Durante años, la violencia en México no solo ha sido tolerada: ha sido administrada, negociada, maquillada y, en muchos casos, celebrada. No apareció de la nada. No se instaló sola. Se permitió. Se solapó. Se convirtió en parte del paisaje.
En ciudades como Culiacán, el narcotráfico no es un rumor lejano: es una presencia histórica que ha moldeado dinámicas económicas, sociales y culturales. Cuando fue detenido Joaquín Guzmán Loera, ocurrió algo que debería habernos sacudido más de lo que lo hizo: hubo marchas para exigir su liberación. Personas salieron a las calles no para pedir justicia o paz, sino para defender a un capo.
Ese momento no fue una anécdota aislada. Fue un síntoma.
Un síntoma de cómo el sistema —político, económico y cultural— ha contribuido a romantizar al narcotraficante. De cómo el capitalismo salvaje convirtió al crimen organizado en aspiración social. El narco no solo vende droga: vende narrativa. Vende estatus. Vende poder. Vende la fantasía de movilidad social inmediata en un país donde millones saben que, por la vía legal, quizá nunca llegarán.
Mientras tanto, el Estado ha jugado a la ambigüedad. Combate por un lado y negocia por otro. Promete seguridad mientras comunidades enteras viven bajo pactos no escritos. Durante décadas, la relación entre poder político y crimen organizado no fue un secreto: fue un acuerdo tácito que permitió gobernabilidad a cambio de silencio.
Pero el silencio se rompió.
Hoy vemos un Culiacán que sí tiene miedo. Un miedo más visible, más cotidiano, menos romántico. Un miedo que ya no cabe en los corridos ni en las camionetas blindadas. Un miedo que se siente en los negocios que cierran temprano, en las madres que no duermen hasta que sus hijos llegan a casa, en el sonido de una motocicleta que acelera demasiado fuerte.
Y mientras tanto, en Guadalajara, el fuego recuerda que la violencia no es exclusiva de un territorio. Que el problema no es “de Sinaloa”. Que el país entero está atravesado por una estructura que convirtió al crimen en industria y a la violencia en lenguaje.
La narcocultura no nació sola. Se alimenta de desigualdad. De falta de oportunidades reales. De un sistema educativo debilitado. De empleos precarizados. De jóvenes que miran a su alrededor y ven que quien tiene dinero, poder y respeto no es el que estudió veinte años, sino el que aprendió a imponer miedo.
El capitalismo en su versión más cruda premia el resultado, no el método. Si lo único que importa es el dinero, no sorprende que muchos dejen de preguntarse cómo se obtiene. Cuando el éxito se mide en lujos visibles y no en ética, el narco se vuelve modelo aspiracional.
Pero romantizar la violencia tiene un costo. Y lo estamos pagando.
Porque cuando normalizamos al criminal como benefactor, cuando convertimos al capo en héroe popular, cuando justificamos diciendo “al menos ayudaba al pueblo”, debilitamos la exigencia de un Estado que garantice derechos sin sangre de por medio.
La pregunta no es solo por qué existe el narcotráfico. La pregunta es por qué durante tanto tiempo fue funcional para tantos.
Hoy el miedo ya no es un rumor lejano: es cotidiano. Y quizá ese miedo nos obliga a mirar de frente lo que durante años preferimos celebrar en canciones, series y discursos ambiguos.
No se trata de negar la complejidad. Se trata de asumir responsabilidad colectiva.
Porque un país que marcha por un capo no puede sorprenderse cuando la violencia termina gobernando sus calles.








