Una experiencia que la movió desde la raíz
Alejandra Robles, La Morena, apareció en la Plazuela Obregón como quien entra en un territorio desconocido con el corazón abierto. Aunque su música ha viajado por México y el mundo, confesó que esta es la primera vez que pisa Sinaloa, y lo que vivió transformó profundamente su percepción de la música regional mexicana y de sí misma.

“Estoy muy impresionada”, dijo sin contener la emoción.
“Había venido al norte, pero nunca a Sinaloa. Ayer fuimos a Mochis y me quedé impactada primero por la vegetación, un tipo que no tenemos en Oaxaca, y luego por la armonía de la gente.”
Su mirada no fue turística; fue espiritual. Observó la tierra, la forma de caminar de las personas, esa energía silenciosa que sostiene a los pueblos. Y desde ahí comenzó a escuchar la música.
Banda y Oaxaca: un puente inesperado
En el escenario de Flores de Amapa, Alejandra interpretó “Dos Almas”, una pieza con resonancia profunda que habla de la muerte y el rito, una marcha fúnebre vestida de sentimiento.

“Creo firmemente que estamos hermanados por la música, Oaxaca y Sinaloa. ‘Dos Almas’ tiene esa relación con la muerte, esa deidad hacia lo que trasciende. Y creo que sería increíble escucharla con una banda oaxaqueña.”
En sus palabras hubo revelación:
no llegó a imponer su identidad musical, sino a reconocer un espejo.
Aprender desde la vulnerabilidad
Alejandra confesó que llegó a este proyecto desde un lugar humilde: aprender algo completamente nuevo.
“Maria Inés me inspiró. Le agradecí mucho porque era una forma de aprender algo nuevo. La música que ella nos puso a estudiar yo no la conocía. Ninguna de las piezas que canté aquí las había cantado antes.”

Incluso frente a “El Sinaloense”, una obra emblema que definió identidades enteras, Alejandra se despojó de la seguridad técnica y se lanzó a lo desconocido.
“La había oído, pero nunca la había cantado. Y wow… me quedo impactada con la fuerza que tienen las bandas.”
Su comparación no fue musical, sino humana:
“En Oaxaca todo es más abajo, más tranquilo. Aquí hay una fuerza brutal, la tambora, las trompetas, los trombones… Mucha fuerza. Muy bella.”
Lo que encontró fue energía comunitaria, el rugido de los metales que sostiene la vida en Sinaloa incluso en sus días más duros.
Una artista que se deja atravesar
Al despedirse, Alejandra no habló de carrera, de técnica ni de éxito. Habló de transformación.
“Me voy impactada,” dijo, con una mezcla de asombro y gratitud.
“Gracias.”
Y en esa palabra pequeña cupo la posibilidad de nuevas composiciones, nuevas colaboraciones y un puente cultural que recién comienza a construirse.








