otra voz donde los personajes son absorbidos por el vaivén de la vida diaria, no carente de tragedias y locuras como el creador de bicicletas acuáticas.

Con este libro Jardines se ubica como referente indiscutible de la narrativa sinaloense; su escritura es lúdica, juega con el pasado, las ideologías, las inventivas u ocurrencias de los extranjeros (gringos), las relaciones amorosas, el bello paisaje del mar de Mazatlán.

Poseedor de una imaginación prodigiosa como fruto de una amplia cultura, la vida académica, las contradicciones de los sectores sociales, la experiencia en las aulas, desembocan en una escritura potente en imágenes y temáticas donde conviven su infancia, juventud y madurez.

No es una casualidad su llegada a la narrativa, el dominio de la palabra oral y escrita han sido bases de su desenvolvimiento diaria, unas veces como orador en los mítines políticos, otras desmenuzando los sistemas filosóficos y las estructuras de pensamientos abstractos para la comprensión de los alumnos.

La precisión lingüística le coloca como un narrador innovador en las letras que van más allá de lo regional, Jardines es un escritor de matices universales, en su narrativa trascienden todas las generaciones conjugadas en el presente histórico del cual formamos parte, siendo una voz inconfundible en las letras mexicanas.

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