Los Premios Owen y la Banalización de lo Cultural

Por: Erick Calderón

En Los Mochis ocurre cada año un fenómeno que, para los antropólogos del futuro, será fascinante: los Premios Owen, un evento cuyo nombre evoca a la utopía socialista de Topolobampo, al comunitarismo radical y a la imaginación reformadora de fines del siglo XIX… pero que hoy sirve, sobre todo, para nutrir simbólicamente a una idea de farándula estéril, aspiracionismo ramplón y el entretenimiento prosaico

No obstante, antes de que los Premios Owen desplegaran alfombra roja, reflectores, selfies, y ese aire presuncioso que confunde fama con mérito, existió otro Owen —uno de carne, ideas y obsesiones— cuyo nombre hoy se invoca con ligereza, pero rara vez se entiende—.

Albert Kimsey Owen, fue un ingeniero estadounidense nacido en Pennsylvania en 1847, un intelectual responsable y congruente, llegó al noroeste mexicano con el tipo de fe civilizatoria que hoy parecería improbable o hasta ridícula: la convicción de que una ciudad podía fundarse no sobre la explotación o la renta del suelo, sino sobre la cooperación económica, la educación comunitaria y la igualdad cívica. Su proyecto en Topolobampo no nació de una borrachera especulativa ni de una ocurrencia del tipo mesiánico, sino del influjo intelectual del socialismo utópico —ese movimiento anterior al marxismo científico, no en cronología estricta, sino en cosmovisión, método y temperamento—.

Para evitar confusiones: ese socialismo utópico no fue inventado por Albert, sino por pensadores europeos como Robert Owen, Charles Fourier o Saint-Simon, convencidos —con mayor romanticismo que rigor histórico— de que las estructuras sociales podían transformarse sin violencia, sin lucha de clases, sin la dialéctica marxista como motor de la historia. Una revolución suave, casi pedagógica, sostenida en la mejora del carácter humano, la cooperación económica, el diseño urbano y el trabajo comunitario como herramienta moral.

Es ampliamente conocido, aunque con matices, que Albert K. Owen retomó esa tradición. No era socialista marxista, no era militante de barricada, no pretendía incendiar palacios. Su utopía tenía otra estética: ferrocarriles, puertos, agricultura colectiva, escuelas, asambleas civiles, una economía sin “ricos” ni “pobres”, sino participantes. Su inspiración era profundamente estadounidense, progresista, tecnológica, y en ocasiones cercana al comunitarismo cristiano que también influyó a Robert Owen —no porque Albert fuera directamente cuáquero, sino porque el clima espiritual del utopismo decimonónico respiraba esa confianza casi teológica en la perfectibilidad humana—.

Topolobampo, por tanto, no fue un capricho. Fue una apuesta filosófica:
la idea de que una ciudad puede ser diseñada para el bien común.

Y es aquí donde la ironía cultural se vuelve irresistible.

Porque hoy, más de un siglo después, su apellido sobrevive —no en tratados urbanísticos, no en cooperativas agrícolas, no en debates sobre justicia social— sino en una gala con alfombra roja, fotos para Instagram y gran cobertura mediática. Un evento que, al menos en su envoltura estética, celebra exactamente lo contrario del proyecto de Owen: la aspiración individual, el brillo, el espectáculo y la vanidad pública como moneda cultural.

Aquí vale la pena aclarar que no se trata de cancelar el evento ni de moralizar la diversión —Dios nos libre del puritanismo cultural— sino de formular una pregunta elemental:

¿Qué queda de Albert K. Owen en los Premios Owen?
¿La cooperación? ¿La educación comunitaria? ¿El espíritu transformador? ¿el socialismo utópico? ¿O solo es el nombre desprendido de su significado y usado como decoración? ¿Puede un nombre conservar dignidad cuando se le priva de su contenido histórico y semiótico?

Porque si algo revela esta contradicción, es la facilidad con la que una ciudad —cualquier ciudad— puede convertir una utopía social en branding, una filosofía política en merchandising, un legado histórico en banalidad pura.

Y, para completar el contrasentido, este año la entrada son pañales para adultos. Insisto: no hay nada cuestionable en el evento en sí, ni en donar, ni en el trabajo del DIF —ojalá hubiera más—. Lo inquietante es otro gesto, más sutil; donde la caridad funciona como una especie de indulgencia cultural. Una forma de seguro moral ante la crítica, donde si cuestionas el evento, pareciera que también cuestionas la solidaridad. Así, el espectáculo se vuelve inexpugnable, porque su frivolidad viene custodiada por una buena acción previa. Un blindaje filantrópico que en apariencia equivale a un pase ético para no exigir profundidad.

Borges ya lo había advertido: lo vulgar no siempre es lo ordinario, sino lo que se exhibe sin necesidad. Y pocas cosas se exhiben más que la cultura disfrazada de espectáculo. Que no se malentienda: el entretenimiento también es cultura —y tiene derecho a existir, celebrarse y divertirse—. El problema aparece cuando lo festivo y aspiracional se institucionaliza como si fuera proyecto formativo, reflexión crítica o construcción simbólica de comunidad. Ahí es donde la cultura —en su sentido más amplio, complejo y exigente— queda reducida a las meras formas.

Y aquí entra Bourdieu para recordarnos algo incómodo: el gusto nunca es neutro, es ingeniería social. Desde La distinción (1979) insiste en que no consumimos cultura, sino que exhibimos posición; que el arte no solo emociona, también clasifica. De modo que la alfombra roja no es un accesorio meramente ornamental o un detalle logístico: es un dispositivo ideológico. Ordena cuerpos, distribuye reconocimiento, produce élites simbólicas y legitima quién pertenece y quién solo observa.

