Por Cruz González Astorga
Durante décadas los estudiosos en materia educativa han teorizado de una u otra manera los factores que intervienen en el proceso de aprendizaje de las niñas, niños y jóvenes. Han desarrollado algunas actividades pedagógicas que les permite sacar conclusiones en temas como la lectura, la escritura, el pensamiento matemático, la expresión oral, el desenvolvimiento en actividades científicas, entre otras.
Sin embargo, de unos años a la fecha, lo que ha marcado tendencia en las escuelas es la inclinación a trabajar las emociones porque socialmente se dice que si no hay emociones equilibradas el interés de los alumnos por aprender lo escolar se estanca o no se logran los objetivos que se desean.
Sobre las emociones también se cuelgan los disertadores de superación personal, los modernos filósofos de los inmediato en las redes sociales y psicólogos, sobre este tema los programas educativos destinan buen tiempo en alcanzar la paz interna, identificar los problemas internos que impiden o constituyen barreras (como dice el argot de moda) en el desenvolvimiento de los alumnos.
Estas tendencias han desplazado el objetivo de la educación que es el aprendizaje, en las escuelas ya no se trata de adquirir técnicas que permitan tener acceso o interpretar un texto o al realidad natural y social, sino encontrarse con uno mismo.
Parecido a los foros religiosos, las concentraciones de AA, la paz interior es la meta; si las emociones están desestabilizadas, no hay disposición o humor para participar en la actividad, escribir una carta al amigo imaginario o resolver un problema matemático, por mencionar algunos casos.
El planteamiento de este texto no consiste en desaprobar si se hace una cosa u otra, sino el hecho de cambiar de interés en cada administración federal sin construir una base de donde parta el sistema educativo nacional.
En ese contexto de recoger o proponer tendencias pasajeras se circunscribe la polémica destitución de Marx Arriada como funcionario de la 4T en el rubro educativo. No es que los libros de textos constituyan la panacea de la transformación del país, tampoco que representen una avanzada en el conocimiento ante las nuevas realidades que enfrentan los países del tercer mundo.
Los libros de textos gratuitos son herramientas para que el docente aterrice los programas de estudio, la proyección de una administración en la formación de la ciudadanía.
La Nueva Escuela Mexicana y los libros de textos gratuitos impulsados por el ahora funcionario destituido, no transformaron la vida en las aulas, las escuelas y la sociedad. Se impusieron una serie de conceptos y modismos en una realidad que le repelía y donde, las decisiones sobre un espacio determinado (la escuela) siguen tomándose, pese a los libros, de manera jerárquica.
Enfoques alternativos como las del autor de la pedagogía del oprimido dieron resultados en una realidad concreta, y con un sentido de liberar la pedagogía y el quehacer docente de las trabas burocráticas y las decisiones políticas de los partidos y los líderes sindicales.
Imponerlo, respaldado por una narrativa de buenas intenciones, fue abruptamente rechazado hasta por los docentes que entienden estas diatribas como lo que son, modas sexenales.
Digámoslo de otra manera; desmontar las prácticas educativas del viejo programa y los vicios de la inercia pedagógica se dan desde la práctica, aferrarse a una narrativa de liberación sin liberar el control que existe sobre las escuelas trajo como consecuencia, no sólo el rechazo en buena medida en las aulas, también el despido de su gestor institucional.
Plantear que la polémica entre Arriaga y Delgado es por el protagonismo de la transformación de las escuelas resulta mera ingenuidad, son disputas políticas que nada tienen que ver con la educación como proceso de aprendizaje, sí como escenario político para ofertar en las siguientes elecciones.
En los espacios educativos no hay un debate teórico sobre que planteamientos epistémicos o filosóficos explica los múltiples problemas de los diversos contextos de aprendizaje en el país. En ese sentido lo dicho por Luis Hernández Navarro pone el dedo en la llaga: la Nueva Escuela Mexicana es una entelequia.
Una ficción encerrada en el discurso es lo que se ha manifestado en los años que van del gobierno de la 4T; como ficción de “primero los pobres”. Es alrededor de la ficción que se ha desarrollado toda una campaña ideológica donde las escuelas no han quedado al margen, son vitales en esta maquinaria propagandística, que no es otra cosa que darle la espalda a la realidad.
