El silencio que pesa hoy no es el de la calma, sino el de la ausencia. Desaparecieron las campañas, se redujo el presupuesto, faltan condones donde antes había mensajes y se siente que todo —salvo el virus— se quedó en pausa.
En medio de ese paisaje emergen tres voces que cuentan una misma historia desde distintos ángulos: la memoria y la rabia de quien lleva décadas en la lucha; la apertura y la serenidad de quien lleva pocos años viviendo con VIH; y la explicación institucional que habla de avances.
Daisy: la memoria que exige —y duele— todavía
Cuando recibió su diagnóstico en 1998, Daisy del Carmen Balán Herrera no encontró instrucciones ni rutas.
“Sentía que solo con mirarme me iban a descubrir que tenía VIH”, dice.

Lo que vino después fue búsqueda y después organización: en 2007 fundó Compartiendo Retos A.C. en Mazatlán, un lugar para llorar, para reclamar, para dejar de estar solas.
La lucha de Daisy pasó por bloqueos, marchas y denuncias ante la CNDH. Fue pulsar la puerta de los tomadores de decisiones para reclamar antirretrovirales para niños huérfanos, y peleas interminables por sensibilizar escuelas y supervisores. Pero la historia que ella cuenta hoy no es la historia de la victoria completa:
“Desde la pandemia todo quedó suspendido. No hay recursos, no hay campañas, no hay condones. Y eso pone en riesgo a la población”, afirma.
Para Daisy, el silencio no es descanso; es abandono. Y la discriminación, aunque más sutil, sigue allí: prácticas laborales que disfrazan despidos, solicitudes ilegales de prueba de VIH y el temor que paraliza denuncias.
José Miguel: la voz joven que vivifica la esperanza
Entra José Miguel Rentería Sánchez, 33 años, originario de Culiacán, con cuatro años de convivir con el virus. Su testimonio aporta otro matiz: apertura y redes de apoyo familiares y cercanas que sostienen.
“Para mí ha sido un aprendizaje, un camino lleno de retos y nuevas experiencias sobre los prejuicios que tiene la gente”, dice.

A diferencia de otros que esconden el diagnóstico, José Miguel optó por la transparencia desde el inicio: compartir su condición abrió puertas y conversaciones. Cuenta que al decirlo en consultas o urgencias ha concientizado a personal médico y enfermería —y que esa sinceridad ha generado respeto.
José Miguel no niega la existencia de estigma, pero habla de su círculo cercano:
“Mi familia y amigos han estado conmigo en los momentos difíciles; no me han alejado ni me han avergonzado.”
Su mensaje a la sociedad es directo y práctico: responsabilidad en la vida sexual y más apoyo gubernamental.
“No se trata solo de un momento de placer; se trata de cuidar tu salud”, advierte.
Su voz pone en evidencia una tensión generacional: mientras Daisy pelea por recuperar lo que se perdió y evitar nuevas muertes por abandono institucional, José Miguel representa un presente donde la visibilidad y el apoyo íntimo funcionan como barrera emocional frente al estigma.
La versión oficial: avances, retos y responsabilidades compartidas
Frente a estas historias, Gerardo Kenny Inzunza Leyva, doctor y director estatal de Prevención y Promoción de la Salud de Sinaloa, sostiene que hay motivos para ver progreso, aunque reconoce que el reto es permanente.
Explica que el aumento en los diagnósticos debe interpretarse de manera positiva:
“Más detecciones significan detección oportuna y más personas con acceso a tratamiento antirretroviral, lo que permite que mantengan una carga viral indetectable y, por lo tanto, que no transmitan el virus.”

Kenny Inzunza afirma que desde la Secretaría de Salud en Sinaloa se trabaja en actualizar protocolos y capacitar al personal de unidades médicas, incluyendo temas esenciales como PrEP, PEP, profilaxis y acompañamiento integral, además de fortalecer los CAPASITS y fomentar el acceso continuo a medicamentos.
Reconoce también que la capacitación es un desafío que requiere constancia:
“La sensibilización del personal médico y de enfermería es fundamental. Debemos continuar actualizando y humanizando la atención para eliminar prejuicios y garantizar servicios libres de discriminación”, sostiene.
Para él, el objetivo es claro: la institucionalidad no puede trabajar sola; la estrategia debe construirse junto a organizaciones civiles, colectividades y personas que viven con VIH:
“El trabajo conjunto es imprescindible. La prevención no depende únicamente del sistema de salud, sino también de la participación activa de la sociedad y las organizaciones.”
Dos realidades, una urgencia
Estas voces no solo contrastan; se complementan y señalan un riesgo compartido:
- Daisy Balam alerta sobre el retroceso de campañas públicas y el desabasto de insumos, y exige voluntad política y recursos para volver a las calles.
- José Miguel muestra que la transparencia y el apoyo familiar pueden transformar el estigma en educación, pero reclama más apoyo estatal en salud.
- Kenny Inzunza pone sobre la mesa la necesidad de continuar con la capacitación y ver el aumento de diagnósticos como una oportunidad de tratamiento temprano.
Retos urgentes
- Recuperar campañas públicas sostenidas que acerquen información y prevención a nuevas generaciones.
- Garantizar el abasto de condones, pruebas rápidas, PrEP y PEP y antirretrovirales en todas las unidades.
- Fomentar alianzas reales entre gobierno y organizaciones civiles, con presupuestos y convocatorias claras.
- Acompañamiento psicosocial para evitar que el estigma lleve al abandono de tratamiento.
- Fortalecer la cultura de autocuidado —PrEP, PEP y uso del condón interno y externo— sin estigmatizar a nadie.
“Las organizaciones también comemos”
Daisy lo dice sin rodeos: las organizaciones civiles pueden y quieren trabajar, pero no gratis ni en condiciones de precariedad.
“Podríamos volver a las comunidades si hubiera recursos; trabajamos sábados, domingos y madrugadas para llegar a quien la institución no alcanza”, recuerda.
José Miguel resume la responsabilidad individual y colectiva:
“Cuiden su vida sexual y exijan más apoyo”.
Un llamado en voz alta
No es suficiente con discursos ni con cifras sueltas. Las historias de Daisy Balan y José Miguel, juntas, exigen algo concreto: recuperar la política pública que proteja, informar sin paternalismos y garantizar insumos y acompañamiento.
El Día Mundial del SIDA no debe ser un recordatorio anual vacío, sino un punto de partida para recuperar la agenda que la pandemia desplazó.
“No podemos permitir que la indiferencia vuelva a matar”, dice Daisy.
Y José Miguel añade la brújula práctica: “La prevención es responsabilidad de todos”.








