Habitando la periferia | Jornada de violencia en Mazatlán: Capitalismo racial y militarización de la vida cotidiana en Sinaloa

Jornada de violencia en Mazatlán

Por Rita Tirado Lopez

Hasta hace unos días, en Mazatlán todavía sobrevivía una ilusión compartida: creer que la guerra tenía límites. Que sucedía solo en las carreteras, en comunidades rurales o en colonias periféricas donde el turismo nunca pone la mirada. Nos habíamos acostumbrado a pensar que el Centro permanecía fuera de esa geografía del miedo. Con la jornada de violencia en Mazatlán vivida el fin de semana pasado ese mito también cayó.

Desde la mañana del sábado comenzaron a registrarse eventos de violencia en distintos puntos de la ciudad. Hubo ataques en Alarcón, Valles del Ejido, Hacienda del Seminario, Lomas del Ébano, Lomas de Mazatlán y el Centro. Dos personas fueron asesinadas solo el sábado, pero el saldo total es de cinco personas asesinadas este fin de semana, varias más resultaron heridas y durante un operativo donde se encontró una casa de seguridad en Pradera Dorada VI, fueron detenidas cuatro personas, tres de ellas menores de edad.

Horas después, la alcaldesa Minerva Osuna aseguró que estos hechos “no empañaban el Operativo Vacacional de Verano e invitó a habitantes y turistas a seguir disfrutando del puerto” (Río Doce, 2026).

Mientras leía las noticias y veía comentarios en redes, no podía dejar de pensar que la discusión pública seguía girando alrededor de una misma explicación: “ya llegó la Mayiza”. Como si esta guerra hubiera comenzado con la ruptura entre las facciones del Cártel de Sinaloa en septiembre de 2025 y no fuera el resultado de un proceso histórico mucho más profundo.

Lo que verdaderamente me incomoda es la manera en que seguimos nombrando lo que ocurre en el Estado. Hay quienes consideran exagerado hablar de guerra y prefieren expresiones como “violencia armada” o “eventos de violencia”. Pero el lenguaje también produce realidad. Cuando nombramos este proceso como una suma de acontecimientos aislados protagonizados por “criminales”, dejamos intactas las estructuras que lo hacen posible. Porque no se trata solamente de una disputa entre grupos armados. Se trata de una sociabilidad de la guerra. De la lenta construcción de una necrópolis.

En las ciudades donde la guerra se instala aparece un toque de queda que nadie decreta oficialmente, después de cierta hora dejamos de salir, cancelamos reuniones de último momento por razones como “mataron a tal” o “desapareció tal”. Revisamos grupos de WhatsApp antes de salir de casa para saber qué calles evitar. El ambiente de la ciudad comienza a sentirse denso, nuestras vidas cotidianas comienzan a reorganizarse y el miedo se colectiviza.

Hace unos meses escribía en este mismo espacio que me preguntaba cómo enseñarle a mi hijo a tirarse al suelo si alguna vez una balacera nos sorprendía en la calle. Pensé que aquella pregunta era todavía improbable, hasta este fin de semana. Porque no es que la guerra haya salido de la periferia, lo que salió de la periferia fue nuestra capacidad de ignorarla. Las guerras también transforman el tiempo. Hay un momento en que dejamos de preguntarnos cuándo terminarán y comenzamos, simplemente, a reorganizar nuestra vida alrededor de ellas. Y ese momento llegó hace tiempo a nuestro Estado.

Mientras intentaba comprender lo ocurrido este fin de semana, intenté problematizar esto con diversos autores, pero hoy después de escuchar el Semillero “Guerra contra la humanidad” de lxs compas zapatistas, todo tuvo sentido. Regresé al libro de Necropolítica, de Achille Mbembe, quien explica que las guerras contemporáneas ya no consisten únicamente en conquistar territorios, sino en administrar poblaciones enteras. En palabras del autor, asistimos al nacimiento de nuevas formas de gubernamentalidad ligadas a la extracción de recursos, donde las llamadas “máquinas de guerra” funcionan inmovilizando, desplazando y administrando categorías completas de personas.   

