Por Rita Tirado Lopez
Llevo dos semanas sin escribir. En ese tiempo me he descubierto sintiendo algo que conozco demasiado bien: culpa por no producir. Y mientras observaba cómo el desempleo y la precariedad atraviesan mi vida y la de muchas personas en Sinaloa, no pude evitar volver a una pregunta tan vieja como cruel: ¿cuánto tienes, cuánto vales?
Últimamente me he confrontado con esa sensación de sentirme inútil cuando no estoy produciendo algo. Como si mi valor dependiera de mi capacidad de crear, trabajar, organizar, cuidar, escribir, acompañar o sostener algo más allá de mí. Y mientras más pensaba en eso, más evidente se hacía está pregunta incómoda: ¿por qué nos sentimos así?
Vivimos en un sistema que no sólo nos explota hasta el cansancio sino también nos enseña a medir nuestro valor a partir de lo que producimos. Nos convence de que descansar es fracasar, de que detenernos es desperdiciar el tiempo y de que existir sin producir es, de alguna manera, no merecer existir plenamente.
En un mundo mínimamente justo, quienes producen y sostienen la vida tendrían garantizadas condiciones materiales dignas: vivienda, alimentación, salud, tiempo libre y descanso. Pero lamentablemente el capitalismo nunca ha funcionado así.
La paradoja es brutal: la fuerza de trabajo sostiene al capital, pero la vida de quienes trabajan nunca ha sido el centro del sistema. Lo único que importa es la acumulación. Y aun así, seguimos creyendo que si trabajamos más, si nos esforzamos más, si producimos más, algún día seremos recompensadxs.
Llevo dos años desempleada. Cada que digo esa frase una extraña sensación me invade, porque, en realidad, trabajo todo el tiempo. Trabajo cuidando, escribiendo, estudiando, organizando actividades comunitarias, haciendo activismo, gestionando proyectos autogestivos, criando, acompañando a víctimas y sobrevivientes de violencia.
Pero ninguna de esas actividades aparece en las estadísticas del empleo formal. Ninguna genera seguridad social, ni cotiza para una pensión, ni me convierte, a ojos del mercado, en una persona productiva. Y sé que no soy la única.
En Sinaloa, la crisis laboral se ha profundizado durante los últimos años. Entre marzo de 2023 y marzo de 2026, el estado perdió más de 24 mil empleos formales y actualmente enfrenta una población desempleada superior a las 36 mil personas (El Sol de Sinaloa, 2026). Además, durante el primer trimestre de 2026, Sinaloa se ubicó entre las entidades con peor desempeño laboral del país, registrando una caída sostenida del empleo formal y un deterioro económico asociado, entre otros factores, al contexto de violencia e incertidumbre que atraviesa el estado (Noroeste, 2026; MVS Noticias, 2026).
Pero incluso esos datos cuentan una historia incompleta. Porque el desempleo no siempre se parece a la ausencia absoluta de trabajo. A veces se parece a trabajar todo el día sin recibir salario, a sostener redes de cuidados, a vender productos por internet, a trabajar por proyectos, o simplemente a sobrevivir en la informalidad.
A veces se parece a dedicar tu tiempo a actividades que sostienen la vida, pero que el mercado decidió no reconocer como trabajo. Y entonces aparece la culpa, la sensación de no estar haciendo suficiente, esa angustia de no producir, pero esa vergüenza de no poder demostrar nuestra utilidad social mediante un recibo de nómina.
Hace unos días me di cuenta de que muchas de mis amistades están atravesando exactamente lo mismo. Personas altamente capacitadas, con experiencia, con estudios, incluso con contactos, pero trabajando jornadas interminables para sostener proyectos propios o empleos precarios, mientras sienten que no han logrado nada porque el sistema no reconoce aquello que hacen.
Pero esto no es una falla individual o casos aislados. Tiene causas estructurales. La violencia que atraviesa Sinaloa ha impactado directamente la economía, el empleo y las posibilidades materiales de construir proyectos de vida estables. Empresas han cerrado, inversiones se han retirado y miles de personas han sido empujadas hacia la precarización y la informalidad (MVS Noticias, 2026).
Hace unos días leí el texto El desempleo como forma de enriquecimiento capitalista, de Marta Mouzo, y encontré una idea que no he podido dejar de pensar: el desempleo no es un accidente ni una falla del capitalismo, sino una condición necesaria para su funcionamiento. La existencia permanente de personas desempleadas o precarizadas permite disciplinar a quienes sí tienen empleo, abaratar la fuerza de trabajo y sostener un sistema basado en la competencia y el miedo a la exclusión (Mouzo, 2013).
Terminé de leer ese texto y me sentí profundamente interpelada.
¿Cuánto tienes?, ¿Cuánto produces?, ¿Cuánto vales?
Porque quizá una de las violencias más eficaces del capitalismo es hacernos creer que nuestra dignidad depende de nuestra productividad. Que si no producimos, no valemos. Que si no acumulamos, fracasamos. Que si no podemos demostrar nuestra utilidad económica, merecemos sentir vergüenza.
Y quizá por eso la pregunta que tantas veces escuchamos resulta tan cruel: ¿Cuánto tienes?, ¿Cuánto produces?, ¿Cuánto vales? Porque si aceptamos esa lógica, entonces millones de personas que sostienen la vida todos los días no valdrían nada.
No valdrían las madres autónomas, no valdrían las personas cuidadoras, no valdrían quienes acompañamos procesos comunitarios, no valdrían quienes sobrevivimos en la informalidad o quienes han sido expulsadas del mercado laboral.
Pero quizá la pregunta correcta no es cuánto tenemos, sino por qué aceptamos un sistema que insiste en medir nuestra dignidad en términos de productividad.
Y si estás leyendo esto mientras atraviesas el desempleo, la precariedad o esa sensación persistente de no estar haciendo suficiente, quiero decirte algo que también intento recordarme todos los días:
No eres menos valiosx por no tener empleo formal.
No eres menos valiosx por estar cansadx.
No eres menos valiosx porque el sistema no sepa reconocer el trabajo que sostiene tu vida y la de otras personas.
Porque habitando la periferia entendemos que nuestro valor nunca ha dependido de cuánto producimos, sino de nuestra capacidad de sostener la vida, construir comunidad y seguir existiendo incluso cuando el mundo insiste en convencernos de lo contrario.
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Rita Tirado Lopez (Elle, ella, él). Sociólogue y defensore de DDHH en Sinaloa; escribe desde la periferia sobre violencia, comunidad y resistencias.
Desde los márgenes también se piensa el mundo.
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