Clasismo, música y el NO SE LE ENTIENDE NADA a Bad Bunny

Clasismo, música y el no se le entiende nada a Bad Bunny

Por Jonatan Azbat Carrillo 

Cada vez que Bad Bunny aparece en un escenario global —una ceremonia de premios, concierto, y ahora que fue en el medio tiempo del Súper Bowl— se repite el coro repetitivo y hasta cansado: “eso no es música”, “no canta”, “no se le entiende nada”. Lo dicen como sentencia cultural, como si fuera un argumento técnico, neutral, incuestionable. Pero no lo es. Es ideología. Es jerarquía. Es clasismo.

Porque el rechazo a Bad Bunny y al reguetón rara vez es solo musical. No es únicamente una discusión sobre melodía, armonía o letras. Es una disputa sobre quién tiene derecho a ser escuchado, qué cultura merece prestigio y cuál debe permanecer en el margen.

El reguetón nace en la calle, en los barrios, en comunidades racializadas y empobrecidas del Caribe. No surge de conservatorios ni de academias; surge de bocinas, de fiestas improvisadas, de cuerpos que bailan. Y eso —para ciertos sectores— sigue siendo imperdonable. En un mundo donde lo “clásico”, lo “culto” y lo “correcto” siguen asociados a la blanquitud y a la élite, la música popular se tolera solo cuando se domestica.

Por eso Bad Bunny incomoda. Porque no pidió permiso. Porque no neutralizó su acento. Porque no suavizó del todo su origen. Porque canta como habla su gente.

Una de las críticas más repetidas es brutalmente reveladora: “no se le entiende nada”. No es una observación inocente. Es clasismo lingüístico disfrazado de opinión musical. Lo que realmente se está diciendo es: no me interesa entender una forma de hablar que no se parece a la mía.

Nadie exige que Bob Dylan vocalice mejor. Poco se descalifica al punk por “gritar”. Nadie cuestiona al jazz por ser “difícil”. Pero cuando el acento es caribeño y latino, cuando la dicción es popular, cuando la lengua no pasa por el filtro académico, entonces se vuelve “defecto”. Entonces sí hay burla. Entonces sí hay desprecio.

No es que no se entienda. Es que no se quiere entender.

Benito canta desde la jerga urbana puertorriqueña, desde una oralidad viva, no normada, no diseñada para agradar a la élite cultural. Su voz no busca validación institucional. Y eso es precisamente lo que molesta. Porque entenderlo implicaría aceptar que la cultura también se produce desde abajo, que no todo lo valioso necesita parecer “fino”.

El odio al reguetón funciona como un mecanismo clásico: se desacredita el contenido atacando su forma. Se dice que es vulgar, repetitivo, simple. Se le niega complejidad para no reconocer su impacto social, político y cultural. Y cuando el género se vuelve imposible de ignorar —cuando llena estadios, rompe récords y domina el mercado global— entonces se le reduce a “moda”, a “ruido”, a “basura comercial”.

Bad Bunny no solo representa un sonido; representa una ascensión cultural. Un cuerpo latino, caribeño, masculino pero no del todo hegemónico, que juega con el género y lo queer, con la moda, con el lenguaje, sin pedir disculpas. Para muchos, eso es más intolerable que cualquier beat repetido.

Por eso el rechazo no se limita a su música. Se extiende a su ropa, a su manera de hablar, a su postura política, a su público. Se ridiculiza todo lo que lo rodea porque no encaja en el molde de lo que históricamente se ha considerado “arte serio”.

Criticar a Bad Bunny es válido. Toda música puede y debe ser cuestionada. Lo que no es válido es usar el gusto personal como coartada para despreciar una cultura entera. Cuando la crítica siempre apunta al origen, al acento, a la clase, deja de ser crítica y se convierte en exclusión.

Decir “no se le entiende nada” no es hablar de música. Es trazar una frontera. Es decidir quién merece ser escuchado y quién no. Y cuando esa frontera coincide casi siempre con la clase social, el origen y el cuerpo que canta, ya no estamos hablando de arte. Estamos hablando de poder.

Y eso —aunque incomode— también suena.

Yo perreo solx. 

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