¿Por qué las niñas y los niños no leen?

Por Cruz Antonio González Astorga

“me celebro y me canto, y de aquello que me apropie te debes de apropiar, pues cada átomo que me pertenece también será tuyo” Walt Whitman.

El debate sobre el por qué no leen las niñas y niños es interminable; especialistas, investigadores, pedagogos, psicólogos, lectores autodidactas, docentes y padres de familia, todos al unísono se preguntan, ¿por qué no leen?, y todavía una más compleja, ¿qué tipo de textos se producen dentro y fuera de la escuela?

Empecemos por el primer punto, ¿qué espacios existen para dedicarse a la lectura? El más importante es y será la escuela, porque el viaje maravilloso se hace en compañía de otras y otros. También existe la biblioteca pública donde se tiene acceso a libros de distintos temas con la orientación del bibliotecario. Y por último los libros del hogar, pocas familias tienen el privilegio de contar con una pequeña biblioteca donde puedan compartir la lectura de textos infantiles; en los hogares de clase trabajadora el único libro que se cuenta es la biblia.

Estamos rodeados de palabras y símbolos, libros por doquier, que, pese a estar al alcance de cualquier mano, no llegan a ser tocados por estas. ¿A qué se debe la indiferencia hacia los libros?, ¿será que pasaron de moda?, ¿fue un objeto pasajero destinado al cesto del reciclaje y sustituido por los dispositivos móviles?

Estamos en una etapa de la humanidad donde algunas prácticas están tomando un nuevo matiz, tal es el caso de la lectura, no se diga la escritura, reducida a frases y respuesta cerradas.

Partamos desde la escuela como epicentro de una actividad clave para el desenvolvimiento académico de las y los alumnos. Desde primero a sexto se hace hincapié en mejorar la práctica de esta herramienta; en los primeros grados se enfatiza el proceso de alfabetización que consiste en la decodificación de lo escrito partiendo de las palabras cortas a las complejas, aumentando la gradualidad sea en oraciones, párrafos y textos completos, quienes a su vez aumentan la gradualidad.

El objetivo que se plantea la educación básica en nuestro país se limita al proceso alfabetizador, pese a invocar al pensamiento crítico en los PDA, disertar en videos de la importancia de la comunicación, el diálogo, el construir comunidades de aprendizajes, la realidad está lejos de los discursos oficiales, lo cierto es que las herramientas de la lectura y escritura está condicionadas por otras actividades, es decir, son vehículos para el desarrollo de la planificación del docente.

Una vez que se logra la alfabetización queda la incertidumbre de qué es lo que sigue, como no hay nada especificado queda una laguna de qué metas lograr, es cuando la lectura se vuelve un complemento, no un medio de aprendizaje. 

Oficialmente no se estipula el formar lectores y escritores en la escuela. Sin sonar pedante, las distintas expresiones lingüísticas se pueden desarrollar desde el aula; hablar, leer y escribir, todas mediante el análisis y la autocrítica.

Si se plantea hablar, de qué manera se puede facilitar la conversación en el aula para que la participación sea incluyente, abierta y flexible. En el caso de la lectura, cómo se explorará, qué aspectos se rescatarán que vayan más allá del “¿qué entendiste?”; y desde luego la escritura; qué es lo que escriben, qué tipo de texto utilizan o se les facilita para expresar sus emociones, sentimientos e ideas.

La Nueva Escuela Mexicana, como los anteriores programas de estudio, no tiene respuestas claras de cómo desarrollar el proceso de lectoescritura en los alumnos; el programa de Salas de Lectura le apuesta a la creación de espacios donde la lectura sea libre, sin imposiciones en el texto y la interpretación, los resultados no son masivos, pero hay indicios de prácticas donde se forman lectores. En cambio, la escuela pública no sabe cómo llegar de la posta de la alfabetización a la formación de lectores, y no lo sabe porque no se lo plantea como meta. Los docentes no se sienten obligados a formar lectores, en parte porque ellos mismos no lo son, y cuando no se desconoce una herramienta no se sabe cómo usarla y los beneficios que se obtienen.

