Diversidad Política | El género como construcción social

El género como construcción social

Por: Alejandro Castro

Hace poco leía la columna de mi amigo Ricardo González sobre lo complicado que se está volviendo ser hombre cisgénero heterosexual en estos días. Y más allá de que la columna tiene el punto de vista de un heterosexual, heteronormado, cisgénero, patriarcalista, coincido con él en varios aspectos. Vamos viendo.

Revisando las definiciones de género, no de sexo, de los antiguos chinos, griegos, romanos y egipcios, podemos partir de que el concepto de género no es nuevo ni es woke. La cultura muxe en Mesoamérica es otro referente de que la actual performatividad del género no es ancestral ni natural, sino que es parte de la estructura cultural de los pueblos y se ha movido en los extremos de la normalidad.

González cita en su columna a Judith Butler y hace referencia a la disolución del género como concepto único, terminado e indisoluble, y tiene razón: el concepto de género es fluctuante, está vivo, responde a los tiempos y los momentos. No es una catástrofe que las identidades cambien; no te asustes, Ricardo.

Butler publicó su libro El género en disputa en 1990. No fue la primera en escribir sobre géneros disidentes ni teoría queer, pero fue de las primeras voces que lo puso en conferencias, congresos y espacios públicos, con palabras sencillas y fáciles de entender para los que no estamos metidos en temas de identidad cultural o de género.

El libro de Butler se convirtió en un referente para los que no estaban metidos en temas académicos o políticos y solo estaban interesados en conocer los conceptos de los que ya se hablaba en la calle y que a veces era complicado entender en palabras llanas.

La interpretación y performatividad del género ha variado entre las culturas y las épocas. Butler nos explica que ha habido culturas donde las expresiones de género no son importantes, son cotidianas, son aceptadas y asumidas por la civilización donde están inmersas. Pero también puntualiza que esa performatividad se puede y, de hecho, se ha modificado dentro de la misma cultura al paso de los años o de acontecimientos relevantes.

Ejemplos en la historia hay muchos: las mujeres no usaban pantalones hasta empezado el siglo XX por ser considerados una prenda masculina; los hombres de las cortes europeas del Siglo de las Luces usaban maquillaje, pelucas y tacones como parte de su vestimenta de gala y para reuniones importantes; el azul era considerado un color femenino al estar relacionado con el manto de la Virgen María, su pureza y virginidad; mientras que el rosa, un rojo suave, era un color que reflejaba valentía y hombría, y era usado por los niños. El cabello largo era motivo de honra y bravura entre los apaches, y perder la cabellera en batalla significaba deshonra o incluso la muerte por escalpelamiento.

Y todos estos ejemplos nos sirven para entender que los valores que ahora entendemos como absolutos e inamovibles son, en realidad, un reflejo de nuestra realidad en el tiempo que vivimos, pero no significa que se mantendrán, que sean correctos o que sean absolutos.

La relevancia de la separación entre géneros femeninos y masculinos está muy ligada a nuestros orígenes y pautas religiosas que solo aceptan las dos variables y las definen como lineales, permanentes y en constante paralelo: siempre al frente, nunca se cruzan, nunca se acercan.

Butler plantea la hipótesis contraria: al ser un constructo social, es cada grupo cultural el que define su normalidad sexual y su normalidad de género. La nueva conceptualización de formas de expresión de género y de expresar amor ha sido debatida porque ponerle nombre significa existir y, según mi percepción, esos conceptos van a dejar de ser importantes cuando entendamos la fluidez del género y revisemos cómo se ha modificado en periodos muy cortos de tiempo dentro de nuestra propia historia.

Todos los cambios cuestan tiempo, pero también cuesta entendimiento. El cambio es la constante que nos rige y, para poder asimilar esos movimientos sociales y culturales, es importante nombrarlos, etiquetarlos, decirlos en voz alta.

Y una vez que entendamos esos cambios, se van a obviar los conceptos por redundantes; pero ahorita, hoy, es primordial que hagamos visibles esos movimientos, esas identidades, y nos digamos, nos mencionemos, nos definamos, aun cuando haya heterosexuales obtusos a los que les cueste entenderlo porque viven en su burbuja de comodidad.

Escríbanme, yo los leo.

FB: Alejandro Castro Osuna

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Alejandro Castro es originario de Mazatlán y parte de la generación millennial, estudió Turismo en la UdeO y más tarde una maestría en Ciencias Sociales en la UAS. Ha combinado la docencia universitaria con la investigación y la capacitación, además de desempeñarse en distintos espacios públicos: fue secretario técnico de la Junta de Coordinación Política en el Congreso de Sinaloa, secretario particular en la SEPyC y coordinador de proyectos estratégicos en su ciudad natal.

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