Y entonces comprendemos la ironía: una fotografía sonriendo bajo los reflectores del Teatro de la Ciudad puede otorgar más capital cultural —y político— que meses enteros de labor formativa en una casa de cultura de la periferia. No porque deba ser así, sino porque, como sociedad, hemos aceptado sin discutir dicha jerarquía. Esa es la ideología silenciosa que late en estos eventos: el arte y la cultura como pasarela, no como proceso.

Ahí está, por ejemplo, la Feria del Libro: un espacio que durante años fue orgullo cultural de la ciudad, pero que poco a poco ha perdido presupuesto, alcance e influencia. Y aun así, sigue siendo uno de los pocos eventos que realmente forma lectores, genera conversación pública, acerca a los jóvenes al arte y ofrece espectáculos de calidad sin necesitar alfombras ni reflectores. Si algo merecería ser fortalecido —no relegado— es precisamente aquello que produce cultura y no sólo la representa.

Ahora bien, reitero una vez más que la finalidad de este texto, no es argumentar en favor de que no existan los Premios Owen, el ejercicio es legítimo y perfectamente válido e incluso necesario. Las ciudades también necesitan frivolidad, chisme y catarsis colectiva. El punto es otro, incómodo, pero inevitable:

¿Por qué este evento sí es financiado, promovido y legitimado institucionalmente mientras tantos proyectos formativos, comunitarios o de investigación artística reciben la respuesta automática de siempre —“no hay presupuesto”, “no cumple criterios”, “inténtelo el próximo año”—? La contradicción no es menor. Cuando la propuesta se orienta a la reflexión, la educación cultural o la creación de públicos, el Estado suele volverse tímido, tecnocrático, reglamentario. Pero cuando la oferta garantiza visibilidad, alfombra, boletín de prensa y fotografías en el Teatro de la Ciudad, la misma estructura administrativa descubre una sorprendente eficiencia. No es cinismo señalarlo: es una pregunta elemental de nuestras prioridades culturales como sociedad.

¿Queremos institutos de cultura que formen criterio, sensibilidad y pensamiento crítico? ¿O agencias de marketing financiadas con recursos públicos? La pregunta incomoda porque revela una elección política, no estética. Cuando el Estado decide qué promover bajo la etiqueta de “cultura”, establece —aunque lo niegue— el horizonte intelectual posible de una comunidad. Si lo cultural se reduce a glamour, alfombras, nominaciones y fotografías institucionales, entonces el arte deja de ser lenguaje, interrogación, memoria y experiencia compartida, para convertirse en accesorio. Una figura ornamental vacía.

Y frente a ese modelo, conviene preguntar: ¿a quién sirve realmente este evento? ¿A los artistas y a sus búsquedas estéticas? ¿A los públicos que necesitan espacios formativos? ¿A las comunidades culturales que sostienen la vida creativa local? ¿O más bien a los políticos, organizadores y estructuras de poder que capitalizan visibilidad? La respuesta sigue oculta, pero debería importarnos el esclarecerla. Porque en juego no está solo una gala anual, sino el sentido de hacia donde orientamos los recursos y la infraestructura cultural, la legitimidad simbólica de las instituciones y la posibilidad —todavía frágil— de que el arte y la culturan vuelvan a ser un bien público.

Y por eso la cuestión central no es si el evento es bueno o malo —es mucho más simple y más política—: ¿por qué el Estado elige financiar este modelo de representación simbólica? ¿Qué valores está promoviendo? ¿Quién gana con esa decisión? Porque mientras haya artistas sin becas, barrios sin talleres, archivos sin presupuesto, museos sin mantenimiento y proyectos educativos rechazados por “falta de recursos”, resulta legítimo, al menos, pedir explicaciones. ¿Para eso queremos instituciones culturales —para lubricar relaciones públicas— o para construir ciudadanía, memoria, identidad, justicia, sensibilidad y conciencia colectiva? Las respuestas a estas preguntas, aunque nadie quiera darlas, definirán, en cierta medida, el futuro cultural de la región, mucho más que cualquier evento de gala.

Tal vez por eso lo más desconcertante no es la fiesta en sí, sino el bautizo solemne: llamar “Owens” a unos premios concebidos para el escaparate, como si un nombre histórico pudiera transmitir por ósmosis la profundidad que el evento no tiene. Es una lógica curiosa —casi tierna—: apropiarse de símbolos para compensar la falta de sentido. Pero la cultura no funciona así. La cultura no sólo existe para ser vista: existe para vernos, cuestionarnos, reconocernos. Y mientras el homenajeado siga siendo un adorno nominal, y no una brújula ética, la alfombra roja podrá brillar… pero nuestro panorama cultural seguirá a oscuras.

Aviso de responsabilidad:
Las opiniones expresadas en esta columna son exclusiva responsabilidad de quien las firma y no necesariamente reflejan la postura editorial de este medio.

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2 Comments

  1. Benjamin Johnston dice:

    Aplausos, denle un Owen a este señor!

  2. Soy reprogre dice:

    me causo mucho eco lo de las instituciones educativas sin mantenimiento, el museo y las librerías públicas son escaparates culturales importantes en las comunidades. no se están destinando los recursos necesarios para generar contenido cultural en la región. el show es lo de hoy. vende más y es una “cultura cómoda” y fácil de incorporar en la sociedad de lo inmediato que vivimos en la actualidad, dinero rápido, fama rápida, aceptación y reconocimiento inmediato.

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