Gógol y la novela cosaca

Por Cruz Gonzaléz Astorga

Nicolás Gógol es considerado el iniciador de la literatura nacional rusa, prueba de ello es la obra titulada “Tarás Bulba”; con ella Gógol incursiona en la novela histórica describiendo la estirpe de los cosacos, el nacionalismo ucraniano y el peso de la iglesia ortodoxa en el alma de los rusos, en pugna constante con el cristianismo occidental que le acecha desde Polonia.

Han sido los nacionalismos y las religiones, detrás de los cuales se esconden los intereses económicos, los motivos de interminables guerras, la actual no está desligada de esos factores donde se disputa el territorio ucraniano y sus recursos naturales tanto por eslavófilos como por los católicos occidentales, dichos encuentros ya fueron descritos por Iván Turguenév en su famosa novela “Padres e hijos”.

Tarás es un guerrero cosaco, inaprensible, recio e inflexible; el espíritu rígido se inculca a la juventud empuñando el sable para la guerra; el caballo y el amor a la estepa, porque no hay “fuerza más potente que la fe” y cariño más grande que la tierra.

Es la fe, arraigada por siglos, la que mueve a este inmenso país que incursionaba en la literatura con voz propia, de lo más profundo de las entrañas y el frío abrazo de la ventisca.

Se suma a “Tarás Bulba” la prodigiosa novela “las almas muertas”, la obra más desgarradora de Gógol donde dibuja, no sin sarcasmo como era su característica, la vida en el régimen esclavista del zarismo; si en esas condiciones la muerte resulta un negocio rentable (tantos muertos registrados, tantas ganancias para el dueño de la aldea), ¿por qué no habría de serlo la vida?

El carácter férreo del cosaco, representado en este caso por Tarás Bulba, le llevó al asesinato de Andrés, el hijo menor, seducido por el encanto de una mujer, traicionando con ello la lucha de los suyos y la supremacía de la religión eslava.

Por amor a una mujer Andrés se pasó al bando enemigo, con los polacos; mientras su hermano, el valiente Ostap, fue ejecutado en la vía pública; soportó las vejaciones sin quejido alguno, sin lágrimas en los ojos.

Tarás Bulba presenció el acto en la plazuela en ese “país del diablo”. Antes de abandonar el mundo Ostap preguntó en plena alucinación: -Padre!, ¿dónde estás?, ¿oyes todo esto?

Entre la muchedumbre, perpleja del espectáculo público, salió una dura voz respondiendo: -¡Oigo! Era la voz de Tarás Bulba. No es casualidad que Nicolás Gogol sea considerado el maestro de la prosa rusa, en lugar de Alexander Pushkin, quien bosquejó de manera general al ruso aristócrata y perezoso que invertía sus energías juveniles en el juego de las cartas, los bailes, los banquetes, los amoríos en el teatro y el servicio militar para proteger al zar en las conversaciones desde los salones de Moscú o San Petersburgo.

Alexander Pushkin es la raíz, en eso no hay discusión alguna, basta leer “Eugenio Onieguín”, “la hija del Capitán”, sus cuentos, poemas y piezas teatrales para constatar el enorme talento literario y la musicalidad de su escritura llenando de colorido e historicidad las letras de Rusia.

Nadie antes cantó como Pushkin, ni tampoco después; ni Alexander Blok, Vladimir Maiakovski o Boris Pasternak; con esa fibra poética del ritmo, le medida y la belleza. Pushkin es el poeta por excelencia de ese siglo que parió a sus mejores hijos en la narrativa, siendo la poesía la que abrió las puertas de las letras.

Dostoievesky reconoció los esfuerzos de Puskin por crear una literatura nacional, pero fue Gógol quien dio a esa voz una connotación nacional y popular; “Tarás Bulba” y “las almas muertas” son dos piezas centrales para comprender el curso histórico de la literatura rusa en un contexto de autocracia y servidumbre.

Cuando Dostoievsky escribió su primera novela “Pobres Gentes” en 1845, el crítico literario Vissarión Belinski proclamo “¡un nuevo Gógol ha nacido!” Gógol era la medida de las cosas, y de las mangas de su capote surgieron grandes novelistas como Tolstoi, Turguénev, Chéjov, Lermontov y Dostoievsky.

“El Capote” es un símil literario; es el abrigo usual en la temporada invernal como el título de uno de los cuentos más representativos en la prosa rusa, implementando la risa como elemento artístico en la denominada literatura satírica.

Desde la perspectiva del autor de “Crimen y Castigo” y “los hermanos Karamázov”, Gógol lanzó la piedra al futuro: “¿es que hay en el mundo fuerzas o tormentos capaces de vencer el ánimo ruso?” la respuesta la han dado las convulsiones sociales que a través de la historia han marcado a Rusia, sean las revueltas de Stepan Razín o Emilián Pugachov, incluso la revolución de los bolchevique de 1917 en esos “diez días que conmovieron al mundo”.

No ajenas a las convulsiones y menos valiosas se encuentran las grandiosas y prolíferas obras literarias, entre las que destaca por su acento nacionalista “Tarás Bulba”, creación de Nicolás Gógol, el maestro de la novela rusa.

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