Habitando la periferia | ¿Cómo estamos criando en Sinaloa?

Cómo estamos criando en Sinaloa

Por Rita Tirado Lopez

Hace unos días tuve mi primer taller de mejora de anteproyecto para la maestría a la que estoy postulando. Para poder asistir tuve que resolver primero algo mucho más cotidiano y urgente: quién cuidaría de mi hijo. ¿Cómo estamos criando en Sinaloa?

No tenemos una red familiar que pueda hacerse cargo de él. Dejarlo con vecinas me provoca miedo y ansiedad, así que acudí al padre, pero igual que siempre, estaba muy ocupado y no pudo.

Una amiga salió al rescate. Cuidó de mi bebé afuera de las instalaciones de la facultad mientras yo estaba en clase. Pero no solamente lo cuidó ella: también lo cuidó una amiga suya y algunas trabajadoras administrativas de la universidad, porque ellas también estaban participando en otro taller.

Y entonces me atravesó una pregunta que desde hace días no dejo de pensar: ¿Cómo estamos criando en Sinaloa? Porque hablar de crianza también es hablar de territorio, de clase, de violencia, de abandono estatal y de las redes afectivas que construimos para sobrevivir.

Sinaloa es un territorio atravesado por la narcoviolencia, por la precarización de la vida y por un Estado que romantiza constantemente la familia mientras abandona sistemáticamente el cuidado. Un Estado donde miles de familias sobreviven fuera del modelo tradicional: familias monoparentales, monomarentales, familias extendidas, comunitarias y también familias como la mía: una persona trans no binarie y una niñez.

Hablar de crianza implica también reconocer otras formas de cuidar y acompañar fuera de la lógica tradicional de madre-padre-hijxLas xaternidades —personas trans o no binaries que ejercen cuidados y crianza— disputamos la idea de quién puede criar y cómo se construye familia.

Porque criar no siempre se parece a las imágenes idealizadas de la familia nuclear. Muchas veces criar significa improvisar redes, pedir ayuda, sostenerse de las amistades, repartir cuidados y sobrevivir al cansancio.

Cuando regresamos a casa ese día decidimos tomar el transporte público. El camión cuesta 15 pesos y el Didi 30. En teoría parecía una decisión económica, pero en realidad el servicio es tan terrible que terminé cuestionándome si había sido buena idea. El camión iba desbordado de gente. Era casi imposible bajar con un bebé en brazos.

Mientras avanzábamos por la ciudad pensé en la posibilidad de que ocurriera una balacera, como aquella que el año pasado dejó a un menor de edad asesinado dentro del transporte público en Mazatlán. Y entonces me descubrí pensando algo profundamente doloroso: tengo que encontrar una manera de enseñarle a mi bebé a tirarse al suelo si un tiroteo ocurre cerca.

¿Cómo le enseñas eso a una niñez de un año y nueve meses?

Jugando. Jugando a que nos caemos, jugando a que somos gusanos.

Porque mi hijo va conmigo a todos lados: a la sierra con las brigadas, a entregar ayuda humanitaria, a la universidad, al trabajo y a reuniones. Y aunque intento construirle una vida distinta, la violencia de este territorio siempre termina apareciendo como posibilidad.

Yo decidí ejercer la crianza de manera autónoma incluso antes de embarazarme. Sabía que, si algún día tenía hijxs, probablemente tendría que hacerlo así. Y no, esto no significa que todas las paternidades sean ausentes. Pero las estadísticas muestran una realidad estructural que no puede ignorarse.

Según datos de la H. Cámara de Diputados, en 1976 uno de cada siete hogares en México estaba encabezado por una mujer; para 2005 la cifra había aumentado a casi uno de cada cuatro hogares. Más recientemente, el Censo de Población y Vivienda 2020 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía informó que en 33 de cada 100 hogares las mujeres son reconocidas como jefas de familia, lo que representa más de 11 millones de hogares en el país.

