Por Eleana Carrasco
El 13 de octubre de 2025 murió Drew Struzan, y con él se apagó una de las luces más brillantes del arte cinematográfico y la ilustración. Tenía 78 años. Su partida no sólo marca el fin de una vida dedicada a la pintura, sino el cierre de una era en la que una imagen podía contener toda la emoción de una historia antes de que se encendieran las luces de la sala de cine.
Para millones de personas en el mundo, Struzan fue el primer contacto con esas películas que marcaron generaciones. Antes de escuchar una nota musical o ver una escena, estaba ahí su obra: rostros iluminados, miradas intensas, atmósferas vibrantes que parecían prometer aventura, misterio o esperanza.

El camino de un soñador
Drew Struzan nació en Oregon en 1947 y desde pequeño encontró en el dibujo un refugio y una forma de expresión. Antes de que Hollywood llamara a su puerta, su talento ya se había abierto camino en el mundo de la música: pintó portadas para artistas como Alice Cooper y los Beach Boys, y diseñó piezas gráficas para estudios de cine.

Su gran oportunidad llegó en los años setenta, cuando 20th Century Fox encargó el nuevo póster promocional de Star Wars: Episode IV — A New Hope al artista Charles White III. Sin embargo, el estudio no quedó satisfecho con el resultado final y White pidió apoyo a Drew Struzan para encargarse de retratar a los actures, mientras él se centraba en las naves.
Esta ilustración se convertiría en la favorita del director del filme, George Lucas, quien contrató a Struzan para Lucasfilm e Industrial Light and Magic durante los siguientes treinta y cinco años. Nadie imaginó entonces que esa colaboración cambiaría para siempre el rostro de la cultura pop.
El auge de un estilo inconfundible
Durante las siguientes décadas, Struzan firmó más de 150 carteles cinematográficos. Star Wars, Indiana Jones, Volver al Futuro, Blade Runner, E.T., Hook, Harry Potter y la Piedra Filosofal, The Shawshank Redemption: títulos inolvidables que, para muchos, están asociados de forma inseparable con la imagen que él les dio.










Su estilo era único. En tiempos previos al dominio digital, Struzan pintaba emociones: la épica, el miedo, la ternura o la aventura estaban contenidas en cada trazo de aerógrafo y pintura manual. No ilustraba escenas; creaba atmósferas. Y por eso directores como Steven Spielberg y Guillermo del Toro no lo veían solo como un colaborador, sino como un narrador visual que contaba la historia antes de que esta comenzara.
Un adiós pausado
En 2008 anunció su retiro oficial. Aunque volvió en momentos especiales —como con el póster de Star Wars: The Force Awakens—, el ritmo se fue apagando poco a poco. En marzo de este año, su esposa Dylan compartió públicamente que Drew padecía Alzheimer desde hacía varios años. Su memoria y sus manos, que tantas veces habían dibujado mundos, comenzaban a borrarse lentamente.
Un legado que persiste
La muerte de Drew Struzan deja un vacío, pero también un legado inmenso. Sus pósteres no fueron simples piezas promocionales: fueron puertas abiertas a la imaginación colectiva. Inspiraron a generaciones de ilustradores, diseñadores y soñadores que crecieron con la certeza de que una pintura podía condensar todo el poder de una historia.
En 2013, el documental Drew: The Man Behind the Poster lo retrató rodeado de admiración. George Lucas, Steven Spielberg, Guillermo del Toro y otros grandes creadores reconocieron en él a un artista capaz de capturar la magia con un pincel.
“Drew Struzan no sólo pintó pósteres. Pintó sueños. Le dio rostro a la emoción de entrar al cine”, escribió Guillermo del Toro en X tras conocerse la noticia.
Las salas cambiarán, las pantallas evolucionarán, pero su obra seguirá ahí: en muros, en colecciones, en la memoria viva de quienes alguna vez se enamoraron del cine a través de una imagen. Drew permanece, como los clásicos, en millones de espectadores que crecimos bajo el hechizo de sus imágenes.

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