Por Eleana Carrasco
Mucha gente se queja de los retenes repentinos, del tráfico, de la violencia. Pero seamos honestos: también somos una ciudad llena de conductores prepotentes que se creen dueños de la calle.
¿Será que la narcocultura nos volvió así o ya lo éramos? Cuando nos decían que no le pitáramos a nadie “porque no sabíamos si era un narco” y podíamos terminar acribillados por tocar el claxon, nació la ciudad del “cero claxon”. Desde entonces, Dios sabrá qué puede pasar si le pitas a la persona equivocada y te responde con una ráfaga.
Y claro, muchos abusivos encontraron en ese miedo la excusa perfecta para imponer su actitud intimidante al volante. Es la misma lógica de quienes andan por la vida amenazando “porque conocen a alguien”, “porque tienen un pariente que te puede levantar” o te sueltan el clásico “no le busque, pariente, porque no sabe con quién se mete”.
Alguna vez alguien dijo que “éramos un rancho y manejábamos como tal”. Otra persona me dijo: “creí que la calle era solo mía”. Y quizá ahí está la raíz: nos falta empatía. Ni siquiera hablo de respetar las leyes de tránsito o tener educación vial —eso ya es ciencia ficción aquí—, hablo de la simple y bonita empatía.
Y no, no se trata de manejar como viejito. Yo no manejo así, aunque mi “carrazo-lancha” y los añitos encima puedan hacer pensar lo contrario.
Mi panga espacial de cuatro ruedas —que ya traía un espectacular madrazo en el costado derecho cuando la compré— impone respeto. Tiembla cualquier auto que se le empareja y, cuando voltean y ven a una mujer al volante, ya sé exactamente lo que piensan: no importa qué tan buenas seamos manejando, para muchos seguimos siendo “unas pendejas”.
Pero no, quienes me conocen —y a quienes les he enseñado a manejar— saben que tengo excelentes reflejos. Vengo de una familia de mujeres que conducen mejor que el promedio; de hecho, ellas manejaban mejor que yo. Yo soy la más cafre.
Y sí, este carro-lancha es perfecto para mí ahora: es cómodo para mi espalda y, seamos realistas, nadie se quiere robar semejante panga chocada y gastona. Ya me despojaron de un vehículo con violencia en 2017; aquel día, cuando fui a denunciar, había un gentío, el agente dijo que habían robado unos 50 autos más. Seguro la cifra oficial fue menor, porque Quirino.
Pero a lo que iba. Fui a cierta tienda a resurtirme de vitaminas que necesito. El estacionamiento es amplio, bien señalizado y, por ahora, sin plumas de cobro. Salgo en reversa y, al avanzar, un Jetta con polarizado negro entra… en sentido contrario. El tipo se planta frente a mí esperando que yo me quite.
Yo no me moví. Él tampoco. Tenía espacio a su derecha para hacerse a un lado y dejarme pasar, pero se quedó ahí, como si el pasillo fuera suyo. Baja el vidrio, me grita algo. No le entendí ni le quise entender. Él venía en sentido contrario y pretendía que yo retrocediera. Lo cierto es que tengo buen sentido de la proporción y puedo pasar pegadita entre los autos sin pegarles, pero en esta ocasión “su señoría” no dejó espacio suficiente, y yo con la lancha, no un Jetta, ni cómo (ya tuve un Jetta antes).
Y ahí me dije: “Ya estuvo. Yo no me echo para atrás. Que se mueva él”.
Puse el carro en parking —que para eso está— y nos quedamos viéndonos. Los empleados del estacionamiento miraban de reojo, sin intervenir. Lo mismo los vendedores de limpiaparabrisas: silencio total. Porque en Culiacán todos sabemos lo que significa no saber quién está al volante.
Finalmente, tras varios largos minutos, su majestad se echó en reversa, furioso, y se orilló. Yo avancé. Y como buen macho al volante, aceleró para rebasarme a dos centímetros del espejo, como si con eso tuviera que “demostrar algo”.
En un estacionamiento, donde puede salir un niño, un adulto mayor o un perro de entre los carros, no se va a toda velocidad. Pero a este tipo no le importaba. Lo que quería era dejar claro que yo era —según su lógica— una “señora tonta” que no supo pasar por donde él creía que sí se podía.
No sé si sea la narcocultura o la simple falta de empatía. Pero esta ciudad no necesita más retenes ni más operativos: necesita que dejemos de normalizar la prepotencia como si fuera identidad culichi. Porque no es cultura… es violencia.
Mientras la intimidación siga dictando cómo se maneja en Culiacán, no habrá semáforo, tope o ley que alcance.
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