¿En qué pensamientos se sustenta la NEM? Lo que llaman humanismo mexicano es un eufemismo, no hay humanismo mexicano porque no existe; hay una revoltura de ideas, no pocas veces contradictorias entre sí, amalgamadas para proclamarlas como la filosofía del humanismo mexicano.
La NEM en su imbricado sustento filosófico (por cierto, a qué filósofos mexicanos alude), una continuidad con la forma de sustentar en los programas de las administraciones anteriores.
El concepto de comunidad y lo que implica, sobre todo en lo correspondiente a la toma de decisiones, no tiene nada que ver con las imposiciones en las escuelas que llaman comunidad de aprendizaje.
El pensamiento crítico, tan cacareado por todos lados, es un adorno conceptual cuando no tiene implicaciones prácticas, es decir, si no destruye las prácticas, vicios e inercias educativas, si no modifica la relación educativa entre los alumnos y maestros.
Volvemos al punto de partida, si las escuelas ya no son los espacios de aprendizajes que orientaran el desarrollo intelectual de los alumnos, pero siguen siendo escenarios de control político (morenistas o sindicalistas), ¿cuál es su aporte en la construcción de conocimiento social?, ¿cómo influye culturalmente a la sociedad donde se encuentra adherida y a la cual pertenece?
Las promesas de AMLO de transformar la educación, terminó por afianzar lazos con el sindicalismo rancio, en ese sentido la 4T resultó más conservadora que Peña Nieto y Calderón. En este juego de poderes por decidir el rumbo, no de la educación que como ya se dijo fue desplazada a un segundo plano, sino de los maestros agremiados en el sindicato para canjearse en cada periodo electoral.
La narrativa de democratizar lo que no puede democratizarse (lo intentaron con el PRI, y ya se sabe lo que resultó). En la vida institucional no es posible la construcción democrática de ningún escenario, mucho menos el educativo, porque la democracia no es qué grupo está o estará al frente en la representación de los derechos de las maestras y maestros, sino una relación de poder, donde no hay o no debería existir el poder.
En los docentes no hay una cultura democrática, sí del acarreo, la grilla y la bulla, como se ve en las Secciones 27 y 53, pero no de decidir colectivamente el qué, cómo y dónde de sus derechos, así como de los procesos de aprendizaje.
Entre la forma de vida institucional y la delincuencia organizada hay una relación directa; ambas operan aspirando al control territorial para del desarrollo de las actividades.
La delincuencia organizada impone su legitimidad mediante el uso de la violencia, incluso sobre las fuerzas oficiales. En cambio, lo que disputan los grupos sindicales (y sus múltiples aspirantes con máscaras femeninas o masculinas) es el control de escuelas, zonas, sectores y regiones y que operen, como de por sí operan, para su beneficio político.
Las secciones 27 y 53 tienen secuestrados los espacios, continúan la compraventa de conciencias. Tan sólo en Escuinapa, pero no sólo, la nueva reforma educativa no tocó un pétalo de los usos y costumbres del sindicato en relación con las escuelas y docentes.
Los intereses políticos, sobre todo económicos, está muy por encima de los derechos de la niñez de acceso a la escuela y de aprendizaje. Este contexto en específico (superestructura educativa) es que el ningún plan y programa de estudios permearán, por eso la disputa de si los libros de textos gratuitos son la panacea del conocimiento y lo que el país necesita resulta ociosa.
Como en “la fiesta” de Joan Manuel Serrat “el noble y el villano bailan y se dan la mano sin importarles la facha” es acertada como metáfora de la vida institucional: la lucha por la democracia sindical (con la misma lógica y pensamiento) llevará a repetir los vicios señalados en el documento, ya sucedió con Morena en el poder, quién puede objetar que no sucederá con otros grupos que apelan solamente al término oposición, democracia, tiempo de las mujeres o “son los mismos”.
En plana fiesta electoral tanto sindicalistas como oposición proclamarán al mismo candidato o candidata “sin importarles la facha”, todos en aras de la democracia sindical y la transformación educativa.
¿Qué queda por hacer? Analizar críticamente la realidad, y el ser docente en esa realidad, priorizar la ética por encima del interés personal; construir escenarios donde el centro esté el aprendizaje de las niñas, niños y adolescentes; los derechos laborales de los docentes, y un órgano por hacer valer esos derechos mediante la toma de decisiones colectivas.
Espacios contra el poder, porque la democratización de la educación, así como su transformación pasarán por esa lucha contra el poder oficial en todas sus líneas y dimensiones.








