El orgullo no se reduce a una marcha
Cada junio, durante el Mes del Orgullo, muchas personas salimos a las calles a marchar por nuestros derechos, por nuestra historia, por nuestras luchas aún pendientes. Yo he marchado, he alzado pancartas incómodas, he organizado, colaborado y resistido con el cuerpo y la voz. Pero este año no lo haré. Y no es una decisión que tome a la ligera.
No marcharé no porque haya dejado de creer en la lucha, sino precisamente porque la respeto demasiado como para seguir fingiendo que todo está bien cuando no lo está.
El protagonismo que desplaza
Una de las razones por las que este año no estaré en la marcha de la diversidad tiene que ver con la manera en que algunos espacios han sido apropiados por ciertos liderazgos donde el ego y el protagonismo pesan más que las causas comunes. Personas con las que antes compartí trabajo y objetivos han decidido bloquearme, cancelar toda comunicación y cerrar los canales de diálogo. No es la primera vez que el activismo se contamina con dinámicas de poder, pero no deja de doler.
Incomodar tiene precio
También reconozco que incomodé en la última marcha en la que participé. Mi pancarta no fue del agrado de todxs. Y está bien: el orgullo no tiene que ser complaciente. Pero esa incomodidad trajo consecuencias. Gané aliadxs, pero también enemigxs que desde entonces se han encargado de intentar bloquearme, de cerrarme puertas, de obstaculizar mi activismo. No me arrepiento de lo que expresé ese día. La visibilidad también implica asumir el costo de no encajar en discursos maquillados o en agendas con intereses personales.
Ausentarse también es resistencia
Este año decido no marchar, pero no dejo de luchar. No necesito de una tarima, un micrófono o una selfie en la marcha para seguir cuestionando, construyendo y resistiendo. Seguiré trabajando desde otros espacios, desde otras formas de presencia y acompañamiento. La disidencia también se ejerce desde el acto de ausentarse.
No todo arcoíris es inclusión
Mi decisión no es un llamado a la división. Es una expresión honesta de lo que vivo y siento. No puedo ser parte de una celebración que, para mí, este año tiene más ruido que causa, más filtros que verdad, más exclusión que inclusión.
Orgullo es también decir “no” a la Marcha del Orgullo 2025 Culiacán
Este junio, marchen quienes sientan que ese es su espacio. Y que lo hagan con fuerza, con memoria y con dignidad. Yo estaré en otro lugar, pero con la misma convicción: la lucha por nuestros derechos es más grande que cualquier egolatría disfrazada de arcoíris.








