La crisis cultural en Sinaloa

Por Cruz González Astorga

“¡Cultura y fortuna, ahí tiene al burgués! ¡Ahí tiene usted los fundamentos de la República liberal universal!” Thomas Mann

Por fin estalló la bomba (es sarcasmo), la crisis de violencia que azota dramáticamente a Sinaloa se expresa también en el plano de la cultura, aunque se alerte de momento en el plano mediático, dentro de la esfera institucional, ahí donde la “progre” del activismo y la cultura confluyen para exigirle al Estado lo que de por sí está impedido por los despojos que implican los recursos públicos como para invertir en el ámbito cultural y educativo: en el Tercer Mundo las sobras que se reparten no sólo consisten en despensas, no me imagino en Francia repartiendo bolsas de despensas con la estampas de los candidatos para tranquilizar a la ciudadanía, también sobras en la cultura; teatros con montajes vulgares al gusto de los tiempos que corren, novelas que le hacen el caldo de cultivo al narco y bibliotecas vacías.

La crisis se viene presentando desde hace muchos años cada vez con mayor agudeza, la violencia y corrupción de la mano del régimen democrático y burgués se asoma también en la cultura sinaloense como onda expansiva del plan de ajuste de la austeridad republicana, y como consecuencia el abandono en el sector cultural y educativo.

El conflicto sobre la reubicación de la biblioteca pública “Dr. Raúl Cervantes Ahumada” en Guasave, es uno de los muchos problemas suscitados por las políticas públicas federales, no es la única, sí de las más sonadas.

Si el problema es la reubicación de la biblioteca, vale la pena preguntarse si una decisión u otra aporta un mejor panorama en cuanto asistencia al espacio, hay una discusión del inmueble, pero no del servicio que ofrece y los beneficios culturales del mismo.

Entramos al centro de la discusión, donde ni los activistas defensores ni oficialistas impulsores del traslado han abordado, ¿qué papel juega la biblioteca pública como espacio de lectura y formación de lectores en la sociedad de nuestro tiempo? Veámoslo en términos prácticos y no abstractos, ¿cuántas personas asisten diariamente a esos espacios a leer?

Quienes fuimos formados con los libros, porque era lo que había, nos inculcaron que el conocimiento de los pueblos estaba depositado en esa herramienta cultural indispensable, masificada a partir del invento de la imprenta por Gutenberg.

El libro se convirtió en el vehículo principal para comunicar ideas, investigaciones científicas, sentimientos, sistemas filosóficos, costumbres y modismos de los pueblos a través de la escritura, viendo necesario la construcción de bibliotecas donde se concentran esos saberes populares y conocimientos de los muchos mundos al alcance de los interesados.

Con el surgimiento de nuevos elementos tecnológicos como la radio y la televisión, no puso en predicamento la funcionalidad de la biblioteca y el acceso a los libros, sino que la modificó; se abrieron espacios en los medios de comunicación para hablar de libros y autores, en la radio se contaban historias que el radioescucha se imaginaba en su mente construyendo el posible desenlace.

En ningún momento el avance tecnológico ha reducido la biblioteca pública en un desierto donde sólo se escucha la escoba de quien hace la limpieza, ha obligado, eso sí, a hacer ajustes, modernizarla de acuerdo a los cambios suscitados en la sociedad.

El cine ha sido favorecido con los contenidos de los libros para deleite del espectador; los dispositivos móviles son otros vehículos donde se pueden encontrar contenidos relacionados con los libros, sea en formato de podcast, secuencia de imágenes, pequeños textos y mangas; la tecnología se alimenta de los mundos que existen en los libros, aunque los bibliotecarios no se hayan dado cuenta de eso.

Con el desarrollo tecnológico en las comunicaciones, lo que habría de plantearse no es si el espacio donde se ubica una biblioteca debe mantenerse o reubicarse, sino la funcionalidad de la misma, en otras palabras, si la biblioteca es visitada para practicar la lectura, así como las lecturas que ofrece.

El problema del olvido en las bibliotecas tiene que ver con los tiempos que vivimos; las dinámicas implementadas son obsoletas, donde el personal, por lo común, es gente que entró a trabajar por las inercias del régimen en nuestro país; el compadrazgo, la influencia política y los compromisos que se asumen en las campañas políticas. Pocos casos, lo hay, donde el personal que atiende las bibliotecas ofrece información sobre los materiales que se tienen, posee un bagaje cultural relacionados con los autores, editoriales, publicaciones y contenidos, vaya pues, conoce su centro de trabajo como el carpintero las herramientas que posee para hacer un mueble.