Explica que estas máquinas de guerra no siempre existen al margen del Estado. Por el contrario, mantienen relaciones cambiantes con él: pueden actuar con autonomía, incorporarse a sus estructuras o incluso ser creadas por las propias instituciones estatales. “El Estado puede, por sí mismo, transformarse en una máquina de guerra” (Mbembe, 2006). Quizá esa administración diferencial de la vida y de la muerte también tiene geografía. No pesa igual sobre quienes vienen tres días a disfrutar del puerto que sobre quienes llevamos casi un año reorganizando nuestra existencia alrededor de esta narcoguerra. 

No pretendo decir que la realidad sinaloense pueda reducirse mecánicamente a esa categoría. Pero sí me parece una herramienta poderosa para preguntarnos qué ocurre cuando la respuesta permanente a la violencia es más militarización, más presencia armada y más dispositivos de seguridad, mientras las condiciones que sostienen esa guerra permanecen intactas.

Porque la militarización no comenzó con esta narcoguerra. Es un proceso histórico que México ha profundizado durante las últimas décadas y que en los años recientes adquirió nuevas dimensiones: las Fuerzas Armadas administran puertos, aeropuertos, aduanas, obras de infraestructura, tareas de seguridad pública y una parte creciente de la vida civil. Al mismo tiempo, organismos como Amnistía Internacional han advertido que el incremento de la presencia militar no se ha traducido en una disminución sostenida de la violencia.

De acuerdo con registros de la Fiscalía estatal, hasta el 22 de junio de 2026 se han acumulado 3 mil 114 reportes por privación de la libertad, reflejo del impacto de la violencia en distintos municipios de Sinaloa. Además, de acuerdo con datos de la misma Fiscalía, en el 2025, Sinaloa cerró con la cifra más alta de delitos desde que la Fiscalía General del Estado lleva este registro, al acumular 39 mil 008 (Animal Político, 2026).

Sayak Valencia (2010) propone que el capitalismo contemporáneo ya no solamente explota la fuerza de trabajo: también convierte la violencia en una forma de producir riqueza. A eso lo llama capitalismo gore. Una economía donde el miedo, el despojo, el reclutamiento forzado, el asesinato y la administración del terror dejan de ser efectos secundarios para convertirse en mecanismos de acumulación. La autora sostiene que vivimos en una etapa del capitalismo donde la violencia deja de ser únicamente un mecanismo de control para convertirse también en una forma de producir riqueza.

En determinados territorios, explica, la fuerza de trabajo ya no se explota únicamente mediante el empleo; también mediante el ejercicio sistemático de la violencia, donde los cuerpos se vuelven mercancía, los asesinatos adquieren valor económico y el terror se convierte en una tecnología de acumulación.

Pensaba en todo eso cuando leí que entre las personas detenidas había tres adolescentes. ¿Qué condiciones históricas y sociales deben existir para que un menor termine incorporado a una economía armada?, ¿qué tipo de sociedad produce generaciones enteras para quienes el acceso al dinero, al reconocimiento o incluso a la supervivencia pasa por las lógicas de la guerra?.

Pensar la narcoguerra únicamente como un conflicto entre cárteles o facciones significa dejar fuera todo aquello que hace posible su existencia. Porque ninguna guerra se sostiene durante años únicamente por la voluntad de los grupos armados. Necesita economías que la alimenten, instituciones que aprendan a administrarla, medios que la vuelvan paisaje y sociedades que, poco a poco, reorganicen su vida alrededor de ella.

En ese sentido, la guerra también produce ciudades donde unas vidas valen más que otras. Produce colonias que pueden sacrificarse sin alterar el funcionamiento económico. Produce juventudes convertidas en fuerza armada desechable. Produce desplazamiento forzado, desapariciones, reclutamiento de adolescentes y comunidades enteras obligadas a vivir entre el miedo y la incertidumbre.

Mbembe sostiene que, en la economía del biopoder – término de Michel Foucault que hace referencia a cómo los Estados modernos administran, controlan y optimizan la vida biológica de las personas –, el racismo cumple una función central: hacer aceptable la distribución de la muerte. Entendiendo al racismo no como un prejuicio individual, sino como una tecnología política que determina qué vidas merecen ser protegidas y cuáles pueden ser expuestas permanentemente a la violencia. Desde esa lectura, el capitalismo racial no solamente clasifica poblaciones; también organiza qué territorios pueden convertirse en zonas de guerra sin que ello provoque una crisis política permanente.

