Qué manera de ser mediocre

Por Edgar Adair Espinoza Robles

Hay oposiciones que dignifican la vida pública. Que cuestionan con argumentos, que equilibran el poder, que obligan a gobernar mejor. Y hay otras que han decidido instalarse en la mediocridad como forma de existencia política. No es un desliz, es una estrategia: ruido en lugar de ideas, escándalo en lugar de propuestas, descalificación en lugar de debate.

La historia reciente está llena de ejemplos. El caso de Maru Campos no solo exhibe contradicciones éticas, sino la forma en que ciertos liderazgos del viejo régimen han normalizado la opacidad mientras se presentan como alternativa moral. Pero el problema no es una persona es una cultura política que se resiste a morir. Una cultura que se alimenta del entreguismo, de la subordinación a intereses externos y de una visión de país donde lo público se administra como botín.

Porque sí el PRIAN no solo ha sido ineficiente, ha sido históricamente complaciente con agendas ajenas a la soberanía nacional. Cuando gobernaron, abrieron puertas sin medir consecuencias; cuando son oposición, actúan como si el país fuera una pieza negociable en el tablero internacional. La patria, para ellos, parece ser un concepto utilitario.

Pero quizá lo más preocupante no está en sus decisiones de política, sino en su degradación discursiva. Ahí donde deberían elevar el debate, lo envilecen. Basta ver el tono con el que sus voceros y medios afines se han referido tanto a la gobernadora interina de Sinaloa como a la presidenta Claudia Sheinbaum. No es crítica política es misoginia disfrazada de análisis, es clasismo en estado puro.

Se burlan, minimizan, cuestionan desde prejuicios de género y de origen. Les incomoda que el poder tenga rostro distinto al que ellos monopolizaron durante décadas. Les irrita que una mujer gobierne sin pedir permiso. Les duele que la narrativa ya no les pertenezca. Y entonces reaccionan como lo que son, una élite desplazada que no entiende al país que dice representar. Hablan de “la gente” sin conocerla. Opinan sobre el pueblo sin haberlo escuchado. Se dicen cercanos, pero viven lejos no solo geográficamente, sino emocional y políticamente de las realidades que hoy definen a México.

La mediocridad no es falta de capacidad, es falta de propósito. Y ellos, hoy por hoy, parecen haber renunciado a tener uno. No construyen, no proponen, no conectan. Solo reaccionan. Y por si fuera poco, reaccionan mal.

México merece una oposición que esté a la altura de su gente. Una que critique sin odiar, que cuestione sin degradarse, que compita sin traicionar a su país. Mientras eso no ocurra, seguiremos viendo lo mismo una oposición atrapada en su pasado, incapaz de entender su presente y completamente perdida frente al futuro.

Qué manera de ser mediocre. Qué manera de perder.

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