Por: Jonatan Azbat Carrillo
Lo que está pasando con el Fearless Congress 2026 en Guadalajara no es menor. Y no, no se trata solo de si hubo o no dinero público involucrado. Ese es apenas el síntoma. El problema de fondo es otro: estamos normalizando discursos que, disfrazados de reflexión sobre masculinidades, terminan alimentando el odio y el retroceso en derechos.
Se habla de una “crisis de la masculinidad” como si fuera una emergencia social. Pero habría que preguntarnos: ¿crisis para quién? Porque mientras se posiciona esta narrativa, se invisibilizan realidades mucho más urgentes, como la violencia de género, los crímenes de odio y la discriminación sistemática que siguen viviendo muchas personas todos los días.
No tengo problema con que se hable de masculinidades. Al contrario, es una conversación necesaria. Pero una cosa es cuestionar los roles tradicionales para construir algo más justo, y otra muy distinta es usar ese discurso para victimizar a los hombres y atacar avances en derechos humanos.
Ahí es donde estos espacios se vuelven peligrosos.
Porque no llegan diciendo “vamos a promover el odio”. Llegan hablando de valores, de familia, de orden, de libertad. Y en ese empaque es donde logran colarse discursos que cuestionan derechos, que desacreditan luchas y que, en el fondo, buscan mantener privilegios.
La presencia de figuras como Eduardo Verástegui o Jordan Peterson no es casualidad. Son perfiles que ya han construido una narrativa muy clara: poner en duda la igualdad, señalar al feminismo como amenaza y presentar la diversidad como una imposición. Y cuando esas voces se suben a un escenario con este tipo de respaldo, el mensaje se amplifica.
Y aquí es donde entra algo clave: la legitimidad.
Aunque la alcaldesa Verónica Delgadillo diga que no hubo recursos públicos, el simple hecho de que el evento haya estado vinculado en algún momento a apoyos institucionales ya generó un problema. Porque cuando el Estado aparece —aunque sea de forma indirecta—, lo que hace es validar.
Y validar estos discursos, en el contexto en el que vivimos, es grave.
No podemos hacernos como que no pasa nada. No en un país donde matan mujeres todos los días. No en un país donde las personas LGBTQ+ siguen siendo violentadas. No en un país donde hablar de derechos todavía incomoda.
Decir que la igualdad es una amenaza no es una opinión inocente. Decir que los derechos sexuales y reproductivos destruyen la sociedad no es un punto de vista neutral. Son discursos que tienen consecuencias. Que influyen. Que moldean la manera en la que la gente entiende el mundo y, por lo tanto, cómo actúa en él.
Y luego está otro tema que tampoco es menor: el uso de espacios y símbolos. Cuando mezclas religión, política y discursos sobre género, el mensaje que se manda es muy claro, aunque nadie lo diga directamente. Y eso, en un Estado que se supone laico, debería al menos generar incomodidad.
No se trata de censurar. Se trata de poner límites claros. Porque no todo lo que se dice entra en el terreno de lo “opinable” sin consecuencias. Hay discursos que dañan, que excluyen, que ponen en riesgo a otras personas.
Y sí, esto forma parte de algo más grande. No es un caso aislado. Es parte de una ola donde estos grupos han aprendido a reorganizarse, a usar redes, eventos, figuras públicas, para posicionar su agenda. Lo que antes era marginal, hoy se presenta como debate legítimo.
Ese es el verdadero peligro: que nos acostumbremos.
Que empecemos a ver estos espacios como algo normal. Que dejemos de cuestionar. Que bajemos la guardia.
Porque cuando eso pasa, el retroceso ya no se siente como retroceso. Se siente como “otra opinión más”.
Y no lo es.
Hablar de masculinidades tendría que servir para construir algo mejor, más justo, más empático. Pero cuando se usa para reforzar privilegios y atacar a quienes históricamente han sido excluidos, entonces deja de ser una conversación necesaria y se convierte en un problema público.
Y los problemas públicos, si no se nombran, crecen.
Es por ello de: El lado oscuro del Fearless Congress.