Y aunque muchas veces estas cifras son presentadas como indicadores de autonomía femenina, también nos obligan a preguntarnos algo más incómodo: ¿cuántos de esos hogares existen en medio de paternidades ausentes, abandono económico, sobrecarga emocional y trabajos de cuidado sostenidos únicamente por mujeres y redes comunitarias feminizadas?

Y en muchos casos ni siquiera existe esa “red familiar” que suele romantizarse cuando se habla de crianza. No siempre está la abuela, el abuelo, la tía o alguien dispuesto a cuidar de tus hijxs. Ese es mi caso. Por eso me sostengo de mis amistades, de mi colectiva y de personas conscientes y empáticas que aparecen en el camino para ayudarme a cuidar. Y quizá eso también sea una forma de familia.

Desde que mi hijo comenzó a caminar me di cuenta de otra realidad: ni las personas ni los espacios están adaptados para las niñeces. La mayoría de los lugares son hostiles para ellxs. Hay molestia cuando lloran, cuando hacen ruido, cuando corren, cuando ocupan espacio, cuando simplemente son niñxs.

Vivimos en una sociedad profundamente adultocéntricaque espera que las niñeces se adapten al ritmo de productividad y cansancio del mundo adulto, incluso cuando apenas están descubriendo cómo habitarlo.

Y pensar este fenómeno de manera social implica entender que el capitalismo necesita cuidados para seguir funcionando, pero al mismo tiempo invisibiliza y precariza a quienes cuidan. Se habla de maternidades autónomas, “mamás luchonas”, “mamás 4×4”, mientras se abandona a las personas cuidadoras; se romantiza la familia mientras sedestruyen las condiciones materiales necesarias para sostener la vida.

Porque hay que decirlo, quienes criamos no solamente nos dedicamos a los cuidados. También sobrevivimos a trabajos precarizados que rara vez se adaptan a las rutinas y necesidades de nuestrxs hijxs. Jornadas extensas, salarios insuficientes, transporte deficiente y empleos sin seguridad social forman parte de la vida cotidiana de muchísimas personas cuidadoras en Sinaloa.

Las guarderías gratuitas ya no son accesibles, solamente pueden acceder quienes cuentan con trabajos formales y prestaciones. Pero incluso los trabajos con seguridad social rara vez están pensados para las temporalidades reales de las niñeces y de quienes cuidan.

Sin red familiar.

Sin trabajos dignos.

Sin acceso garantizado a seguridad social o guarderías gratuitas.

Con rentas cada vez más altas por la especulación inmobiliaria.

Y en medio de un entorno atravesado por la narcoviolencia.

Así es como muchas personas estamos criando en Sinaloa.

Por eso cada vez estoy más convencidx de algo: la crianza no debería ser una responsabilidad individual. Es una responsabilidad colectiva. Incluso si nunca has querido tener hijxs. Incluso si no te gustan las niñeces. Incluso si hace muchos años que no convives con una. Las niñeces nunca son responsables de las violencias del mundo que les heredamos.

Y quizá una sociedad se define también por la forma en que trata a quienes todavía están aprendiendo a habitarla.

Porque habitando la periferia entendemos que criar también es resistir: sostener la vida en medio del conflicto, construir comunidad donde el Estado abandona y defender la ternura en territorios que constantemente intentan arrebatárnosla.

¿Cómo estamos criando en Sinaloa?

+++

Rita Tirado Lopez (Elle, ella, él). Sociólogue y defensore de DDHH en Sinaloa; escribe desde la periferia sobre violencia, comunidad y resistencias.

Desde los márgenes también se piensa el mundo.

+++

Aviso de responsabilidad:
Las opiniones expresadas en esta columna son exclusiva responsabilidad de quien las firma y no necesariamente reflejan la postura editorial de este medio.

(Visited 1 times, 1 visits today)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Close
Únete al
Canal