Por Edgar Adair Espinoza Robles
Hay fechas que marcan un antes y un despuĆ©s en la historia de la humanidad. El aƱo 2027 podrĆa ser una de ellas. Los expertos en inteligencia artificial anuncian que para entonces los algoritmos habrĆ”n alcanzado tal grado de sofisticación que nos resultarĆ” prĆ”cticamente imposible distinguir entre lo que es real y lo que ha sido generado por una mĆ”quina. La imagen, el sonido, el gesto, la voz: todo podrĆ” ser reproducido con un nivel de fidelidad absoluto. SerĆ”, quizĆ”s, el fin de la verdad tal como la entendemos.
Durante siglos, la humanidad confió en la evidencia como sustento del conocimiento. āVer para creerā, decĆamos. Hoy, ver ya no garantiza nada. Los llamados deepfakes pueden imitar el rostro y la voz de cualquier persona, los textos generados por IA pueden replicar el estilo de cualquier autor, y los discursos polĆticos pueden ser fabricados sin que ni siquiera el protagonista lo sepa. La realidad se ha vuelto editable, y con ello, la verdad ha dejado de ser un punto de llegada para convertirse en un campo de batalla.
Lo mĆ”s inquietante no es la tecnologĆa sino la velocidad con la que estamos renunciando a nuestra capacidad crĆtica. Las redes sociales premian la emoción sobre la razón, el escĆ”ndalo sobre el anĆ”lisis, la inmediatez sobre la reflexión. En ese ambiente, la IA no hace mĆ”s que amplificar lo que ya Ć©ramos: crĆ©dulos, distraĆdos y polarizados.
Las consecuencias polĆticas de esta transformación serĆ”n profundas. ĀæCómo discernir entre una declaración real y una fabricada? ĀæQuĆ© ocurrirĆ” cuando un video de un presidente o candidata, perfectamente verosĆmil, aparezca diciendo algo que nunca dijo, y millones lo crean antes de que nadie pueda desmentirlo? La polĆtica, que siempre ha vivido de la narrativa, podrĆa pasar a vivir del delirio.
En ese escenario, los aparatos de poder que controlen las herramientas de creación sintética no solo dominarÔn la información, sino la percepción misma de la realidad. No serÔ necesario censurar ni manipular los medios: bastarÔ con producir versiones infinitas de los hechos, hasta que la verdad pierda todo sentido.
Frente a este abismo, no hay algoritmo que nos salve. La Ćŗnica defensa posible serĆ” recuperar algo que creĆamos superado: el criterio. Volver a la filosofĆa, a la reflexión, al diĆ”logo socrĆ”tico, a la duda razonada. Entender antes que reaccionar.
La verdad no desaparecerĆ” por culpa de la tecnologĆa, sino por nuestra falta de voluntad para buscarla. Hay que elevar la conciencia humana. Volver al razonamiento, a la Ć©tica, a la comprensión del mundo a travĆ©s del entendimiento y no de la manipulación. Lo Ćŗnico que puede sobrevivir al fin de la verdad es el pensamiento libre. Y ese, todavĆa, no puede fabricarlo ninguna mĆ”quina.
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