Al igual que las escuelas, las bibliotecas no saben cómo adaptarse a los nuevos tiempos y necesidades de la población, pero tampoco lo intentan.

Es del todo válido la lucha que la ciudadanía, activistas y promotores de la cultura realizan para mantener la biblioteca de Guasave en su lugar, máxime si representa un referente histórico. Sea que se mantiene o se reubica, eso ya corresponde decidir a la ciudadanía de ese municipio junto con sus autoridades.

Al margen de la decisión, se deja de lado el abandono institucional de un gobierno que le apuesta a la militarización del país, en lugar de apostarle a invertir en cultura; en llevar los libros a las colonias y barrios para formar lectores, discusiones y proyectos populares.

No nos perdamos, ¿qué valores culturales ofrece a la comunidad la biblioteca pública? Románticamente, es decir, quienes nos formamos en este tipo de espacios, lo hacíamos por las carencias de libros en el hogar, en ella encontrábamos lo que no había en casa, un lugar donde se pudiera leer con toda tranquilidad.

Que las bibliotecas son espacios culturales nadie lo puede negar, pero que sus visitas son mínimas también es otra realidad. ¿Por qué ya no se lee en bibliotecas públicas? La respuesta es sencilla, la sociedad ha cambiado, y el cambio en las bibliotecas públicas no se ha dado todavía. Hay un desfase en la operatividad de estos espacios convertidos en santuarios del aburrimiento.

No es que la niñez y adolescencia no lean, leen, pero cosas distintas a las que ofrecen tanto las escuelas como las bibliotecas. No quiere decir que el libro como hecho cultural vaya a desaparecer, aunque se venda menos y la prensa reduzca su tiraje, ahora el libro como la prensa se pueden leer en un celular o computadora.

A nuevos tiempos, renovación de los espacios, o si se quiere, construcción de nuevos espacios. El debate sigue siendo ese, ¿qué ofrece la biblioteca a los lectores que prefieren leer en dispositivos móviles desde la comodidad de la casa, a trasladarse a otro lugar que parece casa de espanto? Actualmente no ofrece algo mejor.

Imaginemos un niño imperativo o autista en una biblioteca, que más tarda en sentarse que en ponerse de pie, o gesticula o levanta la voz, no es posible su aceptación en una biblioteca porque fueron diseñadas para asumir ciertos comportamientos, es obvio imaginarse personas que interactúan con libros en un ambiente de silencio, y éstas pertenecientes a un sector social privilegiado; burgués, como exponía Thomas Mann en La Montaña Mágica.

Todas las restricciones y limitaciones de una biblioteca se deberían replantear para ampliar la cobertura y oportunidades, diversificar el servicio para que las múltiples características de una sociedad puedan encontrar su lugar, entre ellas la tecnología como columna vertebral de los lectores.

Llegados a este punto nos topamos con dos serios problemas; el presupuesto destinado a los espacios culturales, y la formación de las y los bibliotecarios. Sin estos factores el futuro de las bibliotecas públicas quedará reducido al silencio y abandono, o como sucedió con la biblioteca del ISIC de Culiacán hace algunos años, al Casino de la Cultura.

Podemos ser maliciosos y suponer que quizá ese es el objetivo de las administraciones federales, reducir el nivel educativo y cultural de la ciudadanía para evitar la crítica de la agenda económica que pretende provocar un daño ecológico en Topolobampo e impulsar el fracking (extracción de gas y petróleo de yacimientos no convencionales a gran profundidad) para beneficio de las compañías saqueadoras de los recursos en cada país. No lo sé, es una disposición, maliciosa, por cierto.  

El debate no se limita a lo expuesto, sin embargo, es importante no perder el punto fundamental; el objetivo de una biblioteca es hacerse de usuarios de los libros, es decir, que a ella se vaya a leer, si no es así, habría que implementar programas para buscar esos posibles lectores, sin dejar de lado la incorporación tecnológica, ¿de qué manera? Eso corresponde a otro análisis y debate, de donde sin duda surgirán propuestas interesantes, no sólo de personas lectoras, también de quienes son usuarios de textos desde la red.

El desarrollo tecnológico debería entenderse, no como una maldición que destina a la hoguera del olvido a los libros, sino como una oportunidad de modificar los usos de la lectura en los espacios públicos. El problema no es si trasladar una biblioteca de un lugar a otro, sino atraer personas que la visiten para leer, el reto no es menor, convencer a una población que encuentra buena parte del contenido de las bibliotecas en un dispositivo móvil y que destina muchas horas interactuando con él desde el hogar.

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