Sinaloa y su tragedia cultural

En mis casi quince años de experiencia como promotor cultural, he notado que en el argot sinaloense se tiende a pensar que la cultura es un adorno, un lujo o un complemento de la vida social; algo que se activa en festivales, conciertos escolares o celebraciones oficiales. No obstante, lo cierto es que la cultura es una de las grandes categorías que permiten explicar a la humanidad y su realidad.

Es verdad que algunas disciplinas que abarcan también, gran parte de la realidad y la experiencia humana como la política ayudan con proveer seguridad para que florezcan culturas y civilizaciones. De igual manera el derecho ordena su funcionamiento; sin embargo, ambos son, en última instancia, logros culturales.

Mucho antes de los Estados y las instituciones ya existían formas culturales: las pinturas rupestres, los templos megalíticos, los mitos, la música primitiva, el diálogo ritualizado. La cultura es, más bien, el intento constante de dar sentido al mundo y a nosotros mismos; por eso solo antagoniza con la biología, en la medida en que representa la superación simbólica de lo meramente natural.

El problema es que, con el paso del tiempo, esta dimensión vital de la cultura se ha ido estrechando hasta volverse un apéndice burocrático. Lo que nació como un impulso de libertad, de imaginación y de creación simbólica, hoy suele presentarse bajo formatos institucionales que la confunden con pedagogía, civismo o simple entretenimiento. Esa es la tragedia cultural de Sinaloa: un terreno que debería ser fértil en crítica y creación colectiva, se encuentrra absorbido por la lógica escolar y política que lo encapsula en programas, horarios, reglamentos y propaganda, hasta el punto de confundir cultura con currículo, arte con espectáculo escolar, y memoria con protocolo.

Cultura no es pedagogía: el Estado como aparato de domesticación estética

En Sinaloa, la cultura y la educación están institucionalmente fundidas bajo un mismo aparato: la Secretaría de Educación Pública y Cultura (SEPYC). Esta fusión, que en apariencia parece eficiente, ha producido en la práctica una de las formas más eficaces de domesticación cultural a través de la pedagogía estatal.

Conviene hacer aquí una distinción fundamental: la educación —en su versión institucional— y la cultura no son lo mismo, ni deberían confundirse, de hecho, la tendencia en otros estados es a descentralizar el quehacer cultural en una Secretaría de Cultura.

La educación escolarizada tiende al currículo, al orden, al canon, a la reproducción de valores. La cultura, en cambio, es libre, desbordante, crítica, autogestiva, impredecible. Es, en el mejor sentido, andragógica: orientada al aprendizaje vital y continuo, no al adoctrinamiento. Porque si bien los niños tienen su espacio de formación en las escuelas, ¿qué ocurre con los adultos que ya no pasan por las aulas? La cultura funciona como una educación abierta y comunitaria, donde el aprendizaje no se limita a la infancia, sino que se expande a lo largo de toda la vida. En ese sentido, incluso la educación institucional —en tanto que es otro logro cultural— no es más que una rama especializada de algo más amplio: el impulso por aprender, compartir y resignificar el mundo

Como promotor cultural, he vivido esta tensión de manera frontal. A diferencia del docente tradicional —encerrado en moldes burocráticos, normas de evaluación, lenguajes muertos—, el trabajo cultural auténtico no sigue un formato, no busca control, no responde a exámenes ni a supervisores. Se mueve por un deseo libre, por comunidad, por disidencia, por lenguaje.

Y sin embargo, en Sinaloa, la cultura ha sido tratada como una extensión decorativa de la pedagogía estatal, subordinada a los valores “correctos” que dictan los programas educativos oficiales: civismo y folklore domesticado. Todo lo demás es ruido. El rock, por poner un ejemplo de acervo cultural universal —en todas sus formas: punk, metal, alternativo, experimental— jamás tuvo cabida en los espacios oficiales de cultura escolar, salvo como anécdota o como algo que estaba bajo amenaza. Lo mismo ocurre con otras expresiones vivas: el hip hop con su denuncia callejera, el grafiti como escritura urbana, el performance político, el cómic independiente, la literatura marginal, el cine alternativo o el muralismo no institucionalizado. La verdadera cultura, la que sucede allá fuera, no tiene cabida si al poder le incomoda; porque lo que no puede domesticar, lo silencia o lo expulsa.

Paulo Freire advirtió esta trampa desde hace décadas. En La educación como práctica de la libertad denunció el carácter opresivo de lo que llamó “educación bancaria”, esa en la que el educador deposita contenidos en un sujeto pasivo. Para Freire, la verdadera cultura nace del diálogo, del encuentro crítico, de la praxis compartida. Y solo puede florecer si se le da autonomía frente al Estado y sus formatos.

En su visión, la cultura popular solo puede emanciparse cuando se reconoce a sí misma como espacio legítimo de producción de conocimiento, no como receptáculo de discursos ajenos. Lo que falta, entonces, no es más educación formal, sino espacios culturales auténticos donde se pueda pensar, crear y disentir sin supervisión ideológica.

