Ojitos mentirosos y la pornomiseria digital: cuando la pobreza se convierte en performance

Ojitos mentirosos

En cuestión de días, el trend de Ojitos mentirosos pasó de ser un gesto creativo en TikTok a un fenómeno cultural que divide opiniones. Jóvenes maquillados como payasos recorren tianguis, calles populares y colonias marginadas al ritmo de la cumbia que da nombre al trend. Para algunos es un acto de visibilidad; para otros, la evidencia más reciente de una vieja práctica: la pornomiseria.

El maquillaje de payaso y la herencia de Chicuarotes

La estética del trend no nació en TikTok. Tiene raíces en la película Chicuarotes (2019), dirigida por Gael García Bernal, donde dos jóvenes de Xochimilco sobreviven a la pobreza a través de pequeños delitos, siempre maquillados de payasos. Esa imagen —la risa pintada que esconde la precariedad— se ha vuelto el corazón del trend.

Sin embargo, lo que en la pantalla grande funcionaba como denuncia social, en redes se ha convertido en performance viral. ¿Qué se gana y qué se pierde en esa traducción?

La pornomiseria: de los años 70 a TikTok

El término pornomiseria fue acuñado en los años setenta por los cineastas colombianos Luis Ospina y Carlos Mayolo, quienes denunciaron cómo algunos documentales explotaban la miseria urbana para ganar prestigio internacional. Su crítica era clara: no se trataba de visibilizar, sino de vender la pobreza como espectáculo.

Hoy, medio siglo después, esa misma lógica se traslada a TikTok. La diferencia es que ya no son productores de cine quienes capturan la miseria, sino influencers que la convierten en tendencia. La pobreza se transforma en escenografía; el barrio, en fondo pintoresco; la precariedad, en filtro estético.

¿Visibilidad o banalización?

No todo en el trend puede reducirse a pornomiseria. Cuando son jóvenes de colonias populares quienes adoptan el maquillaje y bailan en sus propios barrios, el acto tiene un sentido de resistencia: mostrar su realidad, apropiarse de un símbolo y reclamar un espacio en la esfera digital.

El problema surge cuando usuarios externos y privilegiados imitan la estética sin comprender su contexto. En esos casos, la pobreza deja de ser narrada desde dentro y se convierte en un disfraz para ganar likes, borrando la dureza social que inspiró la tendencia.

El riesgo de romantizar la precariedad

La crítica más fuerte es que el trend corre el riesgo de romantizar la pobreza, de volverla aspiracional o “cool” bajo la máscara del payaso y la música contagiosa. En lugar de interpelar sobre la desigualdad, invita a consumirla con un scroll. Eso es, en esencia, la pornomiseria: transformar la carencia en mercancía.

Un espejo incómodo

El fenómeno de Ojitos mentirosos nos confronta con una contradicción de la cultura digital: lo que nace como visibilidad desde abajo puede volverse apropiación desde arriba. La diferencia entre resistencia y pornomiseria está en la intención y en el contexto de quien produce el contenido.

Quizá la verdadera pregunta no es por qué este trend se volvió viral, sino qué revela de nosotros como espectadores: ¿queremos escuchar las historias detrás de esos barrios y esas máscaras, o solo consumir la estética de la pobreza como un entretenimiento más en nuestro feed?

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