Por Cruz Gonzalez Astorga
Antón Chéjov escribió una grandiosa obra titulada “el pabellón número 6”; sin una clasificación literario precisa, oscila entre el cuento largo y la novela corta. Estructuralmente es impecable, artísticamente quizá la más elaborada de sus obras, sin olvidar su tendencia a resaltar humorísticamente lo trivial, eso que Milán Kundera llama “la fiesta de la insignificancia”.
Como comentó en una disertación el maestro Sergio Pitol, de todos los escritores rusos del siglo de oro, sólo Chéjov no pertenecía a la nobleza; su descendencia provenía de los siervos, sólo con él se rompió esa cadena que arrastró a su familia por varias generaciones.
Los primeros escritos de Chéjov fueron publicados en gacetillas “irrelevantes” de las ciudades, contenían historias cómicas sin más relevancia que entretener a los lectores; actividad que le granjeaba algunas monedas para el sustento familiar; estudió medicina, la cual ejerció por algún tiempo hasta abandonarla por completo para dedicarse a su mayor pasión que es la literatura.
Mientras escribía cuentos, en las urbes se le leían con entusiasmo. Sin saber el impacto que generaban, los escritores consagrados le sugirieron pulir los escritos para evitar la vaguedad de las prisas y la improvisación.
Chéjov acata las recomendaciones, es decir, se dedica de lleno a escribir, dándole un vuelco estético a sus narraciones, el resto es por todos conocidos, pertenece al grupo de escritores clásicos de su país; el hijo de campesinos esclavos colocado al lado de colosos de la literatura como Pushkin, Turgenev, Dostoievski, Tolstoi y Lérmontov, entre otros.
Antón Chéjov es conocido en el mundo literario como el creador del cuento moderno, contienen un humor que le acompañó durante toda su vida como artista; se reía de la banalidad de la vida, de la filosofía de Tolstoi luego aplicada por Gandhi, del sistema de justicia del zarismo, la soledad de las aldeas, los prejuicios sociales, la percepción social hacia los intelectuales, los artistas imitadores de los europeos, el atraso de la medicina en Rusia, el aburrimiento en las tardes de café, la monotonía del invierno, el silencio después de las conversaciones, los clichés de los salones, de la educación que parecía trataban con criminales, del glamour decadente de la aristocracia, el culto al uniforme, el dogma del servicio militar, la estupidez de los duelos y las exageradas gesticulaciones de los actores de teatro.
Junto con Gógol; Chéjov es el maestro de la ironía; a diferencia del primero, no se inclina por los fantástico como en los cuentos “el Abrigo” o “la Nariz”; Chéjov arranca carcajadas de la vida ordinaria, lo intrascendente.
La mayor parte de su creación la dedicó a los cuentos, pero también destacan las obras de teatro como “el Jardín de los Cerezos”, “la Gaviota”, “el tío Vania”, “las tres Hermanas”; la novela policiaca “un Drama de Caza”; dos novelas cortas “el Disparo” y la obra evocadora de estas palabras: “la Sala Número 6”.
Chéjov se convirtió en un escritor que rebasó las fronteras físicas y lingüísticas de Rusia; trascendió las fronteras del tiempo, sus cuentos siguen influyendo entre los escritores jóvenes, y sus obras de teatro pasan a escena en las ciudades modernas, dejando una estela comunicativa entre el público con el autor.
“La Sala Número 6” retrata una época que no volverá más; el zarismo, lleva el aliento de la melancolía, la tristeza y el aburrimiento de la Rusia de finales del Siglo XIX. Mientras Francia se convulsionaba con la revolución burguesa, y Alemania se debatía entre los sistemas filosóficos e Inglaterra por la revolución tecnológica que le permitió ampliar los mercados en ultramar; Rusia seguía rindiéndole pleitesía al Zar, pero algo en el fondo había cambiado, el arte estaba echando raíces en la sociedad y a la vuelta de la esquina se verían sus resultados.
