Por: Cruz Antonio González
A veces teorizamos sobre planteamientos de autores o se discuten conceptos básicos, así como interpretaciones de libros. En el caso de la promoción de la lectura no es un tema menor; se publican estudios y estadísticas sobre nuevas técnicas para enseñar a leer, así como porcentajes de cantidades de libros que por región o país se leen cada determinado tiempo, y más recientemente se hace énfasis a la comprensión lectora.
Con el paso del tiempo se valora a las personas, cuando las experiencias evocan el pasado, se intenta recordar esas enseñanzas sobre la lectura y la escritura proporcionada por la maestra Magdalena, porque sus conclusiones coinciden con las tuyas.
La maestra Magdalena es una mujer fuerte, seria, de recio carácter, dedicada, y que difícilmente se le podría arrancar una sonrisa de su rostro, pero que una vez lográndolo te ganabas la confianza.
En esos años era un mozalbete que poco o nada entendía de literatura, al tener limitaciones como lector, esos vacíos se manifestaban en la redacción; una de las curiosidades de la vida es no darte cuenta de las fallas hasta que otra persona te presta su conciencia, y te miras en la mirada de ella. La única manera de superar esas dificultades es leyendo más y escribiendo menos, puliendo los textos, sin improvisaciones.
Tenía el vicio inconsciente de escribir sin respetar los márgenes, eso está bien mientras el texto sea para uno mismo, no para presentar trabajos, se requiere de formalidad. Entre las correcciones está el cuidar los márgenes, parece irrisorio, cosa que ahora hasta un niño de primaria hace sin problema, la dificultad se manifestaba en la forma, no en el contenido.
El problema no era el escribir, sino identificar el vehículo por el cual expresar una cosa u otra, por ejemplo, la estructura para redactar una carta es diferente a la estructura del cuento, y la del cuento es distinta del poema, así como la del poema del ensayo.
Distinguir las estructuras, y lo que en ellas se puede comunicar son aspectos que la profesora María Magdalena trabajaba sin rebuscamientos. Su manera de trabajar la redacción era escribiendo, explotando los recursos como la descripción escrupulosa del ambiente que nos rodea y la experiencia personal, con la libertad de mezclar sentimientos e ideas.
Una vez elaborado el escrito se pasa por el proceso de tortura, sí, la tortura de la corrección, porque como lector puedes identificar aspectos de los textos de otros autores, pero observar los tuyos no es sencillo, guardamos consideración con nuestras producciones.
A la tortura de la creación le sigue la corrección, como escribía en libretas, la culminación de un texto pasaba por una serie de borradores, era un hacer y rehacer del escrito que abarcaba más horas en estos aspectos que en su elaboración.
Actualmente es más práctico el uso de la computadora, lo que no significa que el elemento de tortura desaparezca, se lee, repasa, quita y pone palabras, frases o párrafos enteros hasta que el agotamiento termina por imponerse, sin impedir del todo las filtraciones de errores ortográficos o pensamientos mal expuestos.
Para llevar a cabo un trabajo formativo de esta naturaleza hay que tener conocimiento de causa, es decir, conocer los planteamientos teóricos sobre los procesos de lectura y redacción.
La profesora Magdalena llevaba a la práctica sus propias conclusiones; en el segundo semestre del primer año se realizó un diario de clases colectivo, en una libreta grande facilitada por ella, se plasmó durante sus sesiones lo que cada alumno veía o escuchaba en la clase, la redacción se limitaba a los sucesos cotidianos dentro del aula, en cada clase se cambiaba de redactor, a la siguiente sesión daba lectura a las anotaciones.
Mientras el observador leía sus observaciones, otro tomaba apuntes, ahí quedaba de manifiesto las virtudes de percepción, anotación y exposición; se arrancaban carcajadas a diestra y siniestra, en momentos lúgubres cierta lagrimita y en los lapsos de tensión el desconcierto. Dependiendo del contenido del diario era la emoción que se vertía en clases, una práctica realmente interesante que terminó por atrapar a la mayoría de mis compañeros.
Esta actividad la realizo actualmente con mis alumnos de manera personalizada, si se deja al garete el contenido será monótono, repetitivo, sin muchas variantes. En cambio, si se hacen sugerencias de qué escribir, sea del contenido del desayuno, los ingredientes que lleva, quienes participaron en la elaboración y las sensaciones dejadas una vez que se consumió, la redacción se enriquecerá considerablemente.
Si recuperamos las acrobacias automovilísticas al ir a la escuela o los motivos de las disputas entre compañeros, los juegos en el recreo, o en el peor de los casos, los berrinches realizados porque la mamá les recoge el celular, sin duda alguna el contenido será bastante rico, ahí el maestro juega un papel fundamental explorando esos escenarios impensados por la mente infantil a través de preguntas o ejemplos, motivándolos como una actividad que parte de lo irrelevante, pero que puede ayudar mucho en el proceso de redacción.
En la clase de la maestra Magdalena se leía una diversidad de textos orientados con su intervención mediante preguntas; la multiplicidad de interpretaciones eran el fruto de una buena conducción. Las preguntas no eran para llegar a las conclusiones fabricadas con anticipación, como sucedía con muchos docentes tendientes al adoctrinamiento, con la idea de que las respuestas vertidas le den la razón; con la maestra Magdalena las preguntas situaban al lector para que asumiera su propio camino.
Con el paso de los años me vi en el mismo predicamento, si la promoción de la lectura consistía en adoctrinar lo que uno piensa o dejarlo a la libre interpretación de los alumnos; he pasado del primero caso al segundo, no sin dificultad.
En mis inicios como docente cometí ese terrible error de confundir formar lectores con adoctrinar, y eso vale también con la imposición de nuestros gustos literarios, así sea con autores como Shakespeare, Goethe o Virgilio. Nuestros gustos son nuestros, forman parte de nuestra trayectoria como lectores bajo circunstancias que nadie más vivirá, por eso las imitaciones en la literatura no son posibles, pretender escribir como Quevedo o Cervantes es imposible porque nos separan siglos, contextos, tradiciones y las vivencias personales en una realidad específica.
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