María Magdalena: la escritura como creación literaria | Primera parte

Por: Cruz Antonio González

“Tú me has inventado.
No existe en el mundo alguien así.
No podría existir”.

Anna Ajmátova

Corría el verano de 1997 cuando conocí a la profesora María Magdalena Ramírez León, siendo ella parte de la planta docente de la Escuela Normal de Sinaloa en la Licenciatura en Educación Primaria; impartía la materia de «Español» ante unos jóvenes procedente de las distintas geografías de Sinaloa con la plena intención de forjarse como maestras y maestros en cualquier localidad del estado del noroeste.

La distinguía, entre otras cosas, el respeto hacia la profesión de enseñar; trabajaba con una precisión temporal, diversificando las actividades, autoexigiéndose en atender la diversidad de características y cualidades en el grupo, para nosotros, desconocedores de la disciplina en el estudio, a veces resultaba un martirio, dicho de otra forma, fue drástico entrar en una dinámica de estudio que no dejaba resquicios para la distracción.

Dedicada, de difícil trato ante los temas banales de la vida y una formación cultural que se asomaba cuando levantaba la mirada y la fijaba en un punto dado; desconcertante, a veces inflexible, otras victoriosa. En su profesionalismo no cabían los deslices académicos, analizaba los problemas desde sus raíces, proponiendo a la academia de docentes cómo interpretar y mejorar la formación de los futuros maestros.

Cuando eres estudiante te enfocas en quien imparte tal o cual materia y tratas de cubrir los requisitos para aprobarla, cada quien lo hace a su manera, muchas veces sin una metodología de trabajo, lo que no significaba que se carezca de aprecio.

La maestra Magdalena era de las pocas que aterrizaba una proyección teórica, había quienes mecánicamente enseñaban, haciendo de sus clases un centro de aburrimiento. Quien considere que ser maestra o maestro es fácil, está equivocado, es una de las profesiones más exigentes porque tratas con mentes cambiantes en su proceso personal, y en su contexto sociohistórico, entender esa complejidad requiere constante preparación.

En primer año impartió «Español», al siguiente la inaprensible materia de «Historia»; si en el estudio de la lengua materna matizaba todo lo relativo al lenguaje, sus características y manifestaciones sociales a través de la lectura y la redacción; en el conocimiento histórico mediaba el análisis y cuestionamiento de los acontecimientos en su proceso histórico.

Sostuvimos una relación de respeto que, hasta el día de hoy se mantiene, cómo olvidar cuando nos hacía rabiar al romper los planes del grupo de retirarnos antes de tiempo, no podíamos porque nos tocaba las últimas dos horas con la maestra Magdalena, y ella no faltaba bajo ningún motivo.

No considero que el fiel cumplimiento del horario de trabajo haya sido lo que dejó marcada a una generación, y aquí espero interpretar correctamente a mis compañeros, había un aprecio hacia la maestra no sólo por la entrega a su trabajo, también, y quizá más porque se sabía que con ella el aprendizaje estaba garantizado, el requisito era estar en su clase.

Lo relevante, además de ese sentido del deber casi religioso, consistía en la forma de enseñar, la metodología de trabajo implementada provocaba la participación hasta del más pasivo y silencioso de la clase; si no puedes hablar, de seguro puedes escribir, y si no escribes puedes participar elaborando la cartulina del equipo a exponer.

Le gustaba la academia, la discusión teórica con sus colegas sobre las pedagogías del momento, materializándola en una práctica crítica de sí misma sin meterse en el trabajo de los demás.

Le gustaba observar cada uno de los detalles, además de escuchar sugerencias cuando observaban su trabajo, como lo hizo una vez el profesor Miguel Ángel Ramírez Jardines, quedando admirado por la capacidad de la profesora frente al grupo, hace algunos meses al presentar su libro de poesía refrendó lo observado hace más de veinte años atrás con un «excelente maestra». 

Como alumno no alcanzaba a percibir en su magnitud el desempeño de los docentes por falta de herramientas, hasta que cumples el trayecto en el aulay la experiencia te dota de esas miradas que el joven carece y los libros no te enseñan, aprendes a valorar a las personas y cosas desde otros ángulos.

La docencia es una profesión donde nunca dejas de estudiar y aprender; todavía guardo en mi estate el libro «Summerhill», el «poema Pedagógico» de Antón Makarenko y uno sobre estrategias de lecturas que me regalara en los encuentros que sostuvimos, a esa colección se le sumaron las recomendaciones de Emilia Ferreiro y José Manuel Arredondo como introductor al mundo de la poesía.

Nuestra amistad se estrechó cuando en cierta ocasión junto Pavel Llamas llegamos tarde a su clase, no sabíamos que pretexto inventar para justificar el retardo, así que se me ocurrió la ingeniosa idea de decir que no teníamos dinero para comer y se nos fue el tiempo cachando moscas en el comedor de Plaza Sur.

Al escuchar la palabra “no tenemos dinero” para desayunar, Pavel se desmarcó, como diciendo a mí no me enredes en tus dietas forzadas; ella, atenta y servicial nos respondió que no nos preocupáramos, y desde ese día ni el desayuno ni la comida me hizo falta, con el peso moral que tenía en la escuela fue y le planteó a Doña Tere, la encargada de la fonda de la escuela que me diera de comer todos los días, apoyándola en mis tiempos libres, y así fue.

