Por: Erick Calderón
En México tenemos un sentido del humor envidiable; podemos reírnos de casi todo. De la tragedia, del caos, del político en turno. El humor, sin duda, es nuestra válvula de escape.
No obstante, hay situaciones actuales que ya no provocan risa, sino una mueca de incomodidad, por ejemplo, cuando quienes prometieron ser distintos empiezan a parecerse demasiado a aquello que juraron combatir… y encima, actúan como si no pasara nada.
Lo de Sergio Mayer pidiendo licencia para entrar a La Casa de los Famosos es una postal perfecta del contexto político que hemos vivido los últimos años: la representación popular convertida en algo intercambiable, como si el mandato ciudadano fuera un contrato flexible, lo que llevó a Monreal a señalar la necesidad de revisar perfiles en Morena rumbo a 2027.
El problema es más amplio, pues va más allá de la legalidad o eticidad de las decisiones de Mayer. Es el síntoma visible de una lógica más profunda: la convicción de que la marca partidista puede resistir cualquier perfil, cualquier biografía, cualquier contradicción. Porque, al final, “la gente vota por el proyecto”.
Morena nació denunciando el dedazo del PRI, el compadrazgo del PAN y las tribus del PRD. Prometió acabar con la política del apellido y del cuate. Sin embargo, los nombres empiezan a acumularse como si estuviéramos viendo una revista de chismes de la farándula mezclada con un árbol genealógico.
Ahí está Cuauhtémoc Blanco, cuya popularidad deportiva fue suficiente credencial para gobernar un estado con resultados ampliamente cuestionados. Con esa ligereza es con la que se ha asumido que la fama puede sustituir la capacidad administrativa.
En esa misma lógica de perfiles que parecen elegirse más por cercanía que por mérito, resulta imposible no mencionar a David Monreal Ávila, gobernador de Zacatecas y hermano de Ricardo Monreal. Durante años ha figurado entre los mandatarios peor evaluados del país en distintas mediciones públicas.
Ahí está Félix Salgado Macedonio, envuelto en acusaciones graves, cuya inhabilitación política terminó desembocando en la candidatura —y posterior gubernatura— de su hija, Evelyn Salgado Pineda. Todo dentro de la ley. Todo impecable en el procedimiento. Y, sin embargo, profundamente revelador en el mensaje: si no puede él, puede la familia. La cuarta transformación, al parecer, también se hereda.
En Puebla aparece Ignacio Mier Bañuelos, hijo del coordinador parlamentario. En Tabasco, Tey Mollinedo Cano, sobrina de un personaje cercano al poder. En el ámbito judicial capitalino, María Fernanda González Nahle, sobrina de Rocío Nahle, asciende en medio de señalamientos de nepotismo. En otras coordenadas, Luis Miranda Barrera, con raíces priistas evidentes, encuentra espacio bajo la alianza oficialista. Y Roberto Albores Gleason, ex PRI, logró también reinventarse con sorprendente velocidad ideológica.
En Sinaloa, figuras como Gerardo Vargas Landeros, proveniente directamente del Malovismo, muestran cómo el reciclaje político no ha distinguido colores cuando el pragmatismo manda. También en Ahome, el episodio de Billy Chapman dejó claro que el filtro de perfiles puede ser alarmantemente laxo cuando la prioridad es ganar y no necesariamente representar.
La suma de estos nombres no es una lista negra. Es un patrón. Un patrón que contradice el relato fundacional del movimiento, en el que el proceso de selección prioriza lealtades personales sobre capacidades públicas. Y cuando eso ocurre sistemáticamente, el movimiento deja de ser movimiento y se convierte en cúpula. El que no lo quiera ver que no lo vea, pero ahí está.
Porque el problema real no es que existan perfiles cuestionables. Eso ocurre en todos los partidos. El problema es la normalización. La defensa automática. El cierre de filas en torno a personas muchas veces despreciables. La idea —cada vez menos disimulada— de que la militancia votará lo que sea mientras el logotipo sea el correcto. Si la dirigencia parece asumir que la base votará cualquier cosa, el mensaje implícito es que lo que piense y sienta el electorado es secundario o irrelevante.
Ese es el verdadero agravio: asumir con tanta ligereza que el elector no distingue entre congruencia y conveniencia.
Cuando se coloca a un personaje polémico y se responde con un “es legal”, por lo general se está evadiendo la discusión ética. Cuando se impulsa a un familiar y se replica “lo eligió el pueblo”, se omite deliberadamente el peso del aparato. Cuando se recicla a figuras del viejo régimen y se habla de “amplitud”, se olvida que la promesa original era ruptura, no absorción. Si termina pareciéndose a aquello que prometió superar, entonces el problema ni siquiera es ideológico, sino histórico.
La hipocresía no está en cometer errores. Está en condenar durante años el nepotismo, el amiguismo y el dedazo… y luego justificar sus versiones actualizadas con argumentos técnicos.
El mensaje que se envía es que realmente no importa el perfil, importa la lealtad. No importa la trayectoria, importa la cercanía. No importa la congruencia, importa la disciplina.
Ahí es donde la ironía deja de ser divertida. Porque el mexicano puede reírse de un reality show legislativo. Puede bromear con la farándula política. Lo que no acepta tan fácilmente es que lo subestimen y traten como espectador pasivo de decisiones tomadas en una mesa cerrada.
Un movimiento pierde identidad cuando deja de exigirse a sí mismo lo que exigía a los demás. Cuando la autocrítica se convierte en discurso decorativo o como si fuera un signo evidente de traición. Cuando la coherencia se sacrifica en nombre de la eficacia electoral, como si exigirla fuera hacerle el juego al enemigo.
Morena prometió ser distinto. Si termina replicando las prácticas que denunció, el problema ya no será la oposición. Será la memoria.
Y la memoria política, no siempre es tan corta como se cree.
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