El nuevo libro de Sheinbaum y la transición en Sinaloa

Por Diego Angulo

Por allá, a finales de los años 80, cuando tenía 4 o 5 años, aprendí a nadar en el arroyito cerca del Cerro Bola, relativamente lejos del pueblo en que viví. El Muerto está lleno de lugares donde pude aprender: las laterales, posetas, drenes, y cerca está El Ostional, una bahía con aguas quietas. Visitaba esos lugares comúnmente, pero no lograba aprender a nadar. Fue en el arroyito donde lo logré, en una Semana Santa, rodeado de ensaladas de atún, con panes Bimbo, elotes y cocas.

Lo logré por una sencilla razón: había una corriente fuerte. Iba arroyo arriba entre las parcelas, me metía y me dejaba llevar por la corriente arroyo abajo, moviendo los brazos y los pies. Hice esto muchas veces durante todo el día, hasta que pude nadar en aguas quietas, debajo del puente de la costera, donde estaba la poseta del arroyo.

No puedes ir contra la fuerza de la historia.

No es solo la metáfora del aprender a nadar; muchos lo han estudiado en diferentes áreas: en historia, Giovanni Arrigui los llama ciclos hegemónicos; en economía, Nikolái Kondrátiev los menciona como ciclos económicos; en la teoría del cambio político, Samuel Huntington los llama “olas”.

Hace días escribí cómo Andrés Manuel López Obrador delineó el futuro de nuestro movimiento en el discurso del 18 de marzo de 2023. Dijo: “Nada de zigzaguear, sigamos anclados en nuestros principios… no a las medias tintas”, y ahí salió por primera vez la frase “Está asegurada la continuidad con cambio”, que luego se convirtió en el segundo piso de la Cuarta Transformación.

Hay un claro viraje del movimiento hacia la izquierda y una ruptura con el pragmatismo del 2018, 2021 y 2023.

Estamos, en términos de Arrigui, al final del “conflicto sistémico”, cuando la Cuarta Transformación se impone como nuevo poder dominante con “liderazgo” para proyectar al país en la dirección deseada y establecer un “nuevo orden” (reformas constitucionales, entre ellas la del Poder Judicial).

Es decir, la etapa de los pactos y acuerdos con los poderes del viejo sistema, necesarios para lograr la consolidación de la hegemonía, se terminó. Se inicia una etapa de conflicto con los antiguos aliados que no entienden la nueva realidad política e ideológica. Sin embargo, no es una crisis; en realidad, es un acomodo asimétrico donde las fuerzas que quieran ir contra la fuerza del arroyo se ahogarán.

No es casualidad el título de el nuevo libro de Sheinbaum, Diario de una transición histórica; es muy sugerente. ¿Por qué “transición” si ambos presidentes vienen del mismo partido? ¿Por qué “transición” si la misma presidenta ha dicho que vienen del mismo movimiento? ¿Por qué “transición” si Claudia ha continuado la política de AMLO casi al pie de la letra, incluso impulsó la reforma al Poder Judicial y hoy impulsa la reforma electoral?

Para enredar este asunto, en el propio libro Sheinbaum nos confunde más: “En el pasado (en la era priísta), el presidente electo solía marcar distancia de su antecesor, trazar un nuevo rumbo. Esta vez no fue así, no hacía falta. Porque formamos parte de un mismo proyecto de transformación”.

Entonces, ¿de qué transición habla? Es claro: del pragmatismo político a la izquierda ideológica.

Así que, como la monja viral del TikTok del juego mecánico, hay que colocarse en el punto central para que la fuerza de aceleración centrípeta los mantenga en equilibrio y no salgan volando. Lo cierto es que muchos nos hemos mantenido ahí y no necesitamos movernos a ningún lado.

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