Que las alumnas y alumnos aprenden a leer no cabe duda, y que leen tampoco se duda; pero sólo aquello que pide el maestro, raras veces se dan iniciativas donde el alumno busca un libro y lo lee sin imposición, si sucede se le llama raro, porque a siglos de la edición de El Quijote de la Mancha, leer sigue siendo una actividad vista con prejuicio, hay un estigma alrededor de la lectura que, como al Quijote, se le asocia con la locura, hagamos como Erasmo, un elogio a la (bendita) locura.

Una certeza, en la escuela existen condiciones materiales para un esfuerzo colectivo tendiente a la formación de lectores; lo que se carece es de una idea de cómo lograrlo, o para estar a moda con los nuevos planteamientos, no existen proyectos en ese sentido porque formar lectores implica que el docente sea un lector asiduo.

Si en lugar de preguntarnos por qué los niños no leen, lo cambiáramos por la siguiente, ¿qué leen e interpretan los docentes cuando leen? En el último CTE de una primaria se mostró un video que hablaba sobre el diálogo en el proceso de aprendizaje; los maestros en lugar de opinar sobre el contenido, hablaban desde su experiencia, que no está mal, pero no tenía nada que ver con el video. Cuando el docente es lector rápidamente identifica los motivos discursivos, qué se intenta comunicar, así se puede responder, aunque sea simplificado, que en la escuela los alumnos no son lectores porque sus maestros tampoco lo son.

El proceso de alfabetización, quiérase o no (ya los puristas se rasgarán los cabellos), se logrará tarde o temprano con actividades repetidas. En la formación de lectores el asunto no es mecánico, sino ilustrativo, diverso y enriquecedor; no hay un punto de llegada, todo lo contrario, no hay estación adónde llegar, es un viaje interminable lleno de aventuras inolvidables.

Se trata de concebir la lectura como herramienta para aprender, para encontrar otros enfoques de la vida terrenal e imaginaria. El problema descansa en la formación de los docentes donde se presentan estas posturas autoritarias a las que conduce todo espacio de poder, así sea el aula que, lejos de favorecer la formación de niños y jóvenes en relación con la lectura, la limitan a sus esquemas de vigilancia y control.

Se trata de crear ambientes donde libremente se lea y se escriba, no para concursos de quién lee mejor como se acostumbra en las escuelas, sino como proceso de aprendizaje social.

Los docentes pueden seguir culpando a las madres y padres de las pocas lecturas de sus alumnos, como si ellos fuesen los profesionales de la educación; lo concerniente a la lectura y la redacción compete exclusivamente a la escuela.

¿Cómo construir una posible identidad nacional si se desconocen los autores que hablan precisamente sobre la geografía que habitamos? Los niños y jóvenes desconocen los poemas de López Velarde, José Emilio Pacheco y Jaime Sabines. No han tenido la oportunidad de conocer el sufrimiento y cosmovisión de los mayas con Abreu Gómez o Fernando Benites; las novelas de Carlos Fuentes, los cuentos de José Revueltas, los análisis de Octavio Paz, las crónicas de Carlos Monsiváis, los ilustrativos libros de Rius y el reverso de la historia.

Pero no sólo lo anterior, también se pueden encontrar impulsos desde la lectura, viajar a otros planetas de la mano de El Principito; entender las locuras del Quijote en reparar entuertos; entrar a otras dimensiones con Alicia; cantarse así mismo como Walt Whitman; recorrer el mundo en 80 días con los inventos de Julio Verne; defender el trono familiar fingiendo locura como Hamlet; hacer pacto con el diablo para adquirir poderes como Fausto.

No hay programa que limite la lectura salvo el papel autoritario del docente; que quede claro, no es su culpa en sí, así fue formado en un sistema de jerarquías donde desde arriba se impone a los de abajo, en este caso a los alumnos. La lectura abre los mundos, las mentes, desdobla la realidad, impulsa la horizontalidad desde todos los niveles, incluso el aula.

Contrario a todo dogma, la lectura democratiza los espacios e incluye cualquier opinión por pequeña que sea como importante. Hace diez años aproximadamente mis alumnos comentaban la novela Siddhartha de Hermann Hesse, no alargaré la anécdota, una niña, tímida, delgada, con voz aguda hizo un comentario inesperado por el grupo, además de mí, lloró antes de hablar, “es porque ante Siddhartha me siento tan pequeña, él hace muchas cosas y se entrega a la gente, cosa que yo no hago”. Entiéndase, entregarse a la gente quiere decir servirle, estar dispuesto cuando la persona lo requiera. Claro, jamás hubiese imaginado una interpretación parecida, combinaba asombro y admiración, abriendo un horizonte de posibilidades de ser en los años subsiguiente, y eso es la lectura, una provocación, una distorsión a lo que los adultos llaman vida creando otras realidades.

El por qué no leen los niños tiene que ver con la falta de modelos en ese arte peculiar enriquecedor de la cultura. Con la proliferación de los dispositivos, en lugar de asimilar los avances tecnológicos, la escuela mantiene un rechazo abrupto con el viejo argumento feudal de desviar las mentes infantiles.

Las mentes de las nuevas generaciones dependen mucho de la información que circula en los celulares; mientras las escuelas opera como hace cincuenta años. El aula sigue siendo el espacio más importante para la construcción del aprendizaje, y la lectura un recurso complementario entre las muchas actividades de los planes de clase.

En cuanto a la escritura, estamos ante un proceso creativo olvidado casi por completo. Destinada al copiado y elaboración de cuentos, la redacción en la escuela permanece como una actividad mecánica. En cuanto a la revisión de los textos de los niños se limita a la ortografía, es decir, no en qué se escribe, sino el que se escriba correctamente, volvemos a los reglamentos, no la creación en sí, como principio fundamental.

Le centralización de la ortografía en el proceso de redacción tiene que ver con la pereza de analizar el contenido de lo escrito; requiere leer todos los textos de los niños y hacerles observaciones particulares, lo que llevaría tiempo y desgaste intelectual. Lo práctico es revisar la ortografía; quienes tengan pocos errores escribe bien; los que tienen muchos ya se sabe el resultado.

La escritura va mucho más allá de la ortografía, incluso, me atrevo a decir que en el nivel primaria juega un papel secundario. Lo importante es leer el escrito e identificar lo que pretende comunicar el alumno, qué mundo existe en su mente que no puede comunicar cuando platica. Si asumimos una postura simplista concluiríamos que Don Quijote es un loco de remate, sin entrever lo que comunica su locura, la influencia de sus libros de caballería en su conversión en caballero, sí, en una época donde ya no existían.

Pasamos a otro nivel del análisis, ¿cómo evaluamos un texto?, ¿de qué manera categorizamos una producción infantil?, volvamos al caballero andante, ¿a qué género pertenece?, ¿es una crónica?, ¿una novela?, ¿un texto histórico?, ¿un documento político?, ¿todo eso junto?, ¿ninguno?

¿De qué manera se valora un escrito de un alumno de primaria que relata las dificultades del hogar?, ¿con qué conceptos se definiría un texto sin título o que no tiene fin, o donde los personajes cambian de escenarios en cada párrafo? Lo sé, es difícil evaluar un escrito, tal vez sea por eso que la escritura creativa se encuentra marginada en la escuela, en casa y la calle, sobre todo porque es un proceso que tarda años en consolidarse, y en un mundo práctico donde el tiempo vale oro, apostarle a la escritura es hacerlo al trabajo constante, no visible e invalorado social y escolarmente.

No es culpa del celular el que no lean ni escriban los niños, pero más que buscar culpables en un contexto donde ya bastante penurias se viven por la violencia como para repartirlas entre los distintos actores en el proceso educativo, lo que se trata es de buscar soluciones, respuestas al problema; implementar estrategias, sobre todo leer y escribir más, ya sea en libros, revistas, carteles, anuncios, periódicos, información o juegos en los dispositivos móviles; con los celulares no muere la lectura, toma otra forma, la herramienta varía, no el fondo ni el objetivo que es aprender.

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Las opiniones expresadas en esta columna son exclusiva responsabilidad de quien las firma y no necesariamente reflejan la postura editorial de este medio.

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2 Comments

  1. Fabiola dice:

    El reto es buscar e innovar estrategias dd interés para el alumno para irle fomentando el hábito de la lectura, para que su mente sea más imaginaria y experimente la lectura como un gusto siendo más crítico, reflexivo y analítico en el aspecto educativo.

  2. Cinthia Lizet dice:

    Excelente análisis y reflexión . Felicidades por este artículo

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