En ese sentido, SEPYC, ISIC y demás órganos de cultura funcionan como fábricas de estéticas aceptables. Traducido: lo que debe sonar, lo que debe verse, lo que se nos dice que es ‘cultura’. Piénselo en simple: ¿quién en su sano juicio dejaría que el profesor de civismo organizara un concierto de punk o de death metal? Nadie. Y, sin embargo, esa es exactamente la lógica institucional: reducir la cultura a lo escolar, a la domesticación. Si por ellos fuera, todos estaríamos coreando el himno de las secundarias técnicas como si fuera el culmen de la belleza.

El resultado de esto, es lo que tenemos actualmente: un campo cultural estéril, burocráticamente colonizado, donde el arte vivo —el que incomoda, el que sangra, el que transforma— no tiene cabida porque no cabe en los formatos. La cultura, en tanto experiencia colectiva de sentido, ha sido reducida a “actividad extraescolar”. Y las expresiones contraculturales, por su carácter transgresor y no institucionalizable, fueron uno de los primeros en ser desechados

La educación pública tiene mucho que aprender de la cultura, no al revés. Pero para eso tendría que desaprender sus obsesiones por el orden, por la medida, por la disciplina. Tendría que dejar de ver al arte como una herramienta para enseñar valores y comenzar a verlo como lo que es: un medio para cuestionarlos. Eso, sencillamente, no es compatible con su actual lógica de funcionamiento.

Sobre el público y las audiencias culturales

Lo que falta es una estructura de formación simbólica: una cultura crítica.

La formación de públicos no es espontánea. Es un trabajo político. Requiere autocrítica, medios especializados, curaduría, memoria histórica, presencia académica: una visión estética que acompañe la creación artística con reflexión.

Sin eso, el arte alternativo se vuelve lo que es actualmente; algo invisible e insignificante para una audiencia que ha sido educada para consumir cultura como producto, no como experiencia estética o postura vital.

¿Cuándo va a tomar en serio la sociedad el arte local, si nunca nadie le enseñó que el arte se construye desde el riesgo, la incomodidad y la diferencia? Sencillo, cuando se acepte que este no es un tema económico, sino un tema ontológico.

Veamos ejempos como El rock. Los que lo han malentendido piensan que solo es un género, cuando en realidad es una familia ideológica y estética. A lo largo de su historia ha sido refugio y arma de múltiples posturas:

  • El punk como grito anarquista y anticapitalista.
  • El grunge como denuncia de la banalidad consumista y del vacío postmoderno.
  • El metal como confrontación simbólica con la religión, la moral tradicional y el orden estético.
  • El rock progresivo como exploración de la mente, el tiempo, el caos.
  • El death metal y el black metal como respuesta estética al horror real, a la guerra, al nihilismo.
  • El rock electrónico y alternativo como síntesis híbrida entre máquina y humanidad.

Lo que se trata de decir con esto, es que lo “cultural“ en su cúspide, cuestiona gobiernos, religiones, guerras, sistemas económicos, códigos en la sexualidad, estéticas dominantes y estructuras de poder.

Y en Sinaloa… apenas sobrevive como resistencia periférica. En el mejor de los casos, como una fogata en una isla o en el desierto.

La industria cultural y la muerte del símbolo

Lo que no pudo el Estado, lo logró el mercado. Cuando el rock ya no podía ser perseguido, fue integrado como moda. Woodstock fue gratuito; Vive Latino cuesta como diez mil pesos. El punk, que nació en callejones como grito de resistencia, hoy es branding, camiseta y accesorio de tiendas de ropa rápida. El hip hop, que fue denuncia y memoria de barrios enteros, decora zapatillas de lujo y anuncios de bebidas. El grafiti, antes escritura urbana clandestina, ahora adorna filtros de redes sociales y cafés de diseño. El muralismo crítico, el cine independiente, la danza experimental y el teatro que incomoda han sido domesticados, absorbidos por la lógica del espectáculo seguro.

El espíritu murió y solo quedó la mercancía vacía. Los nuevos artistas en Sinaloa crecen sin referentes de lucha, sin genealogía, sin memoria de resistencia. La música se escucha sin historia; el arte se contempla sin riesgo; la palabra se lee sin fuego. Aquí, los símbolos no ayudan a liberar: venden. La ciudad se vuelve escenario de un gran simulacro, donde todo lo que alguna vez fue rebeldía, libertad o cuestionamiento, se convierte en objeto inerte, en souvenir barato de una cultura domesticada.

En Sinaloa el arte apenas sobrevive como ceniza, en patios vacíos y talleres ocultos. La creación auténtica es periférica, invisible, incómoda. La cultura oficial es un molde: segura, predecible, aprobada. Lo que no encaja, lo que duele, lo que sangra, lo que enseña a cuestionar, se reprime y termina por irse.

La cultura no es un producto, no es entretenimiento ni propaganda. La cultura es memoria, transmisión, resistencia. Es el acto que nos recuerda que podemos ser otros, que podemos imaginar, que podemos luchar sin testimonio oficial, que podemos salir de la mera simulación y la ilusión de control, pues cuando el espíritu desaparece, lo que queda no es cultura: es un cadáver disfrazado de mercancía, un eco muerto que se compra y se olvida.

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