Profe Cruz González
El mundo occidental ha develado su verdadero rostro; el horror, la hipocresía y la muerte. La política exterior del imperio del norte es la guerra, y ha sido y es la guerra el máximo sostén de su poderío económico. No ha bastado inventar las armas de destrucción masiva que lo llevó a invadir Irak en 2003, con el silencio cómplice de la ONU, la mediadora para la paz en el mundo.
Ya antes otros países padecieron la liberación del imperio, porque para ellos derrocar tiranos significa llevar la libertad a esas geografías, una libertad sujeta a los parámetros de la oferta y la demanda que sustentan su cosmovisión del mundo, los ejemplos en Latinoamérica son algunos de tantos, sin saciar del todo sus apetitos de destrucción de pueblos y culturas enteras, para imponer su lógica hollywoodense.
Metidas las manos en el conflicto entre Rusia-Ucrania donde, ha sido el corresponsal de la derrota; armó militarmente a Israel, a quien la vieja Europa le asignó un pequeño territorio en Palestina, siendo ésta última devorada espacial y humanamente con las norteamericanas. No sólo está ejerciendo un genocidio en Palestina, se está adueñando del territorio para organizarlo de otra manera sin los palestinos.
Este crimen contra Palestina no desata el escándalo en los medios de comunicación tradicionales, tampoco en quienes impulsan el respeto de los Derechos Humanos en el mundo, las posibles sanciones (o sugerencias) sobre el tema de los derechos humanos dependen de infractor y la víctima; su aplicación depende del lugar, origen, religión y cultura, si eres inmigrante centroamericano por definición no tienes derecho a transitar en la búsqueda de mejores condiciones de vida en los países del norte; en el avance, cada país se convierte en una frontera donde reina la pesadilla de la delincuencia organizada, y las políticas de seguridad para impedir llegar a Estados Unidos, como es el papel que funge México, cuidar, contener, impedir llegar al norte.
Cuando se despojan a los campesinos e indígenas de sus tierras, es porque en ellas se establecerán megaproyectos, ese robo es aprobado porque habrá beneficios generalizados, sin considerar la postura de los despojados, ni su vínculo con la naturaleza, ni los efectos del despojo en su lengua y tradiciones, hechos que nos recuerdan a tiempos en que organizar al pueblo se castigaba con la muerte.
La guerra es una constante con distintos matices en el mundo, desde el exterminio del pueblo palestino, donde, ante la mirada e indignación global, ningún tratado internacional impide esta política de muerte; como humanos somos desechables si no se está de lado del imperio de la guerra.
El derecho a existir como se es, es decir, el respeto a las diferencias, es una utopía a defender en este nuevo siglo y milenio. La defensa de las diferencias es una defensa de la humanidad, sin las diferencias que existen y somos, el mundo perdería su esencia, sus muchos colores que embellecen la existencia; colores de la vida en el mundo.
Defender el derecho de existir de Palestina es defender la posibilidad de la vida por sobre la muerte que representa la guerra, de la hipocresía de las naciones libres, el manejo perverso de la información por parte de los medios de comunicación, del racismo galopante de Occidente (sobre todo contra los Latinoamericanos, entre ellos los mexicanos), del crimen sistemático de Israel extendiendo la guerra en Irán por los mismos argumentos sin sustento (las armas de destrucción masiva) con los cuales hace veinte años atacaron Irak, de los misiles americanos que abren camino a su dominio territorial en Medio Oriente, y desde luego, de nuestra indiferencia social a defender el derecho a existir en la diversidad de lenguas, culturas y geografías.