Por eso me resulta imposible pensar esta narcoguerra por fuera del capitalismo. Porque la guerra nunca ha sido únicamente destrucción. También produce riqueza, reorganiza territorios estratégicamente, garantiza corredores económicos, fortalece industrias de seguridad y administra poblaciones enteras. Mientras nosotrxs discutimos cuál facción ganó o quién controla determinada región, seguimos aceptando que el problema consiste únicamente en quién administra la violencia y no en el sistema que la vuelve rentable.

No es casualidad que el lenguaje cotidiano también esté cambiando. Ya no preguntamos cómo está una colonia; preguntamos “¿está caliente?”. Ya no hablamos de espacios públicos; hablamos de zonas de riesgo. Ya no pensamos la ciudad como un espacio para encontrarnos, sino como un mapa donde constantemente calculamos qué rutas evitar y a qué hora regresar a casa. Y a eso se le llama militarismo, no solamente es la presencia de soldados patrullando las calles todo el día, sino la reorganización completa de nuestra sociabilidad alrededor de la lógica de la guerra.

Horas después de los enfrentamientos, la prioridad institucional fue enviar un mensaje de tranquilidad para no afectar la temporada vacacional. Y recupero esa declaración porque expresa con claridad una contradicción que atraviesa a muchos territorios: cuando la economía depende de proyectar estabilidad, la guerra también debe administrarse como parte de la imagen pública.

Y mientras tanto, en Mazatlán, y en Sinaloa, la vida continúa. Las personas siguen yendo a trabajar, las escuelas tienen que abrir, los restaurantes reciben turistas, los hoteles anuncian promociones, los centros comerciales permanecen llenos. Hoy por ejemplo, fui al centro a realizar unos trámites y por todas las calles hay turistas nacionales e internacionales, cuando apenas hace dos días, la ciudad era un caos total. Dos ciudades coexisten en el mismo espacio: una consumía vacaciones; la otra aprendía a sobrevivir la guerra.

Quizá esa sea una de las victorias más profundas del militarismo contemporáneo: no detener la vida, sino hacer que la guerra y la vida cotidiana puedan coexistir hasta volverse casi indistinguibles. Por eso me resisto a pensar que todo esto sea únicamente un problema de seguridad pública. Porque si la guerra reorganiza nuestra manera de trabajar, de movernos, de amar, de criar, de habitar las calles y de imaginar el futuro, entonces también estamos frente a un problema profundamente político, económico y civilizatorio.

Jornada de violencia en Mazatlán: Capitalismo racial y militarización de la vida cotidiana en Sinaloa

La pregunta que todxs debemos hacernos no es ¿Cuándo terminará la narcoguerra?, sino ¿Qué tipo de sociedad está emergiendo mientras aprendemos a vivir en esta sociabilidad de guerra?. ¿Qué ocurre cuando una generación entera crece creyendo que escuchar disparos o helicópteros de guerra forma parte de la vida cotidiana?, ¿Qué ocurre cuando enseñamos a nuestras niñeces estrategias para sobrevivir a una balacera antes que a confiar en el espacio público?, ¿Qué ocurre cuando la militarización deja de presentarse como una medida excepcional y se convierte en el horizonte desde el cual imaginamos cualquier posibilidad de paz?. Y, sobre todo, ¿Qué ocurrirá con nosotrxs cuando ya no recordemos cómo era habitar un territorio donde la vida valía más que la guerra?.

Porque habitando la periferia entendemos que las guerras también producen sujetos, reorganizan territorios y moldean la manera en que imaginamos el mundo. La pregunta es si todavía somos capaces de reconocer ese proceso mientras ocurre o si, cuando finalmente podamos nombrarlo, ya estaremos habitando las ruinas de una necrópolis construida lentamente frente a nuestros propios ojos.

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Rita Tirado Lopez (Elle, ella, él). Sociólogue y defensore de DDHH en Sinaloa; escribe desde la periferia sobre violencia, comunidad y resistencias.

Desde los márgenes también se piensa el mundo.

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