Cuando se es consciente de una mentira piadosa, aunque en el fondo tenga su grado de verdad, fortalece los vínculos de las personas cuando se es agradecido. El apoyo recibido lo sentí como una deuda, y esa deuda es quizá (hasta ahora lo estoy visualizando) lo que me impulsa a escribir este documento. Sea el caso que fuere, puse más atención a su clase y traté de ser lo más participativo posible, en una semana macheteaba todas las fotocopias o antologías que se distribuían como parte del programa de estudios del semestre sin entender gran cosa, insistiendo una y otra vez.

Nunca fui un alumno ejemplar, de esos que buscaban las buenas notas, mi interés ha sido y es aprender, claro, a veces tardo por la lentitud, pero llego sin duda alguna. 

En esa época pasaron por mis manos las novelas románticas de Alexander Pushkin del cual quedé profundamente enamorado de la belleza musical de sus poemas, y no se diga de esos personajes anclados de un heroísmo de guerra donde el uniforme militar lo representaba todo para la juventud, en especial ese Eugenio Onieguin, héroe ocioso y taciturno; los cuentos cortos de Antón Chéjovmofándose de la aristocracia rusa; las historias cómicas de Gógol; los poemas de amor de Mario Bendetti nos desvelaban en la conjunción de rebeldía,amor y desamor, mientras el agua hirviendo en la ollautilizada para los frijoles anunciaba estar lista para preparar el café en esas noches interminables con Sergio Lizárraga, Alfredo Rojas Santín, Pavel Llamas, José Alferdo Sandoval el “Fredy” y otros más, nos alucinábamos con recitales, música y discusiones que duraban toda la noche. 

Todo iba bien hasta que nos topamos con el libro de John Kenneth Turner, desatando la rabia con su «México Bárbaro». El libro del periodista norteamericano quitó el velo puesto en nuestras mentes sobre la historia de nuestro país; hasta entonces la enseñanza recibida en todos los niveles educativos era anecdótico, platicaban la historia como si hubiesen sido parte de los acontecimientos, y asumías la narración como inapelable.

Cuando pasas de la narración personal a la discusión de los hechos, el panorama cambia por completo, todavía veo a docentes empeñados en esa pedagogía de la narración histórica, sólo falta decir, ahí estuve al lado del Pípila o colocando la silla de montar caballo a Pancho Villa, vaya, la enseñanza de la historia se concibe como una fantasía, misma que hemos pagado bastante caro.

El estudio de carácter colectivo se realizaba día y noche con los amigos de departamento, todos sin excepción hacíamos bosquejos literarios, nuestro hogar era una escuela en sí misma, siendo la poesía el eje rector; un vaciar de sentimientos y emocionesjuveniles.

Por ese tiempo me hice cómplice de Doña Chayito, mujer hosca y de pocos amigos, tal vez por eso nos hicimos buenos amigos, todavía recuerdo su frase preferida «perra no come perra», dejándome absorto en las cavilaciones filosóficas. Doña Chayito era la encargada de la biblioteca de la Escuela Normal y madre del Mike (una enciclopedia en los temas del rock y la música alternativa); con ella tenía a merced todos los libros, me los llevaba sin necesidad de presentar credencial. Llévatelos, me los regresa cuando los leas, y bueno, algunos se quedaron conmigo como los cuentos completos de Julio Cortázar de Alfaguara, vaya cinismo.

La biblioteca de la escuela era como mi segundo hogar; libros, café y galletas no podían faltar, Doña Chayito soltaba su rosario de maldiciones sobre las pilladas de ciertos grupos de maestros, de la única que se expresaba con respeto era de la maestra Magdalena.

El por qué cuento estas cosas personales, bueno, porque esas vivencias y aprendizajes han influido en lo que soy ahora, tanto como docente como también (supuestamente) escritor. Hago hincapié en las repercusiones de las estrategias de lectura implementadas por la maestra María Magdalena, empezaban a ensanchar el horizonte conceptual, la visión del mundo.

Era aficionado a la discusión, y para discutir se necesitan argumentos, como no había Google para resumir información, ni TikTok con tutoriales de cómo ser buen lector, bueno sí los hay, hasta IA ha sustituido el quehacer intelectual de las personas, y los escritores cada vez dependen más de la tecnología que de la creación. Imaginen leer las más de mil páginas de «Guerra y Paz» de León Tolstoi o el laberíntico mundo de Franz Kafka, mejor le pides a la Inteligencia Artificial que describa el libro y listo, te ahorras semanas días o semanas de lecturas, sobre todo dolores de cabeza, eso sí, ninguna idea te pertenecerá.

Todo pasa por la lectura, y la maestra en estos temas era (y es) una persona dotada intelectualmente, sin alardear como otros que asumen poses de sabios o eruditos por coleccionar títulos, la maestra Magdalena era distinta, una personalidad que imponía respeto.

Discutíamos en todas las sesiones las lecturas dejadas de tarea, llegaba a la escuela con la inercia de la noche y las treinta tazas de café con una Coca-Cola de 600ml y un costal de galletas de animalitos en el estómago para entrarle al intercambio de ideas acompañado de Pavel Llamas y Sergio Lizárraga Tirado; los tres mosqueteros sin mayor arma que la desvelada y las ojeras.

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