Hijos del miedo y la violencia

Por: Michelle Campoy

Nueve meses no es solo una cifra: es el tiempo que le toma a la vida crear un nuevo
ser humano. En Sinaloa, ese mismo tiempo nos ha servido para incubar otra cosa:
una criatura no deseada, forjada en el útero de la impunidad, alimentada por balas,
silencios y desplazamientos. La violencia no llegó de golpe con el gobierno actual, ni
con el anterior, ha sido —como ya lo hemos mencionado en otras reflexiones— el
trabajo en conjunto de toda la sociedad Sinaloense. El próximo 9 de junio, nacerá
algo que demandará —metafóricamente— nuestra total y completa atención.

Desde septiembre de 2024, Sinaloa ha sido escenario de una violencia sostenida
que ha dejado 1,195 homicidios dolosos y 1,127 personas privadas ilegalmente de la libertad, de las cuales solo 539 han sido localizadas con vida. Hay niños
asesinados —39— y 97 menores desaparecidos. Fosas clandestinas que se
multiplican como células cancerígenas: 19 fosas en solo unas semanas, con al
menos 24 cuerpos exhumados, sin contar los que aún no se encuentran.

En términos gestacionales, este entorno es un útero hostil. Sabemos, gracias a la
psicología perinatal, que el entorno que rodea un embarazo influye decisivamente
en la salud mental y emocional del nuevo ser. Tal como sostiene el psicólogo
Thomas Verny, “el estrés, la violencia y la ansiedad vividos durante la gestación
afectan el desarrollo del sistema nervioso del feto”
. ¿Qué tipo de ser se forma
cuando el vientre simbólico de una sociedad está lleno de violencia?

Sinaloa está gestando un ser herido. No un bebé de carne y hueso, sino una
generación futura marcada por la pérdida, la orfandad, la precariedad emocional y
social. El hospital psiquiátrico de Sinaloa reporta que al menos se atienden desde
hace dos años 100 atenciones diarias por ansiedad y depresión. El director del
Hospital psiquiátrico, Saul Pérez Parra declaró: “Nosotros hace cinco, seis años,
(…) teníamos que había nada más 12 mil niños, pero ya que hicimos un estudio
más a conciencia, más responsable, encontramos que en Sinaloa tenemos 58 mil
niños que ocupan atención por un problema de salud mental”
, dijo.

“La pandemia fue un factor, el tener a los niños enclaustrados, sobre todo en las
zonas urbanas, provocó que los niños se tornaran violentos, agresivos, se
deprimieran y eso obviamente son cuadros de ansiedad y depresión”
, agregó.

¿Alguien ha cuantificado cuántos huérfanos dejarán estos homicidios que siguen en
ascenso? ¿Cuántas madres solteras —sin redes de apoyo— cargarán solas con el
duelo y la sobrevivencia? Casi el 80% de los asesinados son hombres. No sólo
mueren los cuerpos: mueren los padres, los hermanos, los hijos, y queda el vacío, la
ausencia estructural que no aparece en los titulares y que determinará el futuro de
nuestra sociedad, no importan que los buenos seamos más, los traumas que no se
atienden se repiten, es un asunto que va más allá de cualquier juicio moral.

845 familias desplazadas, 31 elementos de seguridad asesinados, casi un
centenar de casas vandalizadas tan sólo en Culiacán, miles de armas
aseguradas, más de 4 mil 719 vehículos robados y comunidades enteras con miedo
a salir a la calle. Este entorno no es neutro, ni fértil. La violencia no es un paréntesis:
es el lenguaje con el que estamos escribiendo la historia emocional de una
generación entera.

Desde el psicoanálisis, Melanie Klein sostuvo que el miedo y la agresión se
internalizan en las primeras etapas de vida como objetos persecutorios. Si el
ambiente social es violento, no sólo se heredan traumas: se estructura una
subjetividad marcada por el dolor. Jacques Lacan lo amplía: el sujeto se forma en
relación a un Otro, y si ese Otro —la sociedad, el Estado, la comunidad— aparece
como amenazante, el deseo se deforma, se reprime o se convierte en agresión.
Repito, si ese otro aparece como amenaza el deseo se deforma, se reprime o se
convierte en agresión.

Michel Foucault diría que el poder se ejerce sobre los cuerpos, y en Sinaloa, esos
cuerpos han sido disciplinados por la desaparición, la tortura y la muerte. ¿Qué
sociedad nace cuando los cuerpos vivos valen menos que los cuerpos encontrados
en fosas?

Así que, lo que nuestro bello estado está por parir es inevitable, inabortable e
innegociable. Tarde o temprano nos exigirá la responsabilidad de aceptarlo, de
asistirlo durante su crecimiento y reeducarlo. Hay que intervenir. Y la intervención no
es sólo militar ni exclusiva del Gobierno: es emocional, cultural, institucional. Si no
hay memoria con acción, lo que nacerá será un monstruo hecho de nuestras
omisiones y de nuestra victimización, un escenario ideal para que crezca a largo
plazo otro escenario de ingobernabilidad

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1 Comment

  1. Lucia Judith Castro Fernandez dice:

    Es una realidad inverosímil si un gobierno permite que mueras los niños ,niñas y adolescentes que podemos esperar .
    Se está atentando contra el bien superior del menor donde la prioridad es la supervivencia.

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