Por: Jonatan Azbat Carrillo
Nombrar bien es una forma de justicia.
Revista Espejo publicó una historia necesaria: la de una persona indígena muxe que vive con VIH. Historias así deben contarse. Deben leerse. Deben circular. Porque durante décadas las personas indígenas, las personas muxe y quienes vivimos con VIH hemos sido invisibilizadas, reducidas a estadísticas o, peor aún, narradas únicamente desde el prejuicio.
Sin embargo, cuando en esa narrativa se utiliza el término “vive con SIDA” como sinónimo de “vive con VIH”, no estamos ante un simple error técnico. Estamos ante una imprecisión que carga consigo décadas de estigma, miedo y desinformación.
Y eso importa.
El VIH —Virus de Inmunodeficiencia Humana— es el virus. El SIDA —Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida— es una etapa avanzada de la infección, que ocurre cuando el sistema inmunológico ha sido gravemente dañado y aparecen infecciones oportunistas. No todas las personas que viven con VIH desarrollan SIDA. De hecho, hoy, gracias a los tratamientos antirretrovirales, millones de personas en el mundo viven con VIH, mantienen una carga viral indetectable, no transmiten el virus por vía sexual (I=I) y tienen una esperanza de vida similar a la de la población general.
Esto no es una opinión. Es evidencia científica.
Entonces, ¿por qué seguimos leyendo titulares o textos que equiparan VIH con SIDA como si fueran lo mismo?
Porque el lenguaje arrastra inercias históricas. Porque durante los años más duros de la epidemia, cuando no existía tratamiento efectivo, el diagnóstico era prácticamente una sentencia de muerte. En ese contexto, VIH y SIDA parecían sinónimos inevitables. Pero estamos en 2026, no en 1986. La ciencia avanzó. Los tratamientos existen. La narrativa debe actualizarse.
Cuando un medio de comunicación escribe “vive con SIDA” para referirse a una persona que vive con VIH, refuerza la idea de enfermedad terminal. Refuerza el imaginario de fragilidad extrema. Refuerza el miedo social. Y el miedo es el terreno fértil del estigma.
El estigma no es abstracto. Tiene consecuencias reales.
El estigma provoca que personas eviten hacerse la prueba.
El estigma provoca que oculten su diagnóstico por miedo a perder el trabajo.
El estigma fractura familias.
El estigma alimenta violencia.
En estados como Sinaloa, donde los casos de VIH han ido en aumento y donde aún existen barreras para el acceso oportuno a diagnóstico y tratamiento, comunicar con precisión no es un detalle menor: es un acto de responsabilidad social.
Los medios no solo informan; también construyen imaginarios colectivos. Cuando un medio se equivoca en el uso de términos, no solo comete un error lingüístico: contribuye a mantener viva una narrativa asociada exclusivamente a muerte, decadencia y culpa.
Y no, vivir con VIH hoy no significa eso.
Vivir con VIH puede significar disciplina médica, sí. Puede significar tomar una pastilla diaria. Puede significar enfrentar prejuicios. Pero también puede significar amor, proyectos, maternidades y paternidades, arte, activismo, trabajo, comunidad. Puede significar una vida plena.
Reducirlo todo a “SIDA” borra esa complejidad y nos devuelve a un discurso que ya debería estar superado.
Corregir no es atacar.
Señalar no es cancelar.
Exigir precisión no es exagerar.
Es entender que las palabras tienen peso político. Que la salud pública se comunica con rigor. Que los derechos humanos se defienden también desde el lenguaje.
Además, cuando hablamos de una persona indígena muxe que vive con VIH, estamos frente a una intersección de identidades históricamente vulneradas. El mínimo acto de respeto es nombrar correctamente su condición de salud. No desde el sensacionalismo. No desde la tragedia automática. Sino desde la información precisa.
Porque el periodismo ético implica revisar, actualizar y aprender. Y porque la lucha contra el VIH no solo se libra en hospitales o consultorios: también se libra en titulares, en redacciones y en cómo decidimos contar las historias.
No es lo mismo vivir con VIH que vivir con SIDA.
No es un detalle semántico.
Es una diferencia médica, social y política.
Basta de reforzar estigmas: VIH no es lo mismo que SIDA
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