La dictadura del “Todo bien”: El derecho a enloquecer en la sociedad del cansancio

Por Eleana Carrasco | Mesa Reservada.Mx

“¿Cómo estás?”

La pregunta ha dejado de ser una indagación genuina para convertirse en un mero trámite de etiqueta. El contrato social no escrito exige un “Muy bien, ¿y tú?”. Atreverse a responder con la verdad —”estoy triste”, “me siento rebasado”, “nada bien”— es un acto de rebeldía que incomoda. Quien responde con honestidad rompe la “civilidad”; se convierte en una carga momentánea para un interlocutor que no preguntó para escuchar, sino para cumplir con el protocolo.

Este fenómeno no es sólo una anécdota de mala educación, es el síntoma de una crisis profunda: la dictadura de la positividad, del wellness y el aislamiento del individuo. Esto es evidente, en especial, por el adoctrinamiento que han vivido los Millennials y la Generación Z bajo estos dogmas.

El peso del “échaleganismo” mexicano

Hemos crecido bajo el bombardeo de discursos motivacionales que aseguran que “el que quiere, puede”. En México, esto ha mutado en una cultura tóxica conocida como el “échaleganismo”. Esta variante local de la meritocracia nos convence de que el éxito y la felicidad son resultados exclusivos del esfuerzo individual y la “buena actitud”, ignorando por completo la desigualdad estructural, la precarización laboral y la falta de movilidad social.

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han, en su obra La sociedad del cansancio, describe perfectamente esta trampa. Han argumenta que hemos pasado de una sociedad de la disciplina a una sociedad del rendimiento, donde el individuo se explota a sí mismo y cree que eso es libertad. Si el éxito es una elección, el fracaso se convierte en culpa personal. ¿El resultado? La aniquilación de la empatía. Ya no escuchamos los problemas del otro porque el discurso nos ha convencido de que su sufrimiento es producto de no haber “vibrado alto”.

La sordera en la modernidad líquida

El antropólogo Zygmunt Bauman advirtió sobre esto al hablar de la “modernidad líquida”. Las conexiones humanas se han vuelto frágiles. Escuchar los problemas de otro requiere tiempo y compromiso; recursos que una generación crónicamente exhausta siente que ya no tiene. Preferimos relaciones listas para usarse y desecharse cuando demandan mantenimiento.

El espejismo de la masculinidad performativa

Si esta desconexión y falta de empatía afecta a todos, en las dinámicas de género ha tomado un matiz perverso: la nueva masculinidad performativa.

Aprovechando los espacios y diálogos que el feminismo abrió para legitimar la vulnerabilidad, muchos hombres han adoptado un discurso tramposo. Se declaran vulnerables, se han vuelto quejosos y se asumen como víctimas, pero bajo una lógica de hiperindividualismo atroz: de pronto, solo sus problemas importan.

Exigen ser escuchados con devoción, pero son incapaces de ofrecer esa misma escucha. En su narrativa, solo ellos sufren las presiones del mundo y, paradójicamente, solo ellos tienen la razón. Se erigen como jueces implacables de las vidas y decisiones ajenas, muchas veces sin tener la más mínima calidad moral para hacerlo. Utilizan la positividad tóxica o el estoicismo de aparador para invalidar a los demás (“échale ganas”, “no te quejes”), pero exigen absoluta indulgencia cuando son ellos quienes tropiezan. Es un solipsismo emocional: el mundo existe solo para validar su dolor.

El derecho a enloquecer: La lucidez de ver sin filtros

Frente a esta asfixia de civilidad plástica y egocentrismo, la salida no está en los manuales de autoayuda, sino en la literatura. En El lobo estepario, Hermann Hesse nos advierte sobre el peligro de esta “cordura burguesa”, esa misma que hoy nos exige sonreír, ser productivos y decir “todo bien” mientras nos desmoronamos.

La invitación de Hesse a su Teatro Mágico cobra hoy un sentido urgente. Esa “locura” que se reserva para “solo para locos” no es un trastorno mental, sino la lucidez de quien se atreve a ver la realidad sin filtros.

Es el acto valiente de desmantelar la farsa. Hesse destruye el mito de la identidad única. Nos enseña que la angustia moderna nace de intentar encajar nuestra infinita complejidad en cajas pequeñitas y presentables para no incomodar al prójimo.

Frente a la actualidad que nos culpa de nuestra propia miseria, el lobo estepario propone una desintegración creativa. Si la partida en la que estamos —la de las relaciones desechables, la falsa empatía y la obligación de ser felices— nos está destruyendo, la solución no es jugar mejor ni aprender a resistir más.

Es el humor como herramienta de supervivencia suprema lo que propone Hesse. No como risa vacía, sino la capacidad de mirar la tragedia de la existencia y los errores propios con una distancia irónica.

Como en la metáfora del ajedrez del Teatro Mágico, tenemos el derecho a patear el tablero. Podemos tomar las piezas, desarmar el juego que nos impusieron, reconfigurarlas y volver a empezar bajo nuestras propias reglas, abrazando el humor de sabernos maravillosamente rotos, múltiples y contradictorios.

El acto radical de escuchar

Recuperar nuestra humanidad implica desmantelar la idea de que siempre debemos estar bien. Necesitamos entender que la tristeza, el cansancio y el enojo son respuestas legítimas —y a menudo muy lúcidas— frente a un entorno hostil.

La verdadera empatía no requiere que resolvamos la vida del otro; requiere que seamos capaces de sostener su mirada cuando el mundo se le cae a pedazos. Quizá el mayor acto de resistencia contra el individualismo atroz de nuestra época no sea una gran revolución, sino algo mucho más íntimo: atrevernos a responder “hoy no estoy bien”, y tener la valentía de quedarnos en la habitación cuando alguien más nos diga lo mismo.

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