Guamúchil, Sinaloa.
Para muchos sinaloenses, el nombre de Rosario Uzárraga apenas remite a algo cotidiano y despolitizado: una colonia en Culiacán. Se pronuncia sin historia, sin conflicto, sin memoria. Pocos saben que detrás de ese nombre hubo un hombre perseguido, una familia diezmada y una lucha popular que incomodó al poder hasta el punto de ser exterminada.
Hace 43 años fue asesinado Rosario Uzárraga Orduño, junto con su hijo Alejo. No murió por accidente ni por “violencia aislada”. Murió por organizar, por incomodar, por demostrar que la pobreza no es destino sino consecuencia de un sistema que expulsa, reprime y calla. Recordarlo no es un acto ceremonial: es un ejercicio de memoria política.
Este 12 de enero de 2026, en la colonia 15 de Julio —territorio nacido de la lucha popular urbana— se realizó una ceremonia oficial encabezada por autoridades municipales. Hubo palabras sobre justicia social y bienestar colectivo. Pero la pregunta de fondo sigue ahí, incómoda: ¿qué Estado fue el que permitió que un líder social fuera perseguido toda su vida y finalmente ejecutado?
Un nombre sin historia también es una forma de olvido
Que Rosario Uzárraga sea hoy solo un rótulo urbano para buena parte de la población no es casual. El sistema también vence cuando convierte a los luchadores en nombres vacíos, cuando la memoria se reduce a placas, bustos o colonias sin relato. Es una pedagogía del olvido: se borra la lucha y se conserva el nombre, desactivado, neutralizado.
Nombrar sin explicar es otra forma de despojo.
Un hombre del pueblo, formado en la calle y en la lucha
Rosario Uzárraga nació en Toypaqui, Choix, en 1918. Apenas cursó segundo de primaria, pero fue autodidacta, lector voraz y orador natural. Escuchaba Radio Habana en onda corta cuando hacerlo era motivo de sospecha. Por eso le decían el Cubano, y a su pueblo, la Cuba chiquita. No por folclor: por rebeldía.
Vivió el México posrevolucionario donde la promesa agraria se volvió simulación, y donde el campesinado fue empujado a sobrevivir entre caciques, trámites infinitos y policías al servicio del poder económico. En Sonora conoció la organización campesina, se integró a la Central Campesina Cardenista y militó en el Partido Comunista Mexicano. Desde entonces, fue marcado.
El costo de resistir: hijos asesinados, tierras abandonadas
La historia de Rosario no puede contarse sin nombrar la violencia de Estado. En 1960 asesinan a su hijo Sergio en Tabucahui, en pleno trabajo de organización política. En 1967, la policía judicial aplica la ley fuga a su hijo Luis Fernando. En 1975 cae otro hijo más, Carmen Ricardo. No fue una tragedia familiar aislada: fue un mensaje político.
El acoso policiaco y militar fue constante. Rondines, cateos ilegales, amenazas. La familia tuvo que abandonar Toypaqui, dejar tierras y pertenencias. El despojo no fue económico únicamente: fue existencial. Eso también es neoliberalismo antes de que se llamara así: expulsar al pobre organizado, romper el tejido comunitario, individualizar el miedo.
Guamúchil: la ciudad como aula política
En Guamúchil, Rosario no se retiró. Al contrario. Trabajó como velador en la UAS y volvió a organizar. Marchas, visitas a presos políticos, apoyo a estudiantes, vínculos con maestros y con la izquierda clandestina. Para el poder, eso era imperdonable.
Aquí la ciudad se volvió escuela. La educación ocurrió fuera del aula, en asambleas, en colonias populares, en tomas de tierra, en actos cívicos resignificados. La lucha urbana no era solo por un lote: era por dignidad, por derecho a existir en la ciudad sin pedir permiso al mercado ni al cacique, una postura de resistencia frente a la educación neoliberal y fascista de hoy.
El crimen final y la herida abierta
El 12 de enero de 1983, Rosario y su hijo Alejo fueron asesinados por un policía. No hubo justicia ejemplar. Hubo silencio, miedo y después olvido institucional. Hoy hay bustos, colonias con su nombre, discursos conmemorativos. Pero la estructura que los mató sigue viva: criminalización de la protesta, pobreza administrada, memoria domesticada.
Por eso algunos lo comparan con Rubén Jaramillo. No por romanticismo, sino por la lógica del poder: cuando el pueblo se organiza de verdad, el Estado responde con plomo.
Recordar es volver a politizar el nombre
Rosario Uzárraga no fue “el nombre de una colonia”. Fue un obrero, campesino, padre, comunista, autodidacta. Fue pueblo organizado. Devolverle historia a su nombre es un acto de resistencia frente a la globalización que convierte todo —incluso la memoria— en superficie sin contenido.
Hoy que se habla de transformación, la pregunta sigue vigente:
¿cuántos nombres más conocemos sin saber a quiénes enterró el poder para que existieran?
Porque la educación no solo ocurre en el aula.
También se aprende resistiendo.
Por Chente Riva
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2 Comments
Muchas gracias Mesa reservada y Chente Rivas por ponerle una vela a la memoria de este gran luchador Social a sus hijos y a la lucha del pueblo que resiste a la ambición del poder.
Muchas gracias.