Por: Jonatan Azbat Carrillo
En Sinaloa hay decisiones que, más que debatirse en el presente, tendrían que revisarse a la luz del pasado. No para frenar cualquier cambio, sino para entender qué ya se intentó, qué salió mal y, sobre todo, qué no se debería repetir.
Lo que hoy se discute en Guasave sobre la posible reubicación de la Biblioteca Pública “Raúl Cervantes Ahumada” merece justamente eso: contexto, memoria y un poco de pausa.

La alcaldesa Cecilia Ramírez ha planteado que la intención no es eliminar la biblioteca, sino hacerla más útil, más cercana a la gente y, en el camino, optimizar recursos. En el papel, la idea no suena descabellada. Pensar en cómo acercar la cultura a más personas siempre será un objetivo válido.
Pero en Sinaloa ya hemos visto este tipo de decisiones antes. Y no en una sola administración, sino en varias. Gobiernos que, con distintos discursos, han optado por mover, reconfigurar o “reinventar” espacios públicos culturales con la promesa de mejorarlos.
El resultado, en más de un caso, ha sido otro.

El ejemplo más claro es el de la biblioteca “Gilberto Owen” en Culiacán. En su momento, se decidió retirarla de su ubicación original bajo la lógica de transformar el espacio y apostar por un proyecto distinto. La intención, al menos en el discurso, era mejorar.

Pero lo que siguió fue un proceso largo y accidentado: el acervo desplazado, condiciones inadecuadas de resguardo, años sin un espacio funcional y, sobre todo, la pérdida de una comunidad que durante mucho tiempo hizo de ese lugar un punto de encuentro.
Cuando finalmente se concretó una nueva sede, ya no era lo mismo. La ubicación no favorecía el acceso como antes, el flujo de usuarios cambió y la vida que tenía esa biblioteca en su espacio original simplemente no regresó.
No desapareció como tal, pero dejó de ser lo que era.
Y ese no ha sido el único caso. A lo largo de distintas administraciones, espacios culturales que fueron movidos o transformados han perdido fuerza, han dejado de convocar o han quedado lejos de la dinámica que alguna vez tuvieron. No siempre por mala intención, pero sí por decisiones que no midieron el impacto a largo plazo.
Por eso la preocupación que hoy se expresa, como la de Hortensia López, no parte de una negativa automática al cambio. Parte de la experiencia.
Las bibliotecas no son solo infraestructura. Son puntos de encuentro, espacios de consulta, de formación, de comunidad. Y su funcionamiento depende tanto de su ubicación como de las condiciones en las que operan.
En ese sentido, antes de pensar en moverlas, quizá la pregunta tendría que ser otra: ¿se ha hecho todo lo posible por fortalecerlas donde están?
Porque también hay elementos que no se pueden ignorar. Señalamientos sobre falta de insumos, reducción de horarios, ausencia de herramientas básicas como internet. Situaciones que, por sí solas, ya limitan el alcance de cualquier biblioteca.
Y entonces el diagnóstico puede volverse engañoso: un espacio debilitado difícilmente va a reflejar su verdadero potencial.
El argumento de la austeridad también entra en esta conversación. Es comprensible que las administraciones busquen optimizar recursos, pero en el caso de los espacios culturales, ese equilibrio suele ser delicado. Reducir costos a partir del desplazamiento o reconfiguración de estos espacios puede tener consecuencias que no se ven de inmediato, pero que a largo plazo pesan.
Recortar cultura con la excusa de la austeridad.
Aquí es donde vale la pena detenerse.
No se trata de cerrar la puerta a nuevas ideas ni de asumir que toda reubicación será negativa. Se trata de reconocer que hay antecedentes —en distintas administraciones— que invitan a la cautela. Que hay procesos que, una vez interrumpidos, no se reconstruyen fácilmente.
Y que en cultura, las decisiones apresuradas suelen tener efectos duraderos.
Guasave está a tiempo de hacer las cosas distinto. De abrir el diálogo, de revisar a fondo las condiciones actuales de la biblioteca, de escuchar tanto a quienes la utilizan como a quienes han trabajado en estos espacios.
Si la intención es realmente fortalecer el acceso a la cultura, el camino no necesariamente pasa por mover lo que ya existe, sino por consolidarlo.
Porque al final, más allá de edificios o ubicaciones, lo que está en juego es algo más amplio: la relación de una comunidad con sus espacios culturales. Y esa, cuando se rompe, no siempre encuentra el camino de regreso.
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