Por Diego Angulo
En Guasave volvió a pasar algo inusual: la lectura se volvió tema de conversación. Y no, no fue porque de pronto todos estemos leyendo a Michel Foucault en el malecón (ojalá), sino porque una discusión pública encendió lo que llevaba años en silencio: ¿para qué sirve hoy una biblioteca?
Y eso, aunque incomode a algunos guardianes de la nostalgia, es una buena noticia.
Porque si algo necesita México (y Guasave no es la excepción) es hablar en serio de lectura, no romantizarla. La realidad es menos poética o de nicho. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, los mexicanos leen en promedio 3.7 libros al año, y apenas 7 de cada 10 personas declara leer algún material. Más preocupante aún, una proporción significativa reconoce que no comprende completamente lo que lee.
Más crudo todavía: el tiempo dedicado a redes sociales supera por mucho al de cualquier libro. La competencia no es entre autores, es entre páginas y pantallas.
Pero aquí es donde la conversación se pone interesante. Porque mientras algunos siguen pensando la biblioteca como un templo silencioso de estanterías polvosas, el mundo ya cambió. La lectura ya no vive solo en papel. Vive en el celular, en plataformas digitales, en audiolibros, en PDFs que se descargan a medianoche y en algoritmos que recomiendan desde 1984 hasta manuales de programación.
La irrupción de la inteligencia artificial no vino a matar la lectura, vino a transformarla. Hoy alguien puede resumir, analizar o traducir textos complejos en segundos. Puede acceder a bibliotecas enteras sin salir de casa. Puede, incluso, dialogar con ideas que antes parecían inaccesibles. La pregunta ya no es si leemos, sino cómo leemos.
Y ahí está el punto: la cultura no es estática, evoluciona. Las bibliotecas del siglo XXI no pueden competir con Netflix siendo silenciosas. Tienen que ser espacios vivos, conectados, útiles. Lugares donde haya internet, acceso digital, formación, comunidad. Donde un joven no solo vaya a “consultar”, sino a crear, a interactuar, a aprender de otra manera. Donde la lectura no sea castigo escolar, sino herramienta de libertad.
Por eso, que hoy en Guasave se discuta el futuro de la biblioteca (su ubicación, su función, su sentido) es más valioso que cualquier discurso vacío en el Día del Libro. Porque obliga a hacernos la pregunta incómoda: ¿queremos conservar símbolos o construir soluciones?
Y si hablamos de soluciones, hay que decirlo claro: la biblioteca de Guasave no necesita solo mantenimiento, necesita estrategia.
Primero, pensar seriamente su reubicación. No como capricho, sino como política pública. Una biblioteca donde no va la gente, es una política de exclusión silenciosa. En realidad lo que hace importante a una biblioteca no es su ubicación, si no la apropiación que hacen los ciudadanos de ella.
Segundo, convertirla en un espacio híbrido: libros, sí, pero también computadoras, acceso a plataformas digitales, zonas de trabajo colaborativo (espacio de Coworking), cafes, sillones para descansar y leer, talleres (pintura, escritura, etc), clubes de lectura y debate, cine y laboratorios para hacer vídeos. Donde un estudiante pueda hacer tarea, pero también producir contenido, investigar, discutir o solo coversar y relajarse, también, reconocimiento a los lectores y participantes, además de certificados y regalos. Las bibliotecas exitosas hoy en día son las que se diversifican, no son ya espaciós silenciosos.
Tercero, abrirla a la comunidad: horarios extendidos, actividades culturales constantes y vinculación con escuelas con la localidad, o la pedagogía situada, es decir, a los temas locales (¿Por qué no se organiza un conversatorio sobre el futuro de las bibliotecas, ahora que está de moda?) . Donde la lectura deje de ser individual y se vuelva experiencia colectiva.
La evidencia es clara: donde las bibliotecas se convierten en centros culturales activos, la afluencia crece. Donde se quedan como bodegas de libros, se vacían.
Que se arme la polémica… y también la lectura. Sí, habrá quien defienda el edificio como si fuera patrimonio emocional (y es válido), pero más importante que el inmueble es el propósito. Si una reubicación, modernización o transformación logra que más personas lean, comprendan y accedan al conocimiento, tiene sentido.
Y quizá, solo quizá, Guasave está teniendo una conversación que llegó tarde… 41 años tarde, pero llegó.
Porque al final, lo verdaderamente preocupante no es mover una biblioteca en busca de lectores.
Es que nadie la use.
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3 Comments
Las bibliotecas como decían los egipcios la cura para los males del alma, el único espacio de quietud en la hiper conectividad y los únicos espacios de libre pensamiento que aún son públicos.
(Bibliotecario por 8 años) de Culiacán
Todo de acuerdo, pero yo sí considero la centralidad de una biblioteca como una condición innegociable. Una biblioteca en el centro es un antídoto contra la gentrificación.
me parece que haces un análisis mucho más profundo que el debate mediático sobre la cultura, coincido con tu planeamiento que, dejando de lado las nostalgias que representan actualmente las bibliotecas públicas, lo que importa es replantearlo como espacio cultural, y es lo que no se discute