Por Edgar Adair Espinoza Robles
La libertad de expresión es uno de los pilares de cualquier democracia autĆ©ntica. Sin ella, el poder se vuelve autoritario y la crĆtica desaparece. Pero tambiĆ©n es cierto que ningĆŗn derecho puede convertirse en patente de corso para destruir deliberadamente la verdad, manipular a la sociedad o actuar como aparato permanente de desinformación disfrazado de periodismo. Ese es el debate de fondo que volvió a encenderse tras la polĆ©mica en torno a TV Azteca. Porque la discusión de si un medio puede confrontar al gobierno o emitir opiniones incómodas no tiene problema, el verdadero cuestionamiento es ĀæquĆ© ocurre cuando la mentira deja de ser un error aislado y se transforma en estrategia permanente de comunicación?
Existe una diferencia entre la crĆtica y la falsedad organizada. La crĆtica fortalece la vida pĆŗblica. Incluso la crĆtica dura obliga al poder a rendir cuentas. Pero cuando un medio difunde información manipulada, datos falsos o campaƱas permanentes de odio con fines polĆticos o económicos, abandona la legitimidad de ser un contrapeso democrĆ”tico y funciona como un actor de poder sin responsabilidad social.
Durante dĆ©cadas en MĆ©xico algunos grupos mediĆ”ticos gozaron de privilegios extraordinarios (concesiones pĆŗblicas, publicidad oficial multimillonaria, protección polĆtica y capacidad para moldear narrativas nacionales sin rendir cuentas). Muchos de esos mismos grupos hoy intentan colocarse en el papel de vĆctimas absolutas cada vez que la sociedad cuestiona sus prĆ”cticas, si se les responden automĆ”ticamente es a āun atentado contra la democraciaā.
Toda concesión de radio y televisión utiliza un bien pĆŗblico. Ese espacio pertenece a la nación y se entrega bajo criterios de interĆ©s pĆŗblico. Por ello resulta legĆtimo preguntarse si un medio que sistemĆ”ticamente desinforma, promueve campaƱas de odio o difunde contenidos falsos debe enfrentar consecuencias administrativas, civiles o regulatorias como el caso de la empresa de Salinas Pliego un oligarca acostumbrado a no pagar impuestos.
Aquà debe discutirse en serio porque si bien, un gobierno no puede ni debe decidir qué ideas son vÔlidas y mucho menos castigar opiniones incómodas tampoco puede asumirse como normal que corporaciones mediÔticas utilicen su enorme alcance para intoxicar con mentiras y odio deliberadamente el debate público sin enfrentar ningún tipo de responsabilidad ética o legal.
Las democracias modernas ya enfrentan este dilema. Ocurre en Europa con las discusiones sobre plataformas digitales, noticias falsas y responsabilidad algorĆtmica. TambiĆ©n sucede en Estados Unidos tras aƱos de polarización alimentada por ecosistemas enteros de desinformación que llevaron a los ultraconservadores al poder. MĆ©xico atraviesa un fenómeno similar, por el seudo periodismo prianista disfrazado de información objetiva.
El problema jamĆ”s serĆ” la existencia de voces crĆticas porque una democracia sana necesita libertad de expresión, pero tambiĆ©n ciudadanos informados. La desinformación organizada el daƱa a toda la sociedad, que termina atrapada entre propaganda, manipulación, mezquindad y odio permanente.
Por eso el debate consiste en encontrar mecanismos que protejan simultƔneamente dos valores esenciales como lo son la libertad y la verdad.
Ese es el gran reto de nuestro tiempo, impedir que, en nombre de la libertad, se calumnie impunemente y se envenene al pueblo de MƩxico.
Nota: mención aparte quienes localmente en portales disfrazados de periodistas tienen como āmodus vivendiā el denominado chayote para decir tal o cual cosa falsa sobre las personas sin recato alguno. Afortunadamente cada dĆa se les ignora mĆ”s por una sociedad despierta que advierte de sus verdaderas intenciones.