“La Sala Número 6” tiene como escenario la sociedad rusa, la más atrasada de Europa en organización social y administración estatal; con ese color gris de la vida social, Chéjov dibuja personajes patéticos, cansados, aburridos, enfermos de rutinas y sin mayor aspiración que vivir del presupuesto del Estado y las rentas de los esclavos.
En ese ambiente terriblemente abrumador, también surgen personas inteligentes, esos llamados locos por enfrascarse en la filosofía donde es el razonamiento lo que dicta el análisis de la realidad (tendencia de pensamiento influyente en esa ápoca), no la superstición, el chismoreo, o como sucede actualmente, a través de las redes sociales.
Las discusiones de este círculo de intelectuales versaban entre si la plebe era o no capaz de razonar, y, si las reformas políticas podían sacar a Rusia del atraso en el que vivía sumergido.
Lo curioso en el relato, y aquí se asoma la risa chejoviana, es que las personas “racionales” son consideradas locas y las “irracionales” cuerdas. Andrei Efimich era el Doctor general de un hospital con internado para enfermos mentales.
Andrei pocas veces visitaba el pabellón donde dormitaban como en un infierno los enfermos, hasta que la casualidad o la tentación lo llevó a husmear, conociendo de esa experiencia fugaz a Iván Dimítrich, joven noble con ciertos estudios universitarios con quien entabla una conversación profunda e interesante.
Al encuentro le siguen otros más, Andrei e Iván entablan conversaciones elevadas cada vez que se ven, estas se prolongan hasta altas horas de la noche; Andrei Efimich encuentra por fin quién le entienda en cuestiones intelectuales, la versatilidad mental del “loco”, las temáticas inusuales y las formas y ordenamiento de las ideas con las que expone y describe la situación apremiante de la sociedad rusa le seducen al grado de descuidar la dirección de la psiquiatría a su cargo.
El problema del Doctor Andrei Efimich, percibido por sus colaboradores, fue relacionarse con Iván Dimítrich, un joven atormentado por la tragedia familiar y los nervios a flor de piel en su delirio de persecución.
Las visitas, al ser observadas, fueron interpretadas como síndrome de locura en el Doctor. Fue examinado por un grupo de especialista sin resistencia alguna, recomendándole unas vacaciones para tranquilizar los nervios producidos por las exigencias del trabajo.
Sin sospecharlo, Andrei Efimich, aprovecharon su ausencia para cambiar el régimen del hospital, incluyendo la dirección del instituto de salud. Cuando regresó, habían prescindido de sus servicios, Andrei Efimich quedó triste al ser excluido, mientras la nueva administración esperaba la muerte de alguno de los pacientes del internado para incorporar al Doctor a la sucia y asfixiante “Sala Número 6” para ser golpeado por el loquero como al resto de los enfermos.
La moraleja es una paradoja existencial; ¿Por qué el entablar conversación con los enfermos mentales representa un acto contra las normas sociales? Afortunadamente en la actualidad la percepción ha cambiado, pero hace siglo y medio era diferente, Chéjov, siendo médico, se mofa del atraso de su país en los planos de salud y educación, no fue casual que dijera en algunos de sus textos que pasarán siglos para que Rusia cambie radicalmente en estos rubros.
¿Es el arte de pensar el valor supremo de la cultura? La paradoja sigue siendo la misma tanto para Chéjov como para nosotros. El vínculo entre Andrei Efimich y el intelectual Iván Dimítrich dan respuesta al dilema plateado, en especial a la tragicomedia que se vive en la sociedad moderna (el mercado se abre con crédito y con las armas cuando la cruz ya no es efectiva), el Doctor Andrei reflexiona al diagnosticar su enfermedad real: “Mi única enfermedad es que, después de veinte años, no he encontrado en toda la ciudad más que a un hombre inteligente, y éste está loco”.








