Por Alejandro Castro Osuna
El año pasado leí dos libros que me movieron las ideas y este año terminé de ver la serie que salió de esos dos libros: El Cuento de la Criada, de Margaret Atwood. La ciudad de Edmonton, en Canadá, recién prohibió la lectura de este libro en las escuelas públicas.

La historia se centra en Boston, Massachusetts donde un grupo de mujeres viven esclavizadas con fines reproductivos después de que “algo pasó” en Estados Unidos. Poco a poco, nos cuentan sobre una posible fusión nuclear en la zona central de EEUU, un posible problema de fertilidad derivado de eso, una guerra civil dentro del territorio y una separación en dos países: los restos de EEUU y la nueva y muy conservadora República de Gilead. Paranoia pura.
La nueva República de Gilead es ultra conservadora y mantiene el armamento nuclear más importante del mundo. Han decidido pasar por las armas a todos aquellos que no comulguen con la nueva Constitución: LGBTIQ, rebeldes, demócratas, mujeres con formación académica, evolucionistas. ¿Piensas diferente? No perteneces a Gilead y mereces morir en El Muro como sentencia y como escarmiento público para que otros aprendan de tus errores. Las mujeres están uniformadas dependiendo del uso que les da la sociedad: rojo las mujeres fértiles, gris las sirvientas, café las econopersonas, azul las esposas de los comandantes.

La serie tiene seis temporadas, la primera está basada en el libro y la autora fue productora ejecutiva de las siguientes. Cada episodio está centrado en como los derechos humanos y civiles de las personas se van perdiendo por el Bien Superior en una república religiosa: las mujeres no tienen derecho a la educación formal y se les instruye para ser buenas esposas, todas las expresiones artísticas son reprimidas por ser ociosas, la población LGBTIQ es asesinada por pecaminosa y las pocas mujeres que aún son fértiles son enviadas a las casas de los militares de alto rango para ser embarazadas y preservar su legado y estirpe. Así es, los comandantes tienen una esposa y una criada para embarazar, siguiendo el ejemplo de las figuras bíblicas de Sara, Agar y Abraham.
Y durante cada episodio recordaba los discursos de los gobiernos conservadores actuales. Trump que desconoce la identidad sexo-genérica y solo permite la existencia de Hombre o Mujer en los documentos de identificación. Su Ley que no da acceso a las personas trans al sistema de salud hormonal; la separación de mujeres trans en el sistema penitenciario; la revisión por la Suprema Corte del derecho al matrimonio igualitario.

En el Salvador está Bukele y su régimen de uniformes, limpieza y orden en el sistema educativo, que es encabezado por una militar, y está imponiendo la disciplina castrense en las escuelas, donde se amonesta a los menores si no saludan con formalidad, no portan el uniforme correctamente o si los hombres no traen el corte de cabello adecuado; acumulando faltas que van desde redactar una disculpa, hasta perder el año escolar, reprimiendo cualquier expresión fuera de la norma moral y militar. Y a esto sumemos las medidas carcelarias de las que presume, que suenan más a centros de tortura que a sistema de readaptación y reinserción social.

O Nicolás que ha sabido deshacerse de sus rivales políticos de manera sucia y definitiva, con un discurso radical de nosotros los buenos y aquellos los malos, refugiándose en el discurso de “El Libertador”, que a veces suena a Simón Bolívar y a veces suena a Jesús El Cristo.

En América se han radicalizado los discursos de odio desde las instituciones y desde los espacios de poder. Milei se burla de todo lo que sale de la norma heterosexual. Está en pro de eliminar el feminicidio del código penal argentino, está en pro de eliminar el cupo laboral trans de sus leyes laborales y tiene una percepción muy enferma, retorcida y preocupante sobre los gais.

La serie está en PARAMOUNT, se las recomiendo completamente; un grupo de mujeres disidentes, organizadas y en lo clandestino se convierten en las heroínas de la serie, mujeres salvando a hombres y niños sobre su propia vida o integridad; y lean los libros, para que odien a mi tía Lidya junto conmigo, una mujer conflictuada con sus creencias, las nuevas reglas y el sabor del poder.
Escríbanme, yo los leo.
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Alejandro Castro es originario de Mazatlán y parte de la generación millennial, estudió Turismo en la UdeO y más tarde una maestría en Ciencias Sociales en la UAS. Ha combinado la docencia universitaria con la investigación y la capacitación, además de desempeñarse en distintos espacios públicos: fue secretario técnico de la Junta de Coordinación Política en el Congreso de Sinaloa, secretario particular en la SEPyC y coordinador de proyectos estratégicos en su ciudad natal.
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2 Comments
Buenísimo el análisis, da miedo ver cómo algo de ficción se parece tanto a lo que vivimos hoy. Justo por eso vale la pena no normalizar esos discursos.
si, nos toca poner atención y no normalizar los discursos de odio, no importa de quién vengan. si no hacemos nada ante los discursos, lo que sigue es la represión.