La generación que ya no sabe aburrirse

Por Edgar Adair Espinoza Robles

Hay temas que uno puede mirar desde la política, otros desde la academia y algunos desde la experiencia cotidiana. Este, particularmente, me toca desde tres espacios que forman parte de mi vida: como académico, como padre de familia y como servidor público.

La presidenta Claudia Sheinbaum ha abierto una discusión nacional sobre el impacto que tienen las redes sociales y las plataformas digitales en niñas, niños y adolescentes. Ha puesto sobre la mesa asuntos como el scroll infinito, las horas que pueden pasar frente a una pantalla y la necesidad de construir una regulación que proteja a las nuevas generaciones. Conviene precisar algo, hasta ahora no estamos ante una iniciativa terminada con reglas definitivas, sino ante un proceso de foros y discusión para construir una propuesta que posteriormente sería enviada al Congreso.

Y creo que vale la pena discutirlo sin prejuicios. Para evitar reducir el debate a dos extremos entre quienes dirán que cualquier regulación constituye censura y quienes pensarán que basta con aprobar una ley para resolver el problema. Ni una cosa ni la otra, el problema es bastante más profundo. Claro que es difícil entrarle, pero hay que entrarle.

Considero que los profesores a todos los niveles, les resulta más que evidente que se compite por la atención de la juventud contra algo extraordinariamente poderoso: el algoritmo.

Un profesor intenta mantener durante una hora la atención de un grupo mientras del otro lado existe una industria multimillonaria dedicada precisamente a capturar esa atención. Videos de segundos, estímulos permanentes, notificaciones, recompensas inmediatas y un contenido nuevo con apenas deslizar un dedo.

¿Cómo convencer a un adolescente de leer veinte páginas cuando su cerebro se ha acostumbrado a recibir un estímulo diferente cada quince segundos?

Ese es uno de los grandes desafíos educativos de nuestro tiempo. La propia discusión convocada por el Gobierno federal parte de una realidad contundente, más del 90% de los adolescentes mexicanos utiliza internet, y el debate planteado incluye los posibles efectos del uso excesivo de las plataformas sobre aislamiento, angustia, depresión y conductas adictivas.

Pero hay otra perspectiva que me preocupa todavía más. La de padre. Los adultos solemos señalar a los jóvenes por estar pegados al teléfono, aunque quizá deberíamos comenzar observándonos nosotros mismos, somos adictos también.

Comemos mirando una pantalla, conversamos mientras contestamos mensajes, vemos una película con el celular en la mano,
nos despertamos y buscamos el teléfono antes incluso de levantarnos. Y después nos sorprende que nuestros hijos hagan exactamente lo mismo.

Hay una contradicción enorme en exigirles que abandonen el celular mientras nosotros somos incapaces de dejarlo sobre la mesa.

Por eso la solución no puede descansar exclusivamente en el Estado ni en las escuelas. La familia tiene una responsabilidad que ninguna ley puede sustituir. De hecho, las recomendaciones oficiales sobre protección digital insisten en que el acceso durante la infancia debe ser gradual y acompañado, combinando herramientas de control parental con comunicación y confianza. Que debemos hablar de la higiene del sueño retirando para dormir a nuestros hijos con un horario cualquier estimulo y si, adivinaron lo primero es el celular.

Pero tampoco podemos caer en la ingenuidad de pensar que todo depende de la fuerza de voluntad. El scroll infinito no apareció por accidente. Está diseñado para que continuemos mirando. Cuando terminamos un video aparece otro. Cuando terminamos ese, otro más. No existe una página final. No existe aquel momento natural en que cerrábamos un periódico, terminábamos un capítulo o acabábamos una película. Nunca se termina.

Y tal vez allí está el verdadero problema. Estamos formando generaciones que difícilmente experimentan algo que durante siglos fue fundamental para el desarrollo humano y la creatividad, el aburrimiento.

Aburrirse es BUENO, porque sirve para imaginar. Sirve para querer salir a jugar futbol, inventar historias, dibujar, leer cualquier cosa que apareciera por casa, conversar con los amigos o simplemente quedarse pensando sobre nuestras emociones.Hoy cualquier segundo de silencio puede llenarse inmediatamente con una pantalla.

Como servidor público, considero que el Estado sí tiene una responsabilidad frente a este fenómeno. Si sabemos que existen tecnologías diseñadas para maximizar el tiempo de permanencia de menores de edad, entonces resulta legítimo discutir límites, mecanismos de protección, edades apropiadas y obligaciones para las plataformas.

Pero esa regulación deberá construirse con enorme cuidado. Proteger a nuestros hijos nunca debe convertirse en el pretexto para limitar la libertad de expresión de los adultos, controlar opiniones o restringir el acceso legítimo a la información.

La propia presidenta ha señalado que la intención es construir el planteamiento con madres, padres, docentes y especialistas y que no se trata de “prohibir por prohibir”. Esa apertura es importante precisamente porque estamos hablando de derechos, tecnología, educación y libertades al mismo tiempo.

Regular tampoco significa satanizar la tecnología,  gracias al Internet se democratizó el conocimiento, las redes acercaron personas. Un teléfono contiene hoy una biblioteca que hubiera sido inimaginable hace treinta años (la revolución de Encarta en los 2000 se quedó chiquita con la actualidad). La inteligencia artificial está transformando buena parte de nuestra educación y de nuestro trabajo, véase como ejemplo el examen de admisión en la UNAM, los trabajos o informes que ahora se redactan, los diseños de imagen, las notas periodísticas y mil análisis más que se realizan con la IA.

Por eso esta discusión me parece tan necesaria, con mis tres hijos de vacaciones y entregados al ocio, veo con preocupación que en efecto, no saben aburrirse ni sé bien como actuar, aunque recomiendo que a pesar de los alaridos y reclamos iniciales de separarlos de los teléfonos, laptops y demás en más horarios de los habituales, es lo correcto, ahí uno quiso tocar el piano, otra quiso sentarse a platicar con sus padres y la otra decidió decorar su cuarto.

No se trata de regresar románticamente a un mundo sin teléfonos que ya no existe, sino para preguntarnos qué clase de adultos queremos formar. Porque quizás dentro de algunos años descubramos que uno de los bienes más escasos no será el dinero ni la información, será la capacidad de prestar atención y razonar.

Tenemos que enseñar a nuestros niños y jóvenes que controlar una pantalla es tan importante como enseñarles a leer, escribir o administrar su dinero. En casa, en las aulas y desde el gobierno tenemos una responsabilidad compartida.

La tecnología seguirá avanzando, lo que averiguaremos es si como sociedad logramos la capacidad de educar a una generación que no sabe aburrise para que pueda utilizarla sin convertirse en prisionera de ella. “Pienso, luego existo” decía René Descartes, el asunto es por ahí.

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