Habitando la periferia |¿Las causas que defendemos son realmente nuestras? Extractivismo epistémico e instrumentalización de las luchas por la vida

Extractivismo epistémico e instrumentalización de las luchas por la vida

Por Rita Tirado Lopez

Últimamente he estado reflexionando y auto reflexionando sobre una cuestión que me taladra por dentro. Mientras más observo ciertas formas de hacer política y de acompañar las luchas, más me pregunto qué ocurre cuando nuestras resistencias dejan de pertenecer, al menos parcialmente, a quienes las sostienen todos los días. Esa inquietud me llevó a pensar en dos conceptos que cada vez aparecen con más fuerza en los movimientos sociales: el extractivismo epistémico y la instrumentalización de las luchas por la vida.

No hablo únicamente de colectivas feministas. Pienso también en comunidades indígenas defendiendo su territorio, en madres buscadoras, en personas desplazadas, en colectivos de diversidad sexual y de género, en defensoras ambientales y, en general, en todas esas resistencias y rebeldías que, como las nombra el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN, 2026), defienden la vida frente a la tormenta capitalista.

En los últimos meses he visto a influencers convertirse, de un día para otro, en “activistas ambientales”, acumulando seguidores, contratos publicitarios y ganancias económicas gracias a luchas territoriales que llevan décadas siendo sostenidas por comunidades que rara vez reciben reconocimiento, mucho menos una retribución económica. Y no me refiero a lxs influencers que ya son famosos y se suman para difundirlas y mostrar apoyo desde sus plataformas, sino a aquellxs que, las capitalizan.

También he visto a ciertos actores políticos, organizaciones e incluso personas cercanas a los movimientos sociales apropiarse del dolor ajeno para construir capital político, legitimidad pública o plataformas electorales. No menciono estos ejemplos para señalar personas en particular. De hecho, creo que lo verdaderamente importante es preguntarnos por las estructuras que hacen posibles estas prácticas. Porque cuando distintas personas, desde distintos lugares, terminan encontrando beneficios similares al apropiarse de una lucha colectiva, no se trata de una cuestión individual, sino sistémica.

No cuestiono que nuevas personas se sumen a las luchas. Todo lo contrario, se necesitan manos, voces y miradas distintas. Lo que me preocupa es ¿qué ocurre cuando la causa comienza a producir prestigio, reconocimiento, seguidores o beneficios políticos para quienes nunca asumen los costos cotidianos de sostenerla? ¿Qué sucede cuando el sufrimiento de unas personas se convierte en el capital simbólico de otras?

Entenderemos por instrumentalización al uso estratégico de causas legítimas por parte de actores políticos, Estados, partidos, organizaciones o individuos para legitimar discursos, construir liderazgo u obtener beneficios propios, muchas veces desplazando los objetivos originales de quienes inician las luchas.

Existe, además, una crítica importante al propio concepto de activismo. En un texto publicado por El Machete (2024) se plantea que el activista suele establecer un compromiso frágil y circunstancial con las causas; participa mientras el tema permanece visible o genera impacto mediático, movido con frecuencia por motivaciones personales, morales o emocionales antes que por una convicción política sostenida. En una línea semejante, Bueno (2023) sostiene que el activismo suele concentrarse en la parte más visible del problema, “la punta del iceberg”, sin necesariamente cuestionar las estructuras que producen esas violencia.

Aunque sería injusto reducir todas las formas de activismo a esa descripción, sí es importante abrir una pregunta muy necesaria: ¿qué diferencia existe entre acompañar una lucha y consumirla? ¿entre militar una causa y utilizarla como plataforma? ¿entre construir comunidad y construir una marca personal?.

Mientras intentaba responder todas estas preguntas apareció otro concepto que me ayudó a comprender mejor lo que estaba observando: extractivismo epistémico. Grosfoguel (2016) lo define como el proceso mediante el cual ideas, conocimientos, experiencias y saberes son tratados como materias primas para su explotación académica, institucional o comercial. Se extraen de los territorios donde fueron producidos, se despolitizan, se resignifican desde marcos occidentales y finalmente se presentan como si fueran conocimientos nuevos, borrando a quienes los produjeron originalmente.

Extractivismo epistémico e instrumentalización de las luchas por la vida
Autoría:Ángela Sandoval Uhthoff del Semillero Cibernético de Arte y Gráfica Digital. “Una realidad rebelde y en resistencia contra la Inteligencia (já) Artificial”

Durante demasiado tiempo pensé el extractivismo únicamente como la explotación de minerales, bosques, agua o petróleo. Sin embargo, el capitalismo también nos enseñó a extraer conocimientos, experiencias, narrativas y formas de organización. Pienso, por ejemplo, en investigaciones académicas construidas a partir de comunidades que nunca vuelven a recibir los resultados de esas investigaciones. En proyectos financiados a organizaciones que ni siquiera realizan diagnósticos previos que justifiquen dichos proyectos y que terminan, en algunos casos, sin tener impacto real y hasta dañando a lxs participantes. Pienso en discursos institucionales que incorporan conceptos nacidos en los movimientos sociales mientras vacían de contenido político aquello que los hizo posibles.

Hace poco leí una frase de @lxsantarebelde que no he podido dejar de pensar: “Las universidades nos expulsan, pero la academia nos devora: nos estudian, nos citan, nos borran y luego nos venden de regreso nuestra propia historia.” No creo que esta crítica se limite a las universidades o el espacio académico. También ocurre en las mismas organizaciones, medios de comunicación e incluso dentro de los propios movimientos sociales. Porque el extractivismo epistémico no consiste únicamente en apropiarse de conocimientos. También implica apropiarse de experiencias, de memorias, de dolores y de rebeldías para transformarlos en prestigio, autoridad, recursos económicos, capital político y cultural.

Quizá por eso defender la vida exige mirar más allá de la punta del iceberg. Realizar un ejercicio constante de reflexividad, porque hay que aceptarlo como es: ninguna persona está completamente fuera de las lógicas del sistema. Todxs habitamos un modelo que nos empuja permanentemente a competir, producir, acumular y convertir incluso nuestras convicciones en una forma de capital.

Mientras escribo esta columna, el mundo presencia genocidios transmitidos prácticamente en tiempo real, ecocidios justificados en nombre del desarrollo, desplazamientos forzados masivos, desapariciones, el avance de megaproyectos extractivos sobre territorios indígenas y campesinos, así como un incremento sostenido de la violencia armada en distintas regiones del planeta. En Sinaloa tampoco somos ajenxs a esa realidad. Además de todo lo anterior, la narcoguerra ha dejado comunidades desplazadas, territorios militarizados, personas desaparecidas, asesinatos diariamente y pueblos enteros obligados a reorganizar su vida alrededor del miedo.

La tormenta capitalista no describe únicamente una crisis económica; nombra una ofensiva global que reorganiza territorios, destruye formas comunitarias de vida y convierte tanto a las personas como a la naturaleza en recursos disponibles para la acumulación. Desde esa perspectiva, todas las luchas forman parte de una misma disputa por la defensa de la vida. Y ahí es donde creo que muchas veces nos perdemos. Ya que nos organizamos para responder a las emergencias inmediatas, que aunque es indispensable, muchas veces olvidamos mirar aquello que conecta todas esas violencias: el capitalismo.

Extractivismo epistémico e instrumentalización de las luchas por la vida
Autoría: Daniela Karina Tomé del Semillero Cibernético de Arte y Gráfica Digital. “Una realidad rebelde y en resistencia contra la Inteligencia (já) Artificial”

Cabe aclarar que cuando hablo de capitalismo no me refiero a una abstracción económica, sino a una forma de organizar el mundo, de relacionarnos con el territorio, con los cuerpos, con el conocimiento, etcétera.Por eso me cuesta cada vez más hablar únicamente de activismos sectoriales. Si el problema es sistémico, nuestras resistencias también tendrían que aprender a dialogar entre sí.

El EZLN ha insistido en que vivimos una nueva etapa de “la tormenta”.  que avanza siguiendo una lógica que, puede entenderse como una secuencia de destrucción, despoblamiento, reconstrucción y reordenamiento. Destruye formas comunitarias de vida; despuebla territorios mediante la guerra, el miedo o el despojo; reconstruye esos espacios bajo las necesidades del mercado y finalmente los reordena para garantizar nuevos ciclos de acumulación, ¿les suena?.

Frente a esa tormenta, incluso nuestras rebeldías pueden convertirse en territorio de disputa. El gran desafío de nuestro tiempo es  entonces, impedir que nuestras propias rebeldías terminen alimentando la misma tormenta contra la que intentamos levantarnos.

Porque habitando la periferia entendemos que la tormenta capitalista viene por todo: por la tierra, por el agua, por los cuerpos, por los conocimientos y también por nuestras rebeldías. Por eso defender la vida también implica defender nuestras formas de organizarnos, cuidar la memoria colectiva y preguntarnos constantemente si estamos construyendo comunidad o alimentando aquello que decimos combatir. Porque el cambio no puede hacerse reproduciendo las mismas lógicas del sistema. Sólo desde abajo, de manera horizontal, colectiva y con ética, nuestras resistencias podrán seguir siendo verdaderamente nuestras.

¿Las causas que defendemos son realmente nuestras? Extractivismo epistémico e instrumentalización de las luchas por la vida.

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Rita Tirado Lopez (Elle, ella, él). Sociólogue y defensore de DDHH en Sinaloa; escribe desde la periferia sobre violencia, comunidad y resistencias.

Desde los márgenes también se piensa el mundo.

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