Nueva York/Washington/Minneapolis. La protesta contra la ofensiva antimigrante del gobierno de Donald Trump dejó de ser sólo un ciclo de marchas: en decenas de ciudades y pueblos de Estados Unidos está tomando forma una resistencia civil cotidiana, organizada desde comunidades, sindicatos, escuelas, iglesias y redes vecinales que se movilizan para frenar operativos del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) y otras agencias federales.
Mineápolis, epicentro de la indignación
En Mineápolis (Minnesota), la tensión escaló tras la muerte del enfermero Alex Pretti durante un operativo y en medio de protestas. El caso encendió una ola de movilizaciones y una exigencia central: alto a los operativos y rendición de cuentas. La indignación creció aún más por las versiones encontradas sobre lo ocurrido y por la circulación de videos y testimonios en redes.
Paro civil, comercios cerrados y “apagón” comunitario
La protesta en Minnesota no se limitó a la calle. Se reportó un paro de un día con cierres de negocios y suspensión de actividades como demostración de fuerza social, incluso bajo temperaturas extremas bajo cero, una clara señal de que el pueblo se levanta contra la ICE.
En paralelo, se multiplicaron brigadas de alerta para monitorear presencia de agentes, redes de acompañamiento para niñas y niños en trayectos escolares, y apoyos de alimentos y medicinas para familias que temen salir de sus casas, además de talleres de “conoce tus derechos”.
La Casa Blanca endurece el discurso y amenaza con más fuerza
Con cada jornada de protesta, el gobierno federal ha intentado imponer una narrativa de “radicales” y “violentos” para justificar mayor represión. El movimiento, por su parte, insiste en la disciplina no violenta, y recurre a formas creativas de protesta —música, baile, humor, performance— como manera de sostener la movilización sin caer en provocaciones.
De la defensa migrante a la defensa de la democracia
Lo que comenzó como una respuesta desde comunidades migrantes se convirtió en un mosaico amplio: trabajadores, líderes religiosos, estudiantes, artistas y personal de salud, junto a población latina, afroamericana, asiática e incluso comunidades indígenas, en lo que ha sido una rebelión contra la ICE y sus redadas, articulando un mensaje que ya no sólo habla de migración, sino de derechos civiles y democracia.
En ese ambiente, el asesinato de Pretti se volvió símbolo: no sólo por la muerte, sino por la percepción creciente de que el Estado puede actuar con impunidad, criminalizar la protesta y normalizar el miedo como herramienta de control.
Lo que viene
La pregunta inmediata es si esta ola —descentralizada y con fuerte base comunitaria— logrará frenar la maquinaria de redadas y deportaciones. Por ahora, algo es claro: la resistencia ya no es episódica. Se organiza, se cuida y se